Un país herido

Ramón Ojeda Mestre / El Sol de México
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Me acuerdo del poema IF de Rudyard Kipling, Premio Nobel, y agradezco a mi padre, QEPD, que lo tuviera colgado en un cuadro durante toda nuestra vida en Orizaba, y que dice, en una de sus líneas inmortales: “Si el triunfo y el desastre no te imponen su ley y los tratas lo mismo, como a dos impostores”. “If you can meet with Triumph and Disaster, And treat those two impostors just the same;” Tal vez no entendí a qué se refiere la esencia de esta admonición, pero a esta desgracia que hemos vivido los mexicanos, no sólo la de hoy, sino todas juntas, a estos desastres naturales y sus secuelas, me es difícil tratarlos como a impostores. No, la desgracia fue y es real. Por donde se le vea. Es ver la muerte violenta en los hogares de miles en un mismo mes y año o en muchos años muchas veces.

No es imposible añadir algo a lo que se ha dicho acerca de los infortunios que han tenido que afrontar Oaxaca, Chiapas, Puebla, Veracruz, Baja California Sur y, desde luego la capital de la república u otras partes del México entrañable. Sí, mucho se ha escrito o grabado ya respecto a los flagelos y sus víctimas humanas o pérdidas materiales y, sin embargo, todos tenemos la sensación de que hay mucho que comentar, discutir, analizar, recordar o preguntar respecto a lo que nos ha ocurrido en este septiembre aciago, el septiembre negro.

El mes patrio se convirtió otra vez en un mes de luto nacional que permitió ver nuestra cara buena y nuestro rostro sucio junto a los edificios y casas “colapsadas” en sus dos acepciones: Paralización o disminución importante del ritmo de una actividad y Destrucción o ruina de un sistema, una institución o una estructura. No es que no estemos acostumbrados al luto o que no seamos una nación que siempre ha jugado con la muerte como lo enseñara el grabador Posada con sus calaveras o los Mictlantecuhtli azteca y el Ah Puch maya que no eran ningún juego, sino una parte de su cosmovisión tan compleja y fascinante, pero aun así, cuando ves a miles y miles y miles de personas de todas las edades y condiciones, contristadas, asustadas, dolientes –esa es la palabra– dolientes, no puedes dejar de conmoverte.

Tremendo, tremendo que viene del latín tremendus, participio futuro pasivo de tremere, temer, tener miedo. Y de allí vienen trémulo, tembloroso y temblor. Se tiembla de miedo, igual que la tierra tiembla por razones geológicas y físicas. Pero este azoro, aturdimiento, activación del colectivo nacional anónimo y grandioso y/o del más oscuro rostro del espejo negro de Tezcatlipoca y la rapiña, el lucro político, crematístico, o mediático, las mentiras y las falsas alarmas, la corrupción aflorando en cada edificio caído, el querer echarle la culpa al adversario político, el hacer alharaca o amarillismo, telenovelas falsas y dejar que las instituciones se desprestigien por los errores de sus mandos y toda esa pus de los aparatos públicos o de los “negocios” privados, es parte de la misma herida y de la evidencia de que puede haber en Oaxaca y Chiapas cientos de miles de damnificados pero el Tenochcentrismo cedemexino acapara su imperio político, mediático y comercial.

La vida cobra, otra vez, una nueva dimensión y significado. La salud, igual, la ansiedad de querer ayudar nos reconcilia con nuestra escala de valores, al igual que llorar en silencio la muerte de decenas de niños, que no supimos evitar por la “legitimación” del lucro incesante y de la colusión o ineficiencia. Dijo el inmenso poeta Andrés Eloy Blanco: “No hay que llorar la muerte de un viajero, hay que llorar la muerte de un camino”.

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