El debate pendiente

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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Fue el viernes 14 de septiembre, cuando López Obrador anunció su intención de “destinar el 20% del gasto de campaña del 2018” a “los damnificados del Istmo y del sureste”. El consejero Benito Nacif, a nombre del INE, le dijo que eso no era viable por razones de legalidad y de congruencia. Luego del temblor, la propuesta del líder morenista cobró nueva fuerza lo que provocó nerviosismo entre los partidos. Luego de que Enrique Ochoa anunciara que el tricolor buscaría una manera de hacer una aportación significativa apegada a la legalidad y después de consultar al INE, el 21 de septiembre anunció que no recibiría recursos públicos para el resto del año y le solicitaría a Hacienda que  destinara a la reconstrucción los 258 millones correspondientes. Medida audaz que al mismo tiempo de responder a la voluntad del partido de sumarse a la solidaridad nacional, atajaba lo que se veía venir como una bola de nieve que amenazaba con devastar la política. En efecto, ya estaba en marcha una feroz campaña mediática impulsada por la derecha antipolítica en contra del financiamiento público a los partidos. El día 22, el PAN y el PRD estrenaban su flamante alianza proponiendo a voz en cuello que se suprimiera el subsidio estatal a los partidos políticos. Al día siguiente, a pregunta al respecto del periodista José Cárdenas, el presidente Peña le respondió: “eso nos llevaría a otro debate”. Pero a pesar de la postura presidencial, la bola de nieve siguió rodando cuesta abajo y sin debate alguno. La nave y su tripulación atienden, faltaba más, la indicación del presidente Peña y espera el “otro debate”. Y los que vengan, porque se han sumado nuevos temas que deben ser debatidos.  

 

Filantropía y democracia

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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Dicen que la poesía es un camino al conocimiento; que los poetas no sólo describen, interpretan, califican personas, objetos, situaciones, sentimientos, etcétera, sino que suelen descubrir verdades ocultas. Quevedo encontró una clave de la vida social: “Poderoso caballero es don Dinero”, poema satírico cuya vigencia se ha mantenido y se acrecienta. Dinero como factótum del poder que, paradójicamente, mientras más democrático se ostenta más depende del peculio de sus buscadores. De la democracia liberal, a la democracia burguesa hasta llegar a la plutocracia con el magnate Trump como  ejemplo conspicuo. Cuando México decidió desadjetivar su democracia, buscó prevenir esa deformación mediante el financiamiento público de los partidos distribuido por el voto de los ciudadanos. Que sólo una parte menor de los ingresos partidistas provenga de aportaciones privadas y ni los grandes millonarios ni el dinero sucio puedan decidir las elecciones. Cada partido recibe recursos que debe aplicar a actividades específicas, entre ellas, las campañas electorales. La autoridad debe cuidar rigurosamente que esos recursos sean aplicados como lo marca la ley. Hace unos días, López Obrador anunció su intención de destinar el 20% del gasto de campaña de Morena a ayudar a los damnificados por los sismos. Filantropía con dinero público que viola una garantía democrática y sus procedimientos administrativos y refuerza a la derecha más reaccionaria en su afán por deslegitimar la política oponiéndola a las necesidades sociales. Aunque se diga que no sería desvío de recursos porque los aplicaría a fines electorales comprando votos y medrando con la tragedia, lo cierto es que la propuesta busca desnaturalizar, es decir, corromper, la democracia. Una forma sofisticada de corrupción.

 

Cambio de escena

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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Fue en tiempo de compensación que los diputados driblaron la asechanza de la pandilla de Ricardo Anaya  para mandar a la congeladora el relevo de la mesa directiva de la Cámara en la hora once de nuestra democracia parlamentaria. ¡Crisis constitucional! exclamaron casi con espanto quienes más que negociaciones reclamaban negaciones. Pero ya no será importante saber si el depredador queretano se salió con la suya y cuál era ésta. Si Cervantes fue víctima colateral o estaba en la mira. Si la Iniciativa presidencial contra el pase automático se traspapeló antes o después. Si Anaya salió manchado del pantano de los Anaya. En la bola no se supo. Y me temo que lo del fiscal (todavía se debe escribir sin mayúscula) que en opiniones varias es asunto de jurisconsultos y leguleyos y de menor relevancia en la regeneración (oh, histórica referencia) de la justicia, deberá dejar la escena al paquete económico para 2018: los Criterios Generales de Política Económica, la Ley de Ingresos y la Ley del Presupuesto.  Cada año, mis amigos economistas, que son buenos amigos y mejores economistas (y viceversa), dicen que se trata del gran momento de  la vida parlamentaria, cuando se ponen en claro los proyectos, las intenciones, los alcances con los que cada fuerza acude al torneo legislativo. En los últimos años el pluralismo nos ha quedado a deber, pero en éste no habrá pa’ donde hacerse: ahí están las reformas cuyo curso reclama pensamiento crítico, propuestas programáticas, definiciones. Y con las elecciones a la vista, valdrá la pena el intento de conjugar las exigencias del desarrollo nacional con las necesidades sociales y las demandas populares. Algo más que alquimia estadística digital.

 

Revolución y reformas

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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Hubo tiempos en que se intentó contraponer la revolución a las reformas. La discusión no se resolvió en el plano de la teoría por más sesudos que fueran los polemistas, sino en la práctica. Hubo reformistas que aún sin proponérselo resultaron revolucionarios y quienes buscando una revolución encontraron con reformas con suerte desigual. La Reforma, por ejemplo, dio lugar a una gran revolución política en la que el constitucionalismo republicano fue el cauce de nuestro liberalismo armado con el que el Estado alcanzó su carácter nacional y su dignidad soberana. Más tarde, la Revolución mexicana, postulada como revolución social, tomó la fuerza de las masas insumisas en la lucha por la democracia electoral contra la dictadura y en la lucha armada contra la usurpación, y dio lugar a una guerra civil que no se resolvió sino con una constitución social que dio rumbo institucional al Estado en sucesivas oleadas reformistas. Al final del siglo XX las reformas estructurales cedieron el paso a ajustes y privatizaciones que prologaron una alternancia mostrenca que durante doce años sumió al país en la parálisis política, el estancamiento económico y el deterioro social. El daño fue mayúsculo y llegó a amenazar órganos vitales del organismo nacional. Al retornar el PRI a la Presidencia, Peña Nieto pactó con las principales fuerzas políticas un haz de reformas que revirtió la tendencia regresiva de la vida institucional que empezaba a dar signos alarmantes de debilidad. Las reformas en educación, energía, hacienda y telecomunicaciones aportaron soluciones a graves problemas pero sobre todo pusieron en el centro de la vida pública la reforma democrática de las instituciones.  Esta sí, la revolución del siglo XXI.