Alternativas financieras para la reconstrucción


Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos
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La demagogia ha sido hasta ahora la principal “vía” que se ha propuesto para comenzar a reconstruir los daños generados por los recientes sismos. Pero hay otras alternativas que podrían explorarse y que, curiosamente, no han sido mencionadas, tal vez porque sería el inicio de la modificación del templo fundamentalista que sostiene al neoliberalismo económico y a su cofradíadepredadora en nuestro país.

 

Veamos: los “estimatólogos” refieren que los sismos significarán 1 por ciento del PIB, 2 por ciento menos que en 1985. Este año, el gobierno programó 608 mil millones de pesos para el pago de intereses de la deuda pública, lo que representa el 2.8 por ciento del PIB. Ese desembolso por pago de intereses es 18 veces el presupuesto de partidos, INE y Fondo de Desastres (juntos suman unos 35 mil millones de pesos).

 

Si es cierto que los daños por los movimientos telúricos rondarán el 1 por ciento del PIB, con diferir el 50 por ciento del pago de intereses hasta “sobraría” para la reconstrucción.

 

Como dato, para el año próximo se calcula que el pago de intereses absorberá cerca de 3.3 por ciento del PIB. Una millonada sin despeinarse, de una deuda pública que pasó de 39 por ciento a 49 por ciento del PIB durante el gobierno de Enrique Peña Nieto.

 

Esto hay que remarcarlo: la deuda aumentó 10 puntos porcentuales del PIB  (poco más de 2 billones de pesos actuales, equivalentes a algo así como 120 mil millones de dólares al tipo de cambio actual), sin inversiones de beneficio para el país, sólo para excitar la irracionalidad casinera y sin controles de rentistas especuladores, nacionales y extranjeros, que han golpeado sistemáticamente al peso y “obligado gustosamente” al Banco de México a elevar la tasa de interés para que no se lleven sus dólares a otro paraíso fiscal.

 

A la vista tenemos, pues, ganancias de 10 puntos porcentuales del PIB a punta de especulación, las cuales cubrirían los daños de 10 fenómenos telúricos como el reciente, tomando en cuenta el cálculo referido por los “estimatólogos”.

 

Si las previsiones fallaran (algo por demás normal entre los especialistas de la adivinanza económica) y si esa propuesta no resultara suficiente, el Banco de México ha inflado el pecho, cada vez que puede, respecto de que dispone de más de 173 mil millones de dólares de reservas (con todo y que bajó 94 millones de dólares, según el corte de Banxico del 22 de septiembre, aunque tiene una línea de crédito flexible por 80 mil millones de dólares por parte del Fondo Monetario Internacional (FMI) que, claro, cuesta una millonada de dólares anuales).

 

Parte de esa reserva puede tener un fin distinto al que hasta ahora se le ha dado y que ha sido el de dar cumplimiento al fundamentalismo de la doctrina del doctor Agustín Carstens Carstens y sus adláteres en el gobierno para alimentar las prácticas especulativas, además de subastar dólares a lo bestia, todo bajo el encubridor canon del “libre mercado” que, parafraseando a John K. Galbraith, es el más favorecido en tiempos de caos y emergencias.

 

Lo estamos viendo: de eso no se habla y es preferible excitar a las masas y estimular sus sentimientos destructivos o de revancha para que, al final y como prueba la historia, sus supuestos benefactores terminen volviéndose contra ellas.

 

La clase política, sabedora de su espesa suciedad, está en su papel protagonizando un falso acto de contrición y de hipócrita solidaridad, muy propia de demagogos. Eso es la propuesta de reducción o eliminación de prerrogativas de los partidos políticos para destinar esos fondos a la reconstrucción y apoyo de los afectados por los sismos.

 

Sin duda el griterío ha sido asaltado por una incontestable verdad: el hartazgo contra gobernantes y partidos políticos. Quedó claro cuando, al calor de la tragedia, estudiantes de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM) increparon al presidente Enrique Peña y al gobernador mexiquense Alfredo del Mazo; vecinos procedieron igual con Miguel Ángel Osorio Chong, titular de Gobernación, ni qué decir de los vecinales puntapiés en el trasero del delegado de Xochimilco de la Ciudad de México, Avelino Méndez, amén de los recordatorios familiares en contra del gobernador de Morelos, Graco Ramírez, por intentar “adornarse políticamente” con apoyos de particulares y agrupaciones para los afectados.

 

Pero no se debe creer que por ello las dirigencias partidistas van a disponer de menos fondos ya que para eso están los poderes económicos y criminales, evasores de impuestos en paraísos fiscales y narcos, principalmente.

 

Ante el sismo, un manual antiayuda

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos
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Según el clásico del pesimismo fulminante, tiempos desesperados requieren de medidas desesperadas o, lo que es lo mismo, cualquier circunstancia es propicia para pegarse un balazo.

En medio de telúricos acontecimientos, la dualidad del “alma nacional” muestra una fuerza juvenil que parece decir: el futuro nos pertenece, pero también una miseria aferrada a no escamotearse ningún tormento. En esto, en el manual de antiayuda (estilo Ciorán) la medicina es un tajante “suicídate mientras puedas” en la parte institucional, donde no se ha aprendido la lección:

Los sismos de 1985 “desaparecieron” 4 mil camas en un solo hospital y afectaron a más de 20 mil viviendas en el ex Distrito Federal, entre muchas otras calamidades, pero “aparecieron mercenarios de la desgracia” que no escatimaron empeños (el expresidente Miguel de la Madrid recordó una “situación tan desagradable como si alguien aprovechara un pésame para tratar un negocio con los deudos”, luego de que directivos de una firma automotriz dieron su donativo a cambio de figurar en la prensa “y aprovecharon para tratarme la problemática de su empresa”).

Pues bien, hoy sobre centenares de cadáveres y toneladas de escombros se alzan voces que quieren cobrársela a partidos políticos y al árbitro electoral. Exigen que parte o todas sus prerrogativas se utilicen en la reconstrucción, no en campañas electorales.

Cierto, las cúpulas partidistas están repletas de personajes con fortunas más que sospechosas y no se les confiaría la cartera ni el bolso (Enrique Ochoa, Ricardo Anaya, etcétera), pero los 6 mil 700 millones de pesos de los partidos no van a servir de mucho, incluso sumando los 18 mil del Instituto Nacional Electoral (INE) y los 9 mil millones de pesos del Fondo Nacional de Desastres (Fondem), considerando la catástrofe en la Ciudad de México, estado de México, Morelos, Puebla, Oaxaca y Chiapas.

No habría mejor forma de terminar de abrirle la puerta al crimen organizado (narco) y/o consolidar la simbiosis poder político-poder económico, demoliendo los pocos espacios públicos, fortaleciendo además la demagogia (esto, en vez de exigir cuentas y acotar a facciones recicladas y corruptas).

¿Por qué no se exige que el pago de intereses de la deuda pública, que alcanzó 608 mil millones de pesos en 2017, se canalice a la reconstrucción? Es casi 18 veces el gasto de partidos, INE y Fondem juntos.

Ese pago representa 2.8 por ciento del PIB y para 2018 se calcula que será de 3.3 por ciento. Se está estimando que la devastación sísmica significará 1 por ciento del PIB, 2 por ciento menos que en 1985. 

Estridencia pichicata, hasta el neoliberal de De la Madrid entendió que, en emergencias, “no es socialmente posible” dejar “libres a la fuerzas del mercado”: negoció con acreedores y logró diferir pagos. Los especuladores han ganado mucho sin mover un dedo, ni siquiera se han mostrado a la opinión pública como tales, sino como “inversionistas, mercado, innovadores”, etcétera.

 

La desesperanza como certeza

 

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos
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Sin casi guías que pavimenten el camino con ideas y reflexiones hacia un futuro mínimamente reconocible, con un presente poco menos que convulso y caracterizado por la incertidumbre, las últimas cuatro décadas resumen algo menos que un cuadro donde la ruptura social no esconde la profundidad de sus desigualdades y el ensimismamiento y conformismo de las clases dirigentes, igual de la sociedad.

 

Al siglo XX le debemos grandes avances de la ciencia (medicina, tecnología, incluso en el campo de las artes, las letras y las ideas) pero también dos guerras mundiales, bombas atómicas, el surgimiento de los peores totalitarismos y sus megalómanos caudillos acelerados.

 

La presenta centuria sin duda nos está favoreciendo con otros grandes avances en mucho campos, aunque viene confeccionando su perfil desde finales del siglo pasado (en nuestro país desde la década de los 80) con una religión dominante en el campo económico que ha venido dinamitando cualquier posibilidad de desarrollo humano. Parcialmente ha sustituido a las guerras pero no sus efectos devastadores en este aspecto.

 

Contra lo que algunos han sugerido, no se necesita tener memoria para ser “moderno” ni demasiado pesimista para no percatarse de que el neoliberalismo imperante, esa supuesta doctrina de la salvación terrenal sustentada en fundamentos celestiales (casi cómicos), ha procreado y profundizado la desigualdad y la pobreza, llevando a ésta al extremo de la miseria, a paisajes propios de entreguerras en nuestro país y en muchos otros.

 

Del otro lado, el lugar común que no por serlo debe obviarse, sino remarcarse: la grosera opulencia, cada vez mayor, de los ricos, con una clase gobernante que apenas merece llamarse así no sólo por el vacío ante el poder económico, sino por la corrupción que se asume como un fenómeno “humano, demasiado humano”, diría Nietzsche, antes que enfrentarla con carácter, y que ha sido uno de los resortes principales para favorecer a clanes familiares y oligarquías.

 

Además, los textos de denuncia, con pruebas incontestables de una doctrina fundamentalista y su consecuente devastación, acompañados de posibles soluciones, parecen formar parte de un nuevo “Index Librorum Prohibitorum”, de la Santa Inquisición Neoliberal.

 

Esos serían los casos de las obras elaboradas por Alejandra Salas Porras, profesora de la UNAM (La economía política neoliberal en México, quién la diseñó y cómo lo hizo, ediciones Akal, 2017) y el de María Eugenia Romero Sotelo, maestra en economía y doctoras en historia, también por la UNAM (Los orígenes del neoliberalismo en México, la escuela austriaca, del Fondo de Cultura Económica, 2016), libros imprescindibles para comprender y refutar una época y su evangelio (para el que quiera, claro está), cuya certeza de antemano está marcada por la desesperanza y la resignación (?) de la pobreza.