Alejandro Páez Varela, de “hueso” a escritor

 

José Sobrevilla
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En medio de la celebración de sus primeros 20 años como colectivo de reflexión y análisis, el Grupo María Cristina, que coordina Eduardo Ibarra Aguirre, invitó a sus charlas al periodista Alejandro Páez Varela, coordinador de contenidos del portal Sin Embargo y autor de Oriundo Laredo, novela que presentó el 7 de julio anterior. En esencia, su obra aborda la transición hacia el sur de Estados Unidos a partir de personajes tomados de la convivencia que Páez tuvo con sus amigos en Chihuahua después de tantos años de trabajar juntos. Es la historia de Oriundo Laredo, quien va y viene en busca de empleo y a quien acompaña otro personaje llamado Gamboa Las Vegas, un indio tal vez comanche o kikapú.

 

En su novela, Páez Varela recorre el México usurpado y acerca al lector al poblado llamado Terlingua, en Texas, donde en algún momento hubo mexicanos trabajando en las minas y un día fueron expulsados por la anexión de esa parte del territorio a Estados Unidos.

 

Aunque no lo dice en la novela, los ancestros del autor vivieron en ese poblado, por lo que gran parte de su familia es estadunidense y otra con las dos nacionalidades. Antes habían sido mexicanos, pero con la llegada de los gringos les cambiaron la nacionalidad. Sus bisabuelos o tatarabuelos decidieron regresar a las minas en Parral, Chihuahua, para luego emigrar a la ciudad de Chihuahua. Es una nación en medio de otro país donde, al sur de Estados Unidos, la gente puede sobrevivir sin inglés, pero no sin español.

 

Todavía no terminaba la escuela cuando el autor de Corazón de Kaláshnikov ya había ingresado a un periódico como “hueso” en Ciudad Juárez, su tierra natal; uno de los oficios más decentes del periodismo que desapareció con la llegada de las computadoras, dijo. Era todavía la época de las máquinas de escribir mecánicas y conoció la primera computadora en la redacción enviada desde la Ciudad de México para la Organización Editorial Mexicana.

 

Trabajó cortando cables en teletipos, que distribuía a donde correspondieran. Ahí aprendió que tres golpes seguidos de esas máquinas significaban que era un cable urgente y la noticia podía ameritar paro de prensas. Después ingresó como jefe de redacción al Diario de Juárez, donde al lado de su director de entonces Osvaldo Rodríguez Borunda, “un tipazo”, se consolidó como periodista.

 

Tras renunciar, a la edad de 22 años, emigró a la Ciudad de México a donde llega en mayo de 1993. Traía una máquina de escribir chiquita en la que escribía sus notas y faxeaba a periódicos como Zeta, de Blancornelas; el de Osvaldo y el de un tío, así como a Vanguardia. Cuando vino la insurrección zapatista voló a San Cristóbal y fue ahí cuando los periódicos revaloraron sus envíos informativos.

 

Con uno de los corresponsales del Dallas Morning News, Tracey Eaton, realizó la investigación de una red de corrupción en la aduana, lo que hizo que lo llamaran de la Secretaría de Hacienda y pudiera conocer a Luis Enrique Mercado, entonces director de El Economista, quien lo invitó a incorporarse a ese medio como editor de portada.

 

El periplo que lo llevó a Sin Embargoy a la literatura

 

Como sus conocimientos sobre economía eran básicos, Mercado Sánchez le recomendó el libro Finanzas personales, de Catherine Mansell Carstens, esposa de Agustín Carstens, gobernador del Banco de México.

 

Cuando salió el periódico Reforma de inmediato llevó su currículo y a los cinco días fue contratado como editor de negocios. Allí estuvo hasta que Roberto Rock lo sumó para hacer el mismo trabajo para El Universal, que se estaba reformando. Allí duró sólo tres meses y Jorge Zepeda Patterson lo invitó a formar un proyecto, similar a El Semanal, uno que El País estaba consolidando. Se llamó Día Siete y a los dos meses ya había alcanzado 380 mil ejemplares, mismos que se entregaban con el periódico.

 

Fue una temporada literariamente muy productiva, porque es cuando escribió su primera novela, Corazón de Kaláshnikov, proyecto que inició 10 años atrás y es la primera de tres, y donde consigna su vida como reportero en Ciudad Juárez cubriendo la fuente policiaca en el vespertino El Mexicano.

 

Escribió también, por esos años, Paracaídas que no abre, que es una serie de relatos, y también colaboró con más frecuencia en los suplementos culturales.

 

Posteriormente, con Zepeda Patterson dirigió El Universal.Zepeda, como director general; Ricardo Raphael, en Opinión, y Páez Varela en Redacción. En aquel tiempo, junto con otros periodistas, publicó La guerra por Juárez, donde narró la guerra contra el narcotráfico de Felipe Calderón, y que lo llevó a publicar el primer tomo de Los suspirantes, donde hacen un retrato de cada aspirante a la Presidencia, participando, además de Zepeda Patterson, Ricardo Raphael y Miguel Ángel Granados Chapa.

 

Luego hicieron Los amos de México, que después de 10 años sigue siendo uno de los más vendidos del país. Enseguida vino Intocables, otro libro de periodismo sobre dos personajes a quienes nadie podía tocar. Después, en Amos de México hizo el perfil de Roberto Hernández, quien era dueño de Banamex-Accival y a la vez tenía nexos con el cártel de Juárez y a quien Vicente Fox perdonó los impuestos de la venta de Banamex a City Group.

 

Después vino el libro biográfico de Julio César Chávez, quien era muy cercano al Presidente y representaba a México ante el mundo. Era un tipo que traía tres o cuatro vehículos blindados, con personal del Estado Mayor Presidencial, que a su vez se sentaba con los hermanos Arellano Félix. Coordinado por Jorge Zepeda, en ese libro se encuentra una generación de los mejores reporteros mexicanos. En 2012 salen de El Universal, durante la elección de ese año lanzan el portal Sin Embargo del que dice ComScore, por los hits, es uno de los más importantes de México.