Rius: El relato de su secuestro

Eduardo del Río, Rius / Proceso
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Uno de los episodios fuertes del dibujante fue el “cara a cara” con la impunidad: En el texto “De cómo tengo dos cumpleaños”, de su autobiografía (Mis confusiones. Memorias desmemoriadas, Grijalbo) dueño de una ironía única, Rius narra tres meses después del fatídico 2 de octubre en Tlatelolco, el terror que sintió cuando los militares le advirtieron que no habría una segunda ocasión ante la burla al presidente (Gustavo Díaz Ordaz), al gobierno y al Ejército Nacional.

Iniciado el año 1969, estaba yo ahogado de trabajo, con Los Agachados, La Garrapata, cartones en Siempre! y otras colaboraciones de a oquis que me salían al paso. No tenía tiempo ni de enfermarme y de sacar adelante mis deberes como esposo y padre de familia. De pilón tenía que atender una demanda que –con un abogado de todas mis confianzas– íbamos a emprender contra el editor Colmenares, el mismo que me había despojado de los personajes de Los Supermachos. Así las cosas, el 20 de enero del 69 iba yo en mi cochecito Datsun a entregarle a Mendizábal los originales de la historieta, a las 12 del día y en plena avenida Patriotismo, cuando un coche con judiciales me obligó a “orillarme”, tratando de sacarme de mi coche para meterme en el suyo. No sé todavía cómo logré escaparme de sus agresiones para refugiarme entre un grupo de personas que veían azoradas desde la banqueta sin decir una palabra, sólo una viejita se puso de mi parte y les gritaba mentadas de madre. En la acción bélica perdí un zapato, que tuve que reponer en una zapatería cercana. No denuncié nada, excepto en un artículo que apareció en La Garrapata. Solo mi familia y los otros moneros se enteraron del pretendido secuestro, obligándonos a todos a tomar medidas de precaución. Pero díganme ustedes… ¿Cómo diablos se protege uno de las barbaridades de un gobierno fascista? Imposible, diría un jesuita.

Pocos días después, el 29 de enero, me encontraba en la Calzada, de Tlalpan esperando un pesero para irme al Centro, donde tenía cita con el licenciado que me llevaba el pleito con Colmenares. Estaba viendo los periódicos extendidos en el suelo, cuando en un de repente me vi rodeado de policías de civil, que después de preguntarme mi nombre, cargaron conmigo como piñata y me aposentaron en el asiento trasero de un coche, flanqueado en ambos lados por agentes armados y mal encarados. Esto ya lo he contado en muchas ocasiones y ha aparecido publicado varias veces, así que nada más voy a contarles lo esencial y más escabroso del asunto.

Cuando logré entrar en la realidad de lo que estaba pasando, les pregunté a los perjudiciales quiénes eran y qué onda con lo que estaban haciendo. Me enseñaron rápidamente un oficio de la temida Dirección Federal de Seguridad (o policía de Gobernación) donde se decía que, al haber yo denunciado el intento de secuestro del otro día, me iban a carear con los presuntos secuestradores para ver si los reconocía. (Como yo no había puesto ninguna denuncia, me apaniqué y esperé lo peor.) Me trajeron por toda la ciudad, alegando que los habían cambiado de delegación (a los presuntos) y, tras pasar a un lado del Campo Militar Número 1, el coche, seguido de otros dos llenos de judas, enfiló por la carretera a Toluca, hasta arribar sanos y salvos a la Zona Militar de Toluca, donde me tuvieron detenido –e interrogado– hasta algo así como las 8 de la noche. Como me habían quitado mi reloj, había yo perdido la noción del tiempo. A esa presunta hora, los judas me entregaron a los militares, que me subieron a un coche atiborrado de milicos, en el que inicié el ascenso al Nevado de Toluca. Después supe que los militares pertenecían a la súper temible Inteligencia Militar. En otro coche que nos seguía venía otro detenido que no pude reconocer. Como 20 minutos después, los dos coches se detuvieron, pero el otro se siguió un poco más adelante y a mí me bajaron a empellones –claro– y con sendas metralletas en las manos me detuvieron junto a dos fosas abiertas. A esas alturas del partido, yo ya estaba más allá del bien y el mal, sin ganas de protestar o rebelarme, sin ganas de escapar, mucho menos, y esperando únicamente que me mandaran al otro barrio o planeta, según se vea.

        Me había pasado todo el día detenido, sin comer más que una vil torta de jamón y un refresco Lulú de manzana, convertido en un futuro cadáver que nadie iba a reconocer. O sea, en un desaparecido igual o semejante a todos los cuates que el buen (Luis) Echeverría estaba desapareciendo por la tirria que les tenía. Estaba a merced de cinco individuos armados, al borde de lo que sería mi tumba sin ganas de nada, ni de hacerme pipí en los chones (cosa que no pasó por puro milagro). Y le seguimos para deleite propio y ajeno: lo que recuerdo es que me notificaron, con un lenguaje apropiado, que me iban a matar por haberme burlado del Señor Presidente, del Gobierno y del Sagrado Ejército Nacional (lo de “sagrado” va por mi cuenta). Pero que, tomen nota, ésa iba a ser la última oportunidad que me daban para seguir con vida, yo y mi familia. Que si seguía en las andadas y dibujadas, a todos nos iban a desaparecer sin previo aviso. Y tan tan. Vamos de regreso a la civilización. Llegados abajo,  me volvieron a entregar a los judas de la DFS que me recibieron con pistola en mano, pues estaban seguros de que si yo no regresaba, los militares se la seguían con ellos.

El regreso al DF fue una muestra de humor involuntario. Los judas –que luego supe dirigidos por Zorrilla, el presunto asesino de Manuel Buendía– se declararon lectores de la historieta y me pidieron autógrafos y hasta Zorrilla me confesó que tenía hecha una novela que “ojalá se la pudiera yo recomendar a algún editor” (sic). Y se la siguieron hablando pestes de Inteligencia Militar, calificándolos de “asesinos, esos cabrones sí que son asesinos, y han matado a un chorro de cuates en esa subida al Nevado”. Que ellos, de la DFS, sólo los detenían, pero que los militares eran los que se los echaban al plato. Yo lo que quería era llegar con los míos y abrazarlos y comer algo calientito.

¿Y cómo es que se salvó, don Rius?

–Yo no sabía qué diablos había sucedido. Solo hasta que pasó Mendizábal a recogerme frente al cine Chapultepec (donde me habían botado sin un quinto), me contó que, al notarme desaparecido habló con mis hermanos y que decidieron hablar con el general Lázaro Cárdenas del Río (medio tío abuelo del de la voz), que éste había hablado con (Gustavo) Díaz Ordaz y que todo había quedado en una primera Ramada primera. Desafortunadamente, en los días, semanas y meses siguientes, me fue imposible comunicarme con él, que ya estaba sufriendo un cáncer maligno que lo había obligado a enclaustrarse en un rancho en Michoacán. Sólo pude hablar con su secretario Nacho Acosta, que le transmitió mis agradecimientos, explicándome que don Lázaro ya no quería ver a nadie ni que nadie lo viera. Moría al poco tiempo.

También quería yo agradecer a quienes habían ordenado mi secuestro y posterior desaparición de entre los vivos. Recurrí a mi cuate y compañero de trabajo en Siempre!, don Paco Martínez de la Vega, buen periodista y asesor de la Presidencia. Me dijo en concreto que las órdenes habían partido de Luis Echeverría Álvarez (secretario de Gobernación) y Marcelino García Barragán, el de la Defensa (que curiosamente era primo de mi mamá por lo García). Así que dos parientes habían intervenido en la circunstancia del asunto: uno para matarme y el otro pariente, don Lázaro, para salvarme la vida. ¡Qué cosas tiene la vida, Mariana! Aunque tampoco a don Marcelino ni a don Luis les pude notificar mi agradecimiento, lamentablemente. A Dios no le pude dar las gracias: nunca lo he encontrado en ninguna parte.

Los días siguientes a mi secuestro y (fallida) desaparición, los demás garrapatos, más asustados que yo, se animaron a salir de abajo de sus camas para reunirnos en mi casa con Mendizábal, y decidir qué íbamos a hacer en esa encabronada situación que nos había deparado el destino. Todos se solidarizaron conmigo y entre todos decidimos seguirle, aunque bajando un poco el tono y la puntería para continuar haciendo la revista. Quedó claro que al que querían desaparecer era a mí, por considerarme director de la revista (cosa que no era así) y hacerles ver a Naranjo, Helio y AB que la cosa no iba (todavía) contra ellos. Entre risas forzadas y caras demacradas, decidimos seguir haciendo La Garrapata (entre todos) y Los Agachados (yo solito). Hoy concluyo que más que valientes, éramos unos inconscientes despintados, de la línea de los románticos de Cuba.