Fuego nuevo

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

                                                                                         A Gilberto Guevara Niebla.

Como ocurre cada año, ha dado comienzo el nuevo ciclo escolar pero esta vez en una realidad educativa renovada por los avances de la reforma que desde su planteamiento original fue considerada la de mayor importancia del paquete reformista con el que arrancó el sexenio. La madre de las reformas, porque sustenta la idea reformadora, la fortalece y tiende a reproducirla pues su génesis recapitula, a querer o no, la de un país cuya evolución democrática todavía responde a un ímpetu social que proviene de una historia revolucionaria. Así, y no obstante que sus propios diseñadores y promotores previeron que sus efectos no serían visibles sino en un plazo más o menos largo, desde su fase inicial ha dado lugar a cambios que ya están incidiendo en la calidad de la enseñanza, en los vínculos de la escuela con la comunidad y en la relaciones del magisterio con el Estado. La gran turbulencia desatada por la reforma correspondió, ni más ni menos, a su profundidad que aunque pareció amenazar intereses colectivos legítimos, en realidad desafió percepciones erráticas que era urgente corregir. Porque no ha sido menor la trascendencia de los esfuerzos por mejorar las instalaciones escolares, dignificar el ejercicio docente y recuperar la rectoría educativa estatal. Y ahora está en marcha la que podría llamarse segunda etapa de la reforma que habrá de actualizar los programas y métodos de enseñanza así como cargar de futuro los contenidos y alcances de la educación. En esta nueva fase la participación del magisterio será decisiva, tanto más cuanto haya asumido la superación de sus condiciones institucionales que la reforma le ha conferido.

 

 

Volver a los diecisiete

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

En el PRI están contentos. Salió bien su asamblea y pueden asegurar que su partido seguirá sustentando a la nación y al Estado. En política las comparaciones son obligatorias y sobran ejemplos de países sumidos en el estancamiento y aún en el atraso por la falta de un régimen político a la medida de su historia y de un partido que lo conduzca. Los mexicanos contamos con una revolución resuelta en constitución que a pesar de haber cumplido un siglo, o quizá por eso, le ha dado a la patria solidez bastante para haber convertido la maldita vecindad en una relación no exenta de contradicciones, dificultades y aún graves conflictos, pero que ha atajado el intervencionismo y mantenido a salvo la soberanía. Régimen democrático de origen. Porque nuestra democracia no es epifanía sino lucha de cien años; que después de vivir un siglo vuelve a los diecisiete, al diecisiete en este diecisiete. Cuando Enrique Peña recuperó la Presidencia, se comprometió a mover a México, una forma de decir que iba a volver a poner en marcha la Revolución. Y ya se sabe que el único camino es el de las reformas: telecomunicaciones, hacienda, energía y educación fueron objeto de cambios estructurales que nos abrieron el porvenir. Hubo otras menores y otras resultantes de las negociaciones. ¿Y el partido? Seguir al frente de un país en transformación, lo obligó a actualizar su visión de futuro, fortalecer principios e ideología, ampliar su programa, adecuar su organización. El mejor PRI ha sido el que en ejercicio de su independencia llevó a Peña a la victoria contra el gobierno de la derecha. Ahora debe recomponer sus relaciones con el poder y con la sociedad para ganar la Presidencia y proseguir las reformas.