El cuarto poder de pocos y miles y miles de excluidos

Teresa Gil / Libros de ayer y hoy
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Andrés Manuel López Obrador (AMLO), fue injusto con la gran comunidad periodística mexicana, al negarle lo que le es propio: su gran oficio de informar y servir. El lugar duele donde pega el golpe y en ese sentido puede tener razón el presidente al dedicar a los medios largas y obsesivas horas en el inicio de la fase 3. La situación es tan compleja y difícil que hasta China revira su emergencia y el futuro se nos antoja imprevisible e impredecible. Para un gobernante, lo fundamental es quien apoya y quien no, y a diferencia con los gobiernos anteriores en los que la paga definía fácilmente quienes estaban uncidos por la ganancia, ahora es al revés. Los que golpean son los que dejaron de recibir ese pago que costó tantos millones el pueblo de México  (¿Alguien ha hecho un cálculo de lo que ha contado la prensa vendida en estas décadas?). Un poder mediático lanzó a un presidente, otro apoyó a un presidente golpeador, otros se agacharon con la noticia ante la matanza de estudiantes. Fue ese poder el que privilegió al boletín oficial que es el que pagaba para ensalzar la información del gobernante en turno y ahora usa lo contrario para poner contra la pared al que dejó de pagar. Los grandes lustres del periodismo, como los géneros que hicieron del oficio su gloria, el reportaje, la nota abstracta, la entrevista, la verdadera crónica, se convirtieron en un navegar de tiburones de las páginas escritas y en las electrónicas. Y hay los llamados periodistas, muchos de los cuales ni siquiera cumplen el requerimiento fáctico de haber recorrido una profesión para tener el derecho a dar su opinión.

El gran periodismo no es el de los poderosos, éstos comercian

En el país debe de haber en activo miles y miles de periodistas; no hay una cifra concreta. Se habló hace tiempo de treinta mil. Existen organizaciones, grupos, plumas valiosas en un oficio mal pagado, mal reconocido. En la paradoja de ese oficio, hemos visto reporteros egresados de universidades corriendo detrás de vedetitas para sacarles una declaración que exigía el medio o a los muchos llamados chacaleros, corriendo también detrás de funcionarios soberbios para obtener la nota de banqueta en un permanente callejeo que, humillante, les exigía la empresa. Y el político avieso, encumbrado, comportándose como un emperador. Es el caso de miles en un oficio de mal pagados, escribientes desnutridos que no piensan cubrir sus necesidades exigiendo embutes y regresando con difamaciones la negativa. No son los cínicos como describe Kapuschinki, a los vendidos; son oficiantes de cuerpo entero que como muchos, del actual poder quieren un cambio y dan y sueñan y ofrecen información veraz. Esos miles no quieren entrar en la diatriba presidencial porque son parte, muchos de ellos, del voto que lo llevó a la Presidencia y los que no, miles que aportan a través de una crítica no sumisa, los elementos de apoyo y advertencia para que los designios de aquel voto se cumplan.

Se soslayan los grandes aportes de los periodistas honestos

En más de 60 años de periodista, he estado en muchas redacciones, y los escritorios los tuve que dejar porque el medio feneció por la crisis, o porque hubo  cambio de poder o porque surgió otra empresa y el escritorio se renovó. Pero siempre fue lo mismo: mucho trabajo, oficio y poco pago. A lo largo de estas décadas he conocido a muchos periodistas, la gran mayoría se mantuvo firme y unos cuantos se sumaron a la lista de los chayoteros y ahora encabezan con títulos vomitivos la debacle de su propia defenestración. En organizaciones como la Unión de Periodistas Democráticos (UPD), cuyo primer presidente fue Renato Leduc, surgieron muchas propuestas, sobre todo las del derecho a la información  y algunas de ellas fueron signadas en leyes sin dar el crédito. Una de ellas, el salario mínimo de los periodistas, en la que participé. Ha surgido una pléyade de periodistas escritores, activistas, luchadores por una libertad de expresión legítima y justa. Sin olvidar a los muchos que estimo y reconozco, menciono a Miguel Ángel Granados Chapa destacado columnista y autor de varios libros, ya  fallecido; a Humberto Musacchio, columnista estrella de medios, autor del Diccionario  enciclopédico de México y una serie de libros; a Carlos Moncada Ochoa autor de más de 50 libros, uno de ellos sobre periodistas asesinados; a Rogelio Hernández López con otros aportes bibliográficos; a José Vilchis y José Reveles también autores;  Jorge Meléndez con toda una larga lucha en la defensa de periodistas; Antonio Cáram, de grato recuerdo en el medio por sus luchas; a Eduardo Ibarra Aguirre, con un buen número de libros en su haber, defendiendo un medio propio, solidario, contra viento y marea;  a Miguel Badillo tan acosado y agredido; a Teresa Gurza, gran periodista, entre muchos. Y a los que dieron su vida por el periodismo en el que destaca Manuel Buendía el gran columnista, convirtiéndose como muchos, en un  mártir de ese oficio. Y los que han dedicado su vida y han brillado en corresponsalías como Manlio Tirado ya fallecido; Gerardo Arreola aún activo incorporado a la era digital y muchos otros. Y los que navegamos por las redes con aportes permanentes sin pedir estar en la palestra.  Ninguno de ellos pide o hubiera pedido reconocimientos públicos, porque el oficio es algo que se lleva y se aplica y no necesita estar enquistado en falsas enumeraciones de poder. De entre mis libros, recuerdo mi tesis La libertad de prensa en México: Análisis jurídico y sociológico, mención honorifica de la Universidad de Sonora, que cumplió 48 años el pasado 14 de abril. Reproduzco parte de la sexta conclusión, que ya vislumbraba algunos de los criterios actuales: “El poder público debe exigir el cumplimiento de las leyes de prensa; canalizar los juicios que tengan por objeto perseguir delitos cometidos a través de la prensa. Pero al mismo tiempo proteger al periodista contra exageraciones provenientes de la iniciativa privada o del mismo gobierno. Las verdades que propician bienestar general, deben ser dichas a través de la prensa, sin que el gobierno interpretando en forma interesada las leyes, aplique su rigorismo sobre los periodistas. Pero al mismo tiempo los periodistas y dueños y directores de empresas periodísticas, deben de saber cuándo esas verdades propician un bienestar y aplicar su criterio para no caer en extremismos”

 

 

Espacio vital: Se borra la historia negra de Los Pinos                                       

Teresa Gil / Libros de ayer y hoy
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Los Pinos será por primera vez un espacio vital. Se acabó la etapa del dispendio oficial solo para mantener a familias privilegiadas, frente a una ciudadanía saturada de carencias. La vieja casa oficial de Los Pinos llamada ahora Centro Cultural del mismo nombre, será sede de personal de salud en esta emergencia. La que ha sido considerada “el principal invasor de áreas verdes del Bosque de Chapultepec”, tendrá un destino muy diferente al que tuvo. Ya desde el inicio de este sexenio se le había fijado un papel distinto al que tenía, como espacio cultural en una parte, pero temporalmente será sede del personal de salud más cercano a su domicilio. Expandida en un área con 748 mil metros cuadrados, la vieja residencia era considerada una de las más grandes del mundo que albergaba un poder y fue centro de decisiones que afectaron a millones de mexicanos, y quizá donde se emitió la palabra directa para eliminar a alguien. Todo queda en la oscuridad de 86 años de utilización presidencial, ocupada por 14 mandatarios y centenares de familiares directos o impuestos que tuvimos que mantener y resguardar con el dinero del pueblo. Se debe recordar también, que con el aparato de comunicación de ese recinto, se creó una élite de periodistas apapachados y pagados en su mayoría, por el gobernante en turno. Son los que se consideran desahuciados en este momento, por La mañanera. Hay quienes se molestaron por el anuncio de la nueva forma de ocupación, como el locutor de derecha Sergio Sarmiento que la prefiere como oficinas. Las redes en contra no se hicieron  esperar. Los inconformes por el cambio desde que fue creado como Centro Cultural, están aferrados a la suntuosidad de una finca que no refleja las condiciones reales del país.

De ser la hormiga, pasó a ser la casa del bosque donde habitaba el lobo

Contradiciendo la antigua ficción no era una dulce anciana la que habitó ese portento de vivienda, si bien hubo algunas, las madres o familiares de los presidentes, que fijaron reglas en la residencia. La presidía el que era considerado el número uno del país, el lobo mayor que actuaba para millones de habitantes. El primer nombre, La Hormiga, no le gustó a su primer inquilino presidencial Lázaro Cárdenas y se lo cambió  llevado por un recuerdo personal. Rechazó para irse a vivir ahí, al Castillo de Chapultepec que  tenía a su disposición. Pese a que tomó posesión  el primero de diciembre de 1934, Cárdenas y su familia se mudaron a Los Pinos en 1935. A partir de entonces la residencia, que llegó a ser todo un complejo,  se ocupó en los menesteres del Ejecutivo y la casa empezó a sufrir todo tipo de cambios, adhesiones, y designaciones personales para su uso, de quienes la habitaban. Se le dieron fines utilitarios a varias áreas de esas construcciones, se  crearon avenidas y se instalaron muchas estatuas para gobernar utilizando la historia. Era bonito enseñar nuestros próceres inmóviles, a los visitantes que llegaban de otros países y que se quedaban maravillados de la capacidad del pueblo mexicano de ofrecer una casa así a sus gobernantes, aunque miles vivieran en chinames o carecieran de techo. Tal vez, ellos mismos, esos visitantes, hacían lo similar en sus países y no les sorprendía. El poder por lo general es igual en todas partes.

Juan Pablo II dio misa personal. Utilitarismo y juniores: Rafael Loret

Las historias que se cuentan son muchas y nutridas, así como la prepotencia que da el poder en la misma medida que se refleja en la desolación de la caída al terminar la gestión. En su libro Galería del poder (Océano, 1996),  Rafael Loret de Mola tiene un capítulo dedicado a Los Pinos en un periodo que se centró en José López Portillo, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo pero en el que hace referencia de pasada, de otros períodos. Respecto a uno de éstos el escritor cuenta como fue prácticamente obligado a traer desde Yucatán una olla llena de frijoles con puerco, porque se le antojaban a Luis Echeverría. Se refiere también a la anciana madre de López Portillo que le pidió solicitar a Juan Pablo II,  de visita en México, que le diera una misa personal en Los Pinos, cosa a lo que se accedió contra el laicismo y marea y a la que asistió el Papa disfrazado como tal. También habla de los desplantes del hijo de Zedillo, de las golpizas que daban los guardias presidenciales a quienes no toleraban sus desplantes, y el cierre de negocios porque se hizo un desplante a la criatura. Y se da vuelo hablando de las infidelidades de Salinas cuando abandonó a su esposa Cecilia Ocelli y el desprecio que le empezaron a manifestar sus hijos, por ello. Se entra mucho en  la calidad de comadrería, pero refleja el uso personal y el abuso del poder que le daban al caro y ostentoso inmueble los que se creyeron en determinados momentos dueños de México. Son  los que viven en ese pasado, los que se han molestado porque ahora Los Pinos impartirá cultura y sobre todo, porque será una sede de personas que salvan vidas.