Ante la sopa del otro “vampiro”

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos

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Mientras esforzados hombres y mujeres de ciencia procuran la medicina para combatir el coronavirus, presuntamente proveniente de las sopas de murciélago de la provincia china de Wuhan, otros científicos, estos sociales, han animado el tema en torno de otro “vampiro”, chupóptero como el que más, silencioso pero más violento y funesto que su par asiático: el capitalismo financiero, cuyos colmillos no dejan de succionar hasta la última gota de sus víctimas.

 

Y es que, en efecto, los saldos de los últimos acontecimientos son propios de una novela macabra protagonizada por la vieja avara de Fiodor Dostoievski, donde la existencia significa nada menos que una deuda con la mismísima muerte: los cerca de 7 mil millones de seres que habitamos el planeta debemos, cada cual, 32 mil 500 dólares como consecuencia de la deuda mundial, según cifras del Instituto de finanzas Internacionales (IFI, con sede en Washington, DC:), con datos del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco de Pagos Internacionales.

 

La bola alcanzará la cifra récord de 257 billones de dólares en estos meses, lo que significa que se debe 3.2 veces la producción económica anual del mundo. Una barbaridad envuelta en trapos civilizatorios.

 

Contra la eternidad y con el tóxico arsenal teológico del capitalismo depredador, todos estos datos resultan realmente insignificantes pues van a tono con la narrativa de que “la deuda de los consumidores es la sangre de nuestra economía”, así estén endeudados por igual los mismos que están en el centro de la debacle, los inversionistas (mediante las bolsas de valores) y sus aliados, los que aparecen como gobernantes.

 

Para dimensionar la gravedad de la situación, hay que decir que deberle al sector financiero tres veces todo lo que se produce al año a nivel mundial (PIB), es un hecho que ni siquiera se había dado tras la Segunda Guerra Mundial, cuando la deuda del mundo alcanzó cerca de 150 por ciento del PIB, conflicto bélico que por cierto fue engendrado por hitlercitos quienes, coincidencia, a su vez fueron prohijados por desastres financieros, como fue con el crac de 1929 en Estados Unidos.

 

Contra el presente y a manera de guisa, en nuestro país esos pasivos significan que en pesos contantes y sonantes la deuda de cada uno de los más de 120 millones de mexicanos (35 mil 500 dólares) es de alrededor de unos 769 mil 275 pesos, esto conforme al tipo de cambio del 8 de mayo, que los especuladores dejaron en 23.76 pesitos tras intenso golpeteo que rondó los 25 pesos.

 

Supongamos el imaginario “mundo de ensueño” neoliberal donde incluso los niños y adultos mayores tienen un empleo “digno”: si todos los mexicanos percibieran 11 mil 200 pesos mensuales (sólo 3.7 por ciento, de alrededor de 56 millones de personas ocupadas, los gana, según el INEGI), cada uno necesitaría casi seis años para pagar (y hacer de faquir, caminando sobre vidrio rotos o brasas ardientes, además de andar con hoja de parra).

 

La cosa sería peor si sólo tuvieran que pagar los cerca de 20 millones 421 trabajadores formales (que son los que obtienen más de 11 mil pesos), y mucho peor si el fardo se lo dejaran a los 31.3 de trabajadores informales, de los cuales 11.5 millones perciben poco más de 3 mil pesos al mes. (Aquí ya ni tragar espadas o antorchas parecerían un acto de ascetas, sino medidas drásticas para escapar a la situación, retornando varios siglos en el tiempo).

 

Se supone que a partir del último timo especulador (hipotecas Subprime, en el 2008) se habría de generar un amplio debate en el mundo sobre las formas para corregir a los incorregibles, así como respecto de la función de los organismos financieros internacionales (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, etcétera), más propensos a cuidar que los prestamistas no dejen de saquear las haciendas públicas en perjuicio de los habitantes que en fomentar el desarrollo de los mismos.

 

Pero los campeones de la libertad y la democracia, empezando por los propios dirigentes de esos organismos internacionales y sus agentes en cada país, como sucede en el nuestro, han guardado un espeso silencio sobre el problema y, por contra, insisten en continuar engordando al insaciable mamífero, buscando imponer sopas epidémicas harto conocidas (es evidente que en economía y finanzas “ningún almuerzo es gratis”. Tampoco en épocas virulentas, desprovistas de cualquier “espiritualidad” como las que se están viviendo).

 

Después de los frecuentes y cada vez más devastadores “cracs” financieros de las últimas décadas, sólo queda esperar el cumplimiento de viejas profecías para que entre los mismos hematófagos financieros y económicos terminen por devorarse, a menos que suceda algo increíble y las propias sociedades presionen a los gobiernos para que se asuman como tales.

 

 

 

 

 

Sobre la miseria ante la emergencia y

los perros del Hospital de la Resurrección

 

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos

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Tal vez como consecuencia del encierro derivado del bicho pandémico o debido quizás a la angustia y el terror por pasar a formar parte de la estadística (así sea con el cuestionado ábaco estocástico de las autoridades federales en materia de salud), todo ha dado lugar a varios episodios dignos de un sondeo de espíritus en pena, de auténticos campeones del sufrimiento, cuando no de neuróticos en espera de la muerte y el fin del mundo… en la piel de otros.

 

La esencia de la miseria en su esplendor, lo mismo en política que en economía, sin excluir momentos estelares de representantes de la sociedad y de los medios de información, el goce de la regresión, ese del que hablan los científicos al hurgar las deformidades del alma, se ha metamorfoseado en un insano placer por demoler cualquier cosa con las mismas “armas” que la “civilización” ha engendrado: la política y las finanzas.

 

Ante la pandemia, en poco tiempo se ha desarrollado una especie de exigencia compulsiva por la muerte (con el cráneo de otros en las bolsas, por supuesto), cubriendo con el manto de la amnesia la epidemia asesina desatada tras la declaración de guerra al crimen organizado hace más de trece años. Entre más numeroso se estime el desfile de embolsados o de catafalcos, mayor el placer político y económico pues de lo que se trata es de acumular un arsenal, no de apoyos ni palabras de consuelo para los sufrientes, sino de proyectiles políticamente envenenados para lanzarlos a la menor oportunidad.

 

A Freud siempre se le visto más por el lado académico entre los aspirantes a “científicos del alma” (cuando no como un charlatán que quiso adornarse con pinceladas de literatura y filosofía y motejarla como “psicoanálisis”, según el filósofo Michael Onfray) pero su perfil profético-burlesco salva esa pretendida arrogancia: “Los hombres de hoy han llevado tan lejos el dominio de las fuerzas de la naturaleza que, con su ayuda, les resulta fácil exterminarse mutuamente”, sostuvo hace casi ya un siglo, en 1930 (El malestar en la civilización).

 

Así, la necesidad de sobrevivir, la ausencia de cordura y el perfil perverso del poder, ya económico, político o mediático, hace que la denunciante narrativa cotidiana de los contrarios sea al mismo tiempo proyección de la corrupción en todos los frentes posibles.

 

Cipión y Berganza, los célebres perros cervantinos que describieron la maldad e idiotez humanas en el Hospital de la Resurrección, con episodios tan hilarantes como cínicos, serían cronistas de una nueva historia de la sevicia moderna y del fanatismo donde, por ejemplo, ante una crisis como la actual los agentes económicos y financieros (antes llamados “arbitristas”, figura del financiero neoliberal actual, igual de disparatado), no podrían dejar de preconizar los “fundamentos” que han llevado a la devastación: los suyos, con ese pesado pasado y  presente bastante espesos y bastante sucios.

 

Por eso, como buenos exaltados, apelan al Estado de derecho (neoliberal) y “nada de que los remanentes del Banco de México (que suman más de un billón de pesos con corte a marzo pasado) sean para rescatar a los “pobres” afectados por la pandemia; no, la ley dice que el 70 por ciento debe ser para amortizar la deuda pública, es decir, los recursos son para los “pobrecitos inversionistas” que, hay que decir, cada año se llevan la gran tajada del presupuesto ¿ya vieron que por la especulación y la baja de precios del petróleo los pasivos del sector público federal alcanzaron en marzo pasado un nuevo récord: 12 billones 125 mil 380.3 millones de pesos, aumento de 9.9 por ciento respecto de diciembre de 2019 y que implicó un aumento de 1 billón 97 mil 985 millones en tres meses?, según reportes de Hacienda).

 

Ir en contra es no sólo ilegal, sino un manotazo autoritario que hay que atajar con coraje cívico para no dañar el prestigio y reputación nacionales, menos las carteras de los prestamistas, a los cuales hay que acudir como último refugio del infortunio, estirando la mano con rostro casi apanicado.

 

Eso, mientras en los mismos templos del Ogro Salvaje (Financial Times) se reconoce (así sea en forma tibia y como para tratar de maquillar la fachada), la necesidad de profundizar en la evaluación de los riesgos de todo el sistema financiero, su modificación, esto para evitar la alta dependencia del  aniquilador “apalancamiento” (contratación de deuda), origen de la crisis presente, igual que como sucedió en otros momentos de triste recuerdo.

 

Esto es principalmente para los capitales privados pues como se sabe, esto ha llevado al pernicioso círculo de las últimas décadas de “derrumbe“ del sistema financiero y luego el “rescate” por parte de los gobiernos, cancelando una mejor vida para millones de personas mientras otros acumulan por acumular.

 

Si lo que evidenciaron los perros de Cervantes en el nosocomio de los “resurrectos" fue la estupidez humana y su esencia corrupta, la pandemia está haciendo otro tanto, mostrando además, por enésima ocasión, la íntima asociación del sector financiero con el poder público, una de las combinaciones más letales y perversas que es necesario romper.

 

De mientras, sólo queda reunir reservas frente a las fórmulas de aquellos que se prodigan “placer extraordinario” en la suerte de los otros.