Deber o no deber, este es el punto

Jorge Faljo
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Hay una fuerte discusión en torno al endeudamiento público. Usualmente el sector financiero, le exige no endeudarse al gobierno porque su gasto sería supuestamente inflacionario, lo que depende de la capacidad de respuesta de la producción. En el mediano y largo plazo les preocupa que el endeudamiento lleve a subir impuestos. Solo que en condiciones de crisis los privados exigen lo contrario, que el gobierno sea el salvador de las empresas en dificultades mediante créditos, apoyos monetarios y dejar de cobrar impuestos y servicios.

          Antes de reflexionar sobre este asunto hay que señalar que el crédito es fundamental para el funcionamiento de toda economía. Sin él casi nadie podría comprarse una casa o un automóvil; es un mecanismo que permite hacer un gasto fuerte en el presente a cambio de pagarlo, más un costo extra, con ingresos del futuro. No es muy distinta la situación cuando el gobierno emprende una gran obra. Esta sencilla racionalidad anterior no explica de manera suficiente el alto nivel de endeudamiento público y privado existente en el mundo. La deuda ha sido un mecanismo substitutivo del pago de impuestos y del incremento de ingresos de la población. Con el neoliberalismo se redujo el pago de impuestos con el pretexto de que el enriquecimiento de la elite y los grandes corporativos de alguna manera se filtraría hacia abajo. No resultó. Al mismo tiempo los gobiernos tenían que seguir ejerciendo funciones críticas para la economía y la sociedad.

 También se endeudó a las clases medias y trabajadoras en lugar de aumentarles sus ingresos; ocurrió porque se redujeron los salarios reales.

Dado que las empresas multiplicaron sus ganancias y necesitan vender, la lógica neoliberal fue que emplearan sus ganancias para prestar y generar la demanda que no creaban pagando impuestos y salarios. Así prosperaron propiciando inequidades extremas y endeudamiento crónico.

En el caso de México, como en muchos otros países, otra fuente substancial de endeudamiento, que podríamos llamar agudo, han sido los rescates recurrentes de empresas y bancos en dificultades. Un caso emblemático fue el rescate que hizo el Fobaproa a resultas de la crisis iniciada al fin de 1994. Muchos deudores no podían pagar y eso puso en riesgo al sistema bancario.

Solo que el rescate no se diseñó quirúrgicamente para salvar a los deudores menores. Según el Banco Mundial los primeros que debieron afrontar el costo eran los dueños de los bancos con sus capitales. No fue así, se les rescató comprándoles deudas incobrables, inversiones absurdas y créditos francamente corruptos otorgados entre ellos y sus familias, sin avales o colaterales adecuados. Basura financiera comprada en 500 mil millones de pesos que se han convertido en 2 billones de deuda impagable. La burra no era arisca, los palos la hicieron.

Nuestro historial de corrupción no descalifica todo endeudamiento. No es cuestión de cantidad sino sobre todo de calidad. México tiene una deuda pública equivalente al 45 por ciento de la producción nacional de un año (PIB). Las deudas públicas de Bélgica, España, Estados Unidos o Francia lindan el 100 por ciento de su PIB; la de Italia es de 134 y la del gobierno de Japón, el más endeudado del planeta, llega al 240 por ciento de su producto anual.

Debido a la pandemia la mayoría de los gobiernos se están endeudando mucho más. Si esto es positivo o no depende de tres factores: el para qué del endeudamiento, la manera en que se endeudan y la forma en que habrán de pagar más adelante.

Los gobiernos se están endeudando para inyectar dinero en sus economías; puede ser incluyendo rescates alevosos o en formas más positivas: transferir ingresos a trabajadores y a micro, pequeñas y medianas empresas en riesgo; compras de producción a este sector; reparto de despensas, y otras formas de apoyo a los más vulnerados. El motivo del endeudamiento puede ser positivo, incluso indispensable.

La manera de endeudarse es vital. En la mayoría de los casos el endeudamiento de un gobierno es apoyado por la emisión de dinero que hace su banco central para comprar bonos de deuda ya colocados en el mercado. Con esa compra les da liquidez a los inversionistas, crea abundancia de recursos financieros, baja la tasa de interés y facilita el endeudamiento gubernamental a baja tasa de interés.

El mejor ejemplo es el alto endeudamiento del gobierno de Japón, 240 por ciento de su PIB. Es posible porque el 70 por ciento de esa deuda ha sido comprada por su banco central y la mayor parte del resto por bancos y fondos japoneses. Y esa deuda paga un interés cercano al cero por ciento. En esas condiciones es viable.

Queda el tercer punto relevante: ¿Cómo se va a pagar después? En la Segunda Guerra Mundial los gobiernos de Estados Unidos y el Reino Unido se endeudaron fuertemente y posteriormente lograron desendeudarse. No lo hicieron simplemente pagando, no habrían podido. Establecieron tasas de interés por debajo de la inflación, altos impuestos a los grandes ingresos, controles de capital y un crecimiento económico que, en conjunto redujeron gradualmente el peso relativo y absoluto de su deuda.

No es absurdo plantear la posibilidad de pagar tasas de interés negativas o por debajo de la inflación; lo hacen muchos gobiernos: Alemania, Brasil, Chile, Japón y Suiza.

En México podríamos darle buen uso al endeudamiento, evitando los sesgos y corrupciones del pasado. Pero Banxico opera con un marco normativo diseñado en 1994, en plena ortodoxia, con un mandato único que no incluye apoyar el crecimiento económico o el empleo, y con una estructura de gobierno sin representación de la industria y el comercio. Una autonomía sui generis y ortodoxa a pesar de que los sectores productivos y ahora incluso la calificadora Moody´s piden que tenga un mandato dual que en caso de crisis priorice preservar el aparato productivo. Tal cambio permitiría lo urgente; que Banxico compre emisiones de deuda pública a tasas y plazos convenientes.

Queda el punto final, cómo pagar. No se ha pagado la deuda del Fobaproa y otros rescates porque Banxico no implementa una política monetaria para pagarla. Hay que bajar las tasas de interés por lo menos al nivel de la inflación y plantear lo inevitable, que en el futuro este gobierno estará obligado a tener una recaudación fiscal de cantidad y calidad internacional.

Todo esto no es posible si el interés casi único es defender una paridad cada día menos defendible mediante el pago de un sobreprecio en la tasa de interés. El trago es ya bastante amargo y no valdrá la pena si no lo aprovechamos para instalarnos en la verdadera estabilidad de una paridad cambiaria competitiva.

Solo así, abandonando la ortodoxia, que hasta ahora solo beneficia a los grandes capitales, podremos salir fortalecidos y con un país soberano, dinámico e incluyente.