Victoria o fracaso de todos

Porfirio Muñoz Ledo
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La pandemia y la debacle económica aparecen en el horizonte inmediato como dos hermanas gemelas que se retroalimentan mutuamente en una espiral desastrosa. Los estragos del covid-19 sólo pueden ser paliados o contrarrestados mediante inversiones multimillonarias que a su vez ayudarían a reactivar la economía. Ambas han puesto en evidencia, como en una tomografía, la debilidad estructural de las instituciones nacionales, que debemos reconstruir durante la crisis y no después de ella si queremos que el futuro amanezca. Las acciones aparentemente temporales que emprendamos se habrán vuelto definitivas al fin del túnel.

La declaratoria de emergencia sanitaria emitida el 31 marzo parece haber “aplanado” la curva epidémica, en cambio se agudiza el desplome vertical de la actividad productiva. Grupos y expertos calificados sugieren decretar una emergencia, que la Constitución prevé en situaciones que pongan “a la sociedad en grave peligro o conflicto”. Más explícitamente, el artículo 73, fracción VIII, estipula que en materia de deuda pública “el Ejecutivo pueda celebrar empréstitos y otorgar garantías sobre el crédito de la nación durante alguna emergencia declarada por el presidente de la república”.

Es indispensable conjuntar esfuerzos y propuestas en un ejercicio incluyente. Algunos lo llaman Pacto de Estado y otros Acuerdo Nacional. Funcionaría como una comisión tripartita ampliada o como un consejo económico y social. Un Ecosoc en términos de Naciones Unidas. Su titular sería el Ejecutivo federal acompañado por cinco secretarios de Estado, entre los cuales el de Hacienda sería su suplente. Participarían además –en número similar– representantes del Congreso de la Unión, de los estados y municipios, de las organizaciones empresariales, de los sindicatos, de la academia y de la sociedad civil, estos dos últimos con derecho a voz.

Algunos de los temas que se han adelantado son: universalización de los servicios de salud, política fiscal y crediticia, estrategia contraciclica e inversión masiva, gasto público redistributivo, incremento salarial, protección a Pymes y defensa del empleo, recursos naturales y seguridad alimentaria, reconversión energética y política petrolera. Un proyecto similar ha sido adoptado por la Unión Europa que comprende tanto medidas impuestas para el conjunto de sus miembros, como aquellas que puede adoptar cada país con financiamiento del Banco Central Europeo.

Es menester diagnosticar con precisión y reconocer con claridad la situación económica en la que nos encontramos. En el primer trimestre de este año la economía cayó -1.26% respecto al cuarto trimestre del año anterior y -2.4% en relación al primer trimestre del mismo. Las proyecciones para este año son de -7% a -10%, con la que tendríamos la mayor recesión económica de nuestra historia. Se estima que tan sólo en abril el número de desempleados aumentó entre 600 y 750 mil personas y para agosto rondará entre 1 y 1.5 millones de personas.

La cuestión más controvertida es la del déficit fiscal, la mejor arma de la que disponen los países para hacer frente a la coyuntura. Hay que olvidar por ahora la persecución del superávit primario –el excedente entre los gastos del gobierno y el pago de la deuda– y aceptar el imperativo de un déficit público cuando menos equivalente al 7% del producto interno bruto. No hay que confundir el crédito institucional con el “endrogamiento” irresponsable y usurero. Hay que abandonar teorías económicas que están muertas, ideas “zombis” como diría Paul Krugman, que impiden pensar y actuar de manera innovadora y proporcional a la dimensión de los problemas actuales.

Nuestra deuda –50% del PIB– es inferior al promedio de la OCDE, que es del 80%. Francisco Suárez recomienda que el Banco de México retome el objetivo de impulsar el crecimiento y financie directamente al gobierno y a la banca de desarrollo. De ninguna manera puede pensarse en la reducción de los ingresos de los trabajadores formales o informales, sino en el aseguramiento de un ingreso mínimo vital –como lo ha llamado la Suprema Corte– comenzando por los más pobres.

Lo esencial es evitar que la crisis sea manipulada políticamente, fracturando el consenso necesario para su solución. La derrota económica no significa el triunfo de la oposición sino el fracaso de todos.

 

 

El nuevo orden mundial

Porfirio Muñoz Ledo
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Por primera vez la humanidad enfrenta una crisis verdaderamente global, que afecta concreta o potencialmente a toda nuestra especie y a la propia naturaleza de la que somos parte. Es ya un lugar común que la crisis económica desatada por la pandemia repercutirá en todas las facetas y colmenas de la vida a nivel mundial, nacional, local, familiar e individual. Decir que nuestro sufrimiento es pasajero es sólo ignorancia suicida.

Los augurios benévolos de los Idus de marzo se han apagado y revertidos por evidencias científicas que confirman la crueldad del mes de abril. Pareciera una nueva condena bíblica por los pecados cometidos. A los creyentes los consuela la resurrección cuyo aniversario es mañana. Corresponde a nosotros hacer lo imposible por aliviar la carga que heredarán las generaciones por venir.

Ocurren simultáneamente la tragedia y el drama: los sufrimos como una adversidad que nos llega desde arriba, que es también un conflicto entre los hombres. El presente esta preñado de futuro. Adivinando el engendro que llegará, optamos por compendiarlo en metáforas, sin eludir la “palabra recta”. El Covid-19 regirá por tiempo indeterminado el desastre. Será por siempre su Corona.

El secretario general de las Naciones Unidas advierte que “ha llegado el momento de la verdad y la mayor prueba de la humanidad desde la caída del fascismo en 1945”.

Las guerras han creado nuevos órdenes, cualquiera que haya sido su resultante político. Ejemplo cercano es el Tratado de Versalles de 1919 al término de la Primera Guerra Mundial, cuna de la Sociedad de las Naciones, compuesta por 32 Estados independientes, garante de la paz y seguridad internacionales mediante la aprobación de sus decisiones por todos sus miembros. México se incorporó en 1931, donde el genio precursor de Lázaro Cárdenas libró en solitario batallas inolvidables contra el avance del nazi-fascismo, que a la postre enterró la organización ante la resignación de las grandes potencias europeas y la ausencia premonitoria de Estados Unidos.

La formación de las Naciones Unidas, que arranca en 1945 con la Carta de San Francisco, es una hazaña del pensamiento y de la política, que la crisis actual ha nulificado pero no abrogado. Encarna la primacía del derecho internacional sobre los Estados y del paradigma de los derechos humanos –universales, inalienables y progresivos– proclamada en 1948.

Su anticipo es la Carta del Atlántico de 1941 que ordena el abandono del uso de la fuerza y vuelve ilegitima toda conquista armada; busca la emancipación humana del temor y la necesidad y “postula la máxima colaboración entre las naciones en el campo económico”. Suscrita originalmente por Estados Unidos y Gran Bretaña y poco después por la URSS y los representantes de los países ocupados de Europa. Antídoto contra una posible Guerra fría, que finalmente no pudo evitarse.

Ineludible recordar el acuerdo de Bretton Woods en 1944, origen del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, incorporados a la ONU aunque sistemáticamente hayan contrarrestado la búsqueda de la libertad y la igualdad humanas. También el lanzamiento del Plan Marshall por Estados Unidos en 1948 para la reconstrucción de Europa Occidental: transferencia de 14 mil millones de dólares de aquella época, expresamente dirigido a la contención del comunismo.

Su equivalente monetario actual sería suficiente para paliar nuestra catástrofe que cuenta ya con cien mil muertos y un millón y medio de infectados, que acusa un crecimiento exponencial sin límite. Puede extenderse a un ciclo prolongado o a un siglo corto.

No es un fenómeno que pueda terminar a fecha fija. Da comienzo a una nueva era para el género humano, sustancialmente diferente de las anteriores. Los habitantes de la Edad Media nunca pensaron que así la llamaríamos y nosotros ignoramos cómo calificará esta época la posteridad. Deciden su duración la velocidad de la ciencia y la estructura que armemos para sostenerla. Henry Kissinger afirma que la “pandemia alterará el orden mundial para siempre” y decreta que todas las instituciones han fallado. El Monje Negro del poder global, a sus 96 años, con optimismo contagioso imagina tal vez a que su longevidad será mayor a la del virus. Admite que “ningún país puede superar la crisis en un esfuerzo puramente nacional”. Se refiere a la pérdida de referentes conocidos como la “atmosfera surrealista” que nos ofrece la pandemia.

Advierte que ni las emergentes maravillas estadísticas, ni el diagnostico a través de la inteligencia artificial nos induzcan a la complacencia. Postula un “Nuevo Orden Mundial”: un nuevo contrato social que restablezca el equilibrio entre el poder y la legitimidad y cuyo fracaso “podría incendiar el mundo”. No alude al que propusimos en 1975 a favor de otro equilibrio entre las potencias occidentales y los países en desarrollo, que naufragó por la negativa de las grandes potencias.

Kissinger propone un programa de “colaboración global”, pero no alude a las Naciones Unidas sino como un antecedente remoto. Habla de un nuevo contrato social: la superioridad estadunidense condimentada con salsa de Rousseau.

Es tiempo de que el Consejo de Seguridad tome las riendas del caos. La bioseguridad es la clave de la paz mundial, más que el armamentismo o el peligro nuclear anulados por una fuerza superior que no crearon los hombres.

 

 

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