El mundo, la pandemia, la cultura y el río revuelto

José Ángel Leyva / La Otra
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A un siglo de la publicación de Cementerio marino, de Paul Valery, del fin de la Revolución Mexicana y el asesinato de Venustiano Carranza, del Tratado de Versalles para finiquitar la Primera Guerra Mundial, de que el Partido Obrero Alemán cambiara de nombre a Partido Nacional Socialista Obrero Alemán y Hitler comenzara a figurar como signo de xenofobia, racismo, destrucción, supremacismo, el 2020 coloca a la humanidad en su primer fenómeno global, la pandemia del Covid 19, o coronavirus. Una prueba menor, porque la ciencia médica ha dado saltos gigantescos en los últimos 40 años y la epidemiología y la infectología poseen el conocimiento para reducir los efectos devastadores de un virus aún desconocido, pero no tanto. No demorará mucho en que aparezcan fármacos y vacunas que representen ganancias descomunales para empresas farmacéuticas y coloquen a determinadas naciones en una posición ventajosa ante las demás. Por lo pronto, el virus no discrimina a nadie, pero el sistema social de cada país se encargará de hacerlo y de pagar, como siempre, las mayores cuotas de dolor y las cifras de muertos con los más pobres y desvalidos. Como dicen Zigmunt Bauman en Miedo líquido, la globalización es una realidad, pero es una globalización negativa, pues acaso un 20 por ciento de las sociedades del planeta concentran la riqueza generada y el resto participa de esa globalización en condiciones de esclavitud y servidumbre, como proveedora de mano de obra barata y de recursos naturales.

De esta experiencia paralizante, de esta pausa de «quietud» y «ocio», de miedo y confinamiento, vendrán cambios predecibles, mismos que hoy podemos visualizar y advertir en estas calles vacías, aeropuertos quietos, terminales ferroviarias inactivas, en el manejo sesgado de la información, en los centros comerciales cerrados,  y sobre todo en la impaciencia de la clase empresarial y los políticos. Este modesto ensayo global nos advierte sobre las posibles consecuencias de fenómenos naturales más desastrosos a causa del calentamiento global, pero también de los efectos de nuevas guerras entre las grandes potencias que habrán de ensayar no sólo con armas nucleares, sino biológicas, químicas y, desde luego, psicológicas, porque el miedo es un arma antigua empleada para someter y condenar a pueblos enteros, como lo hizo la Inquisición durante siglos haciéndose pasar por santa, cuando en realidad sus intereses no eran de carácter espiritual sino materiales y políticos. Nada ha cambiado en ese sentido desde la Edad Media, como la apunta en su maravilloso libro Muestras del diablo, el escritor Pedro Gómez Valderrama: «En el mundo de las gentes engañosas, éstas adquieren una elusiva facilidad de presentarse de manera de llevar siempre la parte del vencedor y del victimario, y jamás la del martirio». Habrá, además, siempre el recurso de nuevos enemigos de la democracia, de Dios, de la libertad, del Estado, del bien, esos enemigos que son desde ya la representación del mal.

Lo que nos surgen son preguntas ¿Qué pasará con las fronteras que se pretendían borrar? ¿Qué pasará con los movimientos migratorios de pobres y víctimas de las guerras hacia los centros de mayor desarrollo? ¿Qué respuesta habrá al cambio climático por parte de las superpotencias? ¿Qué sucederá con Estados y gobiernos autoritarios que han podido controlar y recluir a sus ciudadanos? ¿Será posible un jabón para desactivar la capacidad virulenta y destructiva de la civilización?

         El virus es más letal en personas mayores que en jóvenes, pero el sistema social también privilegia a los jóvenes por razones de productividad, aunque estoy seguro de que los viejos estarán de acuerdo, por distintas razones, que vienen más de la sabiduría y del amor, que la juventud es la esperanza, pero la vejez es la prueba de que no existe tal esperanza, la muerte nos espera, ineluctablemente; la esperanza, tal vez, radica inconscientemente en cambiar la ecuación de vivir al servicio de la vida y no de la muerte.

México con y sin cultura

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) es un hombre honesto o, por lo menos, no es un ladrón. Es un político, antes que un feminista, humanista o un demócrata. No viene de luchas revolucionarias, ni de una militancia por las utopías, ni de una izquierda convencida, viene del viejo PRI. Es un hombre de lucha y liderazgo, de temple y coraje, incluso temerario. Es un hombre que gusta de citar episodios y figuras de la historia, pero no le interesa la memoria, pues cree en la redención, es un creyente. Fue secretario de Carlos Pellicer, pero considera que los intelectuales son poco confiables porque dudan y no se comprometen con sus consignas de cambio, porque se quejan y se debaten cuando se tocan sus «privilegios», porque los artistas como los científicos no representan la cultura del pueblo. Pero AMLO era y es la única opción en un país saqueado, de un Estado en manos de la delincuencia y el crimen organizado, de un tejido social y cultural devastados, de una sociedad con la moral cada vez más desdibujada, de un contexto regido por el terror y la conveniencia, del parasitismo burocrático, político, de un desangramiento atroz que se redujo a estadísticas de cientos de miles de muertos, de espectáculos dantescos y manifestaciones de crueldad sin medida y, sí, de una comunidad cultural que tuvo síntomas de la misma descomposición porque comenzaba a regir el chanchullo, el compadrazgo, el clientelismo, las mafias. ¿Qué serían esas cifras de muerte violenta ante unas cuantas centenas de muertos por Covid-19? Pero ese no es el enfoque, no es ético pensarlo de esa manera, si se aprecia desde la perspectiva de las víctimas y no de los victimarios, de la memoria del sufrimiento y no de la estadística. Esa memoria, políticamente incorrecta, es indispensable para impartir justicia y para impedir que vuelva a repetirse la catástrofe moral y cultural, social en México, para no olvidar cómo vivíamos y cómo estábamos antes de este cambio, que si bien no será una transformación, podría ser el comienzo de una verdadera transición política. La memoria de esos crímenes de lesa humanidad, la verdad de las causas y los mecanismos de esa parte sanguinaria de este país le servirían mucho al presidente para hacer más confiable su papel, incluso con los frecuentes desplantes de autocracia que le caracterizan.

Los intelectuales de este país, sus artistas, sus científicos, sus académicos, sus maestros, fueron siempre los primeros en alzar voces de protesta, los que a pesar de la escasa simpatía del actual presidente por dichos gremios lo defendieron y los apoyaron en su terca carrera presidencial contra un régimen oligárquico y asesino. Muchos de los que apostamos por AMLO, y seguimos apostando, estábamos conscientes de que la cultura y la ciencia no serían no sólo prioridad para él, sino sectores incómodos porque el papel del intelectual, incluso en contra de sus deseos, es cuestionar, es disentir, es dudar, preguntar. Los únicos intelectuales que le resultan cómodos son los que militan en su equipo, los que antes fueron contestatarios y hoy son incondicionales, doctrinarios. Pero del otro lado están los que no ven ya nada bueno en la gestión de este presidente, los que se ven dominados por el odio y la ceguera, los que hablan, escriben, actúan con rabia, los que más que palabras e ideas echan espumarajos por la boca. No obstante, junto a los políticos e intelectuales que forman parte de su gabinete y su administración, hay gente que funge no sólo por sus méritos militantes sino por sus capacidades técnicas y sus convicciones políticas, por su profesionalismo. Los hay, y no son pocos. El doctor Hugo López-Gatell, sólo por nombrar al más novedoso de esta pandemia, le supo sacar las castañas del fuego al renuente gobernante que pretendía minimizar y soslayar la sana distancia, la realidad de un microorganismo que no respeta consignas ni amuletos. Al final se impuso el conocimiento, la ciencia, la sensatez.

En resumen, es muy delicado ser crítico en medio de dos fuegos ideológicos o dos fobias, porque de una u otra manera se sirve a los intereses de cualquiera de esos bandos igualmente obnubilados. Hay muchas personas, miles o millones que desearían un mal resultado de esta campaña sanitaria contra el coronavirus, hay también gobiernos locales que le apuestan al fracaso, y hay gobiernos extranjeros que desean demostrar que en este país nos morimos como moscas. Numerosos amigos del extranjero me llaman alarmados para saber si hemos sido víctima del caos reinante, de nuestro colapso hospitalario y nuestra mortandad sin límites. Me da gusto responderles que a pesar de los malos pronósticos no estamos peor que muchas naciones con supuestos aparatos y sistemas sanitarios ejemplares.

La pandemia, no sólo en México, sino en el mundo, es un rio revuelto en el que ya se mueven muchos pescadores que desean capitalizar los buenos o los malos resultados. El concepto «pueblo» no incluye el concepto de ciudadanía porque la ciudadanía ejerce su poder y su mandato. Los ciudadanos tenemos que ser responsables y apoyar a AMLO en lo que conviene al país y a la sociedad y oponernos y dar la cara en aquello que es anticonstitucional y antidemocrático, en aquello que lesiona a sectores que hoy por hoy dignifican y dan sentido a la memoria de una nación.  Los ciudadanos no «estamos pintados», tenemos no sólo el derecho sino la obligación de protestar y reclamar que los gobernantes sean servidores y no autócratas. México es ante todo un concepto de cultura, no una marca comercial. Los mexicanos no somos buenos ni malos por definición, pero los hay, como esos que atacan a las personas que brindan no sólo servicios, sino sus vidas para salvar otras, médicos, enfermeras, personal hospitalario, pero también el personal de limpieza, de servicios urbanos. A México lo ha salvado su cultura, lo mejor de su historia, pero lo ha hundido su clase política y empresarial. Ver a la cultura como un lujo, como un adorno, como un estorbo, como un eje secundario es apostar, eso sí, por un fracaso seguro.

La cultura, el pensamiento, el arte, la ciencia, la tecnología, la educación deben salir en defensa de su propia permanencia y su lugar primordial en cualquier cambio o proyecto de nación. No nos arrepintamos de haber votado por AMLO, aprendamos a exigirle, aprendamos a decir no y a defenderlo porque, si tenemos presente el pasado inmediato, sabremos que la virtud de un hombre honesto es oro molido en una sociedad descompuesta.

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