El pico máximo de transmisión y la saturación
de hospitales durará 3 semanas: López-Gatell

* El distanciamiento social ayudó a que la carga de la enfermedad bajara 60% * Se reduce de 16 mil a 6 mil casos el pronóstico de personas que requieran cuidados intensivos * En agosto terminará el brote actual, pero puede regresar * Se evitaron la corrupción y las presiones que se dieron en el manejo de la influenza A/H1N1 con Felipe Calderón

Ángeles Cruz Martínez / La Jornada
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El pico máximo de transmisión de la pandemia de covid-19, que se prevé se inicie la próxima semana, durará las tres siguientes. Será el periodo de mayor saturación de los hospitales, en particular de las camas de terapia intensiva y el momento en que los servicios médicos pudieran colapsar. Este es un riesgo que siempre existe porque “todos nos podemos enfermar, a menos que no estemos vivos”, afirma Hugo López-Gatell, subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, responsable del manejo de la emergencia sanitaria.

Colocado desde hace dos meses en el centro de la atención nacional, de la polémica y protagonista de un buen número de memes en redes sociales, el doctor dice estar tranquilo –no confiado– porque las nuevas estimaciones de los modelos matemáticos indican que la carga de enfermedad total será 60 por ciento más baja gracias a las medidas de distanciamiento social.

Está convencido de que con el resguardo en casa, se redujo la expectativa inicial de entre 14 mil y 16 mil enfermos graves en áreas de terapia intensiva en el pico de la curva epidémica, a entre 5 mil y 6 mil. Ahora el reto es que esta previsión se sostenga entre el 8 y 10 de mayo, cuando se espera la mayor cantidad de afectados.

En entrevista con La Jornada, López-Gatell reconoce que la suspensión de actividades académicas, laborales y sociales, aunque causan un beneficio inmenso en las vidas que se salvan y son la prioridad, también provocan daños a la economía que pueden ser irreversibles.

La plática con el subsecretario se realiza en la sala de juntas de su oficina en la Secretaría de Salud (SS), la que también se habilita para las entrevistas virtuales a medios de comunicación y donde comenta que seis gobernadores se han negado sistemáticamente a reportar los casos de enfermos. Son los mismos que a pesar de tener la obligación, tampoco informan sobre la ocupación hospitalaria, la cual ya debería estar disponible a tiempo real; sin embargo, se abstuvo de dar nombres.

De manera coincidente, este jueves de charla con La Jornada se cumplieron 11 años del inicio de la pandemia de influenza A/H1N1 (23 de abril de 2009). López-Gatell recuerda las presiones políticas que la SS enfrentó en ese entonces de la Presidencia de la República –que ocupaba Felipe Calderón– para tomar decisiones que favorecían la corrupción.

La pandemia es un reto, ¿qué ha sido lo más difícil?

—El trabajo ha sido intenso. Lo más retador: lograr la participación de la sociedad, pero el resultado nos sorprende. Hay evidencia en estadísticas que la movilidad bajó a 70 u 80 por ciento. Pero hay 15 por ciento de empresas con actividades no esenciales que siguen operando.

Otro reto es lograr la coordinación con los actores externos al gobierno federal, donde por razones políticas hay otras prioridades y se cambian las medidas de carácter técnico.

¿Qué situaciones han sido inesperadas?

—No lo esperaba, pero fue excelente noticia, el efecto tan grande de la mitigación. Se redujo 60 por ciento la carga de enfermedad respecto a lo que hubiera sido sin medidas de distanciamiento social. Significa que para los días de mayor transmisión del virus SARS-CoV-2 habrá entre 5 mil y 6 mil personas en terapia intensiva al mismo tiempo, en lugar de entre 14 mil y 16 mil previstas inicialmente. De todas maneras no me quedo tranquilo y mantengo la meta de conseguir más camas de terapia intensiva.

Otra sorpresa fue que en la Ciudad de México, Veracruz, Chihuahua y Baja California habían comprado desde el año pasado algunos ventiladores. Iniciamos la batalla contra la epidemia con un escenario un poco negro a falta de nuevos equipos, pero se logró completar la disponibilidad de 5 mil a escala nacional; no obstante, se mantiene la meta de contar con entre 12 mil y 14 mil respiradores mecánicos para el momento pico de la pandemia. Si al final nos quedamos sobrados de capacidad no pasa nada.

También ha sorprendido la precisión de los modelos matemáticos. El presidente me preguntó varias veces cuándo sería el punto máximo de saturación de los hospitales. Le dije “23 de abril” –que es hoy– y en la Ciudad de México empezó el estrés del sistema sanitario. Vamos a un tercio de la curva y hay nosocomios al borde de la saturación: los institutos nacionales de Enfermedades Respiratorias (INER), de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, y los hospitales Gea González y el General de México.

Hay cupo en los cuatro hospitales de la Secretaría de Salud de la Ciudad de México y en los del IMSS e ISSSTE, cuya ocupación está entre 40 y 50 por ciento. El exceso de la demanda será cubierto por las secretarías de la Defensa y Marina.

¿En la preparación del plan hubo algo desafiante?

—La perturbación del mercado global de insumos y equipos. Hemos hecho circo, maroma y teatro para conseguirlos, México fue el primero que tuvo una técnica de laboratorio desarrollada por el Instituto de Diagnóstico y Referencia Epidemiológicos (Indre) y luego adoptó el validado por la Organización Mundial de la Salud. Íbamos muy bien y de repente se agotaron los equipos para la extracción del RNA del virus. Los conseguimos en la Facultad de Química de la UNAM. Después una empresa empezó a fabricarlos. Otro es el medio de transporte del virus, muy escaso, el cual se consiguió también en la Facultad de Química. Estamos apoyando para aumentar la velocidad de fabricación.

¿Le sirvió la experiencia de la pandemia de influenza A/H1N1? (López-Gatell era en ese entonces director de Epidemiología).

—Muchísimo. Hoy 23 de abril, hace 11 años, empezó la pandemia de influenza en México y las lecciones son varias: la coordinación y comunicación dentro del gobierno. El contraste hoy es impresionante. Tenemos como cualquier grupo social, de gobierno o no, desfases de coordinación y comunicación, pero es mucho mejor que hace una década y tiene que ver con el respaldo del presidente a la técnica y a la ciencia. Eso no lo tuvimos en 2009, y no fue culpa del doctor José Ángel Córdova, quien era el secretario de Salud. Él nos pidió trabajar técnicamente, pero de ahí para arriba, puf, el desorden. El protagonismo venía de todos los actores políticos del sistema federal y gobiernos estatales.

Lo segundo: que hoy no haya corrupción hace una diferencia inmensa. Está documentado que en 2009 hubo presión política para que se compraran pruebas rápidas. Tuvimos la misma discusión que ahora: se hablaba de marcas, supuestas aprobaciones de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés), que la OMS las recomendaba, pero era falso. Ni la Secretaría ni el Indre las recomendaban.

Luego nos enteramos que la presión era porque desde Presidencia ya se habían comprado miles de pruebas. Otro fue el enjambre de empresas que vendían plataformas informáticas. La requeríamos para la vigilancia epidemiológica. Lo que había no servía y, de hecho, en los primeros días de la epidemia el secretario Córdova reconoció que no se sabía lo que pasaba en los estados.

Teníamos la presión de Los Pinos, de las compañías que eran de algún amigo de... o estaban recomendadas por alguien más. En Salud nos resistimos y lo resolvimos con la adopción de la plataforma del ISSSTE, donde se colectaban los datos de las secretarías de Salud estatales y del IMSS, que tiene su propio sistema. Esa solución de servicios web sigue funcionando y nos permite integrar en tiempo real la información de los tres organismos”.

¿Ese sistema continúa?

—Sí, ahora nos ayuda mucho. No resuelve cuando hay indisposición de estados que no quieren informar por alguna razón. Son seis o siete que sistemáticamente se resisten o no cumplen con la notificación en tiempo y forma.

¿Ahora es obligatorio el reporte de la ocupación hospitalaria para tener los datos en tiempo real?

—Sí, por acuerdo de la Secretaría de Salud, avalado por el Consejo de Salubridad General, pero todavía no tenemos el compromiso. Es una plataforma nueva con 11 variables sobre el número de camas, de terapia intensiva, ventiladores, pacientes en piso, egresos y decesos. El secretario de Salud, Jorge Alcocer, ha enviado a las entidades dos oficios solicitando que se suban los datos al sistema, pero no todas las entidades han cumplido.

¿Qué plazo tienen?

—El acuerdo secretarial entró en vigor el pasado martes. Se designaron 733 hospitales covid-19, de los que 580 han informado al menos tres días seguidos. Por eso en los reportes diarios no hemos dado la información sobre la cantidad de enfermos en control ambulatorio, hospitalizados, graves e intubados.

¿La pandemia obligó a cambiar la política y a aceptar la colaboración con el sector privado?

—No hay un prejuicio, pero desde hace más de 15 años, desde que apareció el Seguro Popular, la política era activamente privatizadora. El sistema nacional de salud estaba en manos de especuladores tóxicos y muy corruptos que tenían aliados en el gobierno. Ahora hubo la posibilidad de contar con la participación de hospitales privados, mediante Funsalud, donde hay expertos competentes y con credibilidad con Héctor Valle al frente, para concretar un trabajo que se venía realizando desde el año pasado con el Consejo de Salubridad General.

¿Hay una reconsideración de lo que debe ser la colaboración con el sector privado?

—Sí, para algún momento, con orden, transparencia, claridad y límites. No me arrepiento de señalar a los intermediarios de la distribución de medicamentos. Siete compañías acaparadoras, extorsionadoras. Sigue el proceso de descontaminación de corrupción del sistema y de poner límites a los especuladores.

¿Piensa que ha sido contraproducente que haya información oficial de todo lo relativo a la pandemia con los datos abiertos? ¿Hay más cuestionamientos y críticas?

—Los cuestionamientos no me asustan porque cuando uno tiene la conciencia tranquila y la evidencia en la mano sale bien.

Se señala la falta de concordancia de los datos como el hallazgo de que el primer caso de Covid fue en enero...

            —Ya lo vimos. Son tres casos donde hay una inconsistencia. La plataforma permite identificar cada uno desde su origen. Los tres son del IMSS, ocurrieron en abril, pero el diagnóstico se reporta en enero. Eso es inviable. Fue un error tecnológico del servicio web que, al exportar la base de datos del IMSS a la plataforma central, sufrió esta perturbación. Eso puede pasar. México pasó muchos años de corrupción y una cultura de oscurantismo. Es natural la desconfianza. Ahora el país está construyendo su propia madurez en términos de la exigencia ciudadana.

Eso también lo pone en el centro de la polémica y lo que diga y haga tiene repercusión en el gobierno.

—Me doy cuenta, aunque no soy político y no tengo aspiraciones en ese ámbito, que los políticos hacen su juego en todos los temas.

¿Afecta su trabajo?

—Me distrae porque tengo que dedicar tiempo a las aclaraciones. Puede debilitar, y eso sí es preocupante, la aceptación social de la información como lo que pasó el viernes con la televisora que llamó a no hacerme caso. No me ofende, pero sí me preocupa que no se haga caso a la ciencia en el manejo de una epidemia.

Estar en la esfera política lo coloca en un riesgo continuo, como cuando dijo que el presidente no contagia. (El subsecretario escucha la pregunta, ríe, se sonroja y contesta).

—Mi comentario era técnico y se prestó a que fuera comidilla y pólvora política. Nunca dije que (el presidente) fuera el mesías y que no se pudiera infectar. Dije que tiene fuerza moral, no fuerza de contagio. Técnicamente significa: la fuerza moral es el poder de convocatoria que él tiene. No es fuerza de contagio, pues en un mitin de 100 mil personas, si besara a mil, tal vez contagia a 30, lo mismo que cualquier otra persona que esté en el mismo sitio. Lo dije así y los políticos lo usaron políticamente.

¿Hay prisa política y económica por que la pandemia termine y por eso se adelantó la fase 3?

—Está claro que las medidas de mitigación tienen un beneficio inmenso en salvar vidas que son la prioridad, pero también causan daños. Si pasó en Europa, que son sociedades más equitativas, en México tan desigual, económica y socialmente, el daño es mucho mayor.

Puede ser irreversible.

—Sí, y nos preocupa. Puede exacerbar la polarización económica y tardar mucho más en cumplir la agenda social de este o cualquier otro gobierno con aspiración progresista. Además, está la inseguridad pública que está cimentada en la injusticia social.

En ese sentido hay la prisa. Todos quisiéramos, también desde lo técnico, que se acabaran las medidas (cuarentena) porque están causando daño económico y el presidente nos dice: “no se les olvide lo otro (lo económico). Ustedes se encargan de la salud, pero lo otro está presente”. Y no hubo adelanto. Desde el jueves pasado se observó que, por la intensidad de transmisión, técnicamente la Ciudad de México ya estaba en fase 3 desde 10 días antes. Tijuana llevaba cuatro días en fase 3.

¿Viene lo peor de la pandemia?

—Lo que dijo la OMS, no es dedicatoria para México. Todos los países que estamos entrando a fase 3, nos esperan varios días de incrementos de casos, graves y muertes. Comunicar esto es un reto porque estamos acostumbrados a que el gobierno nos diga que no pasa nada, que todo está bien.

¿Pero hay esperanza?

—Sí. El primer brote se va a terminar en agosto si y sólo si se cumplen las medidas, y sabemos que puede rebrotar en otoño o invierno, como pasó hace 11 años con la influenza. También sabemos que mientras haya covid en el resto del mundo puede regresar y hasta que no haya una vacuna, o alcancemos un grado suficiente de inmunidad de rebaño, no tendremos un control completo.

¿Llegarán pronto el tratamiento y la vacuna?

—En eso no soy tan optimista, por los tiempos. Ojalá el tratamiento sí, pero para lograr una vacuna no hay publicaciones científicas que muestren un prototipo, aunque sea de estudios en laboratorio, suficientemente confiable. Sin ser pesimista, con el VIH llevamos 37 años esperando la vacuna y no llega.

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