La casa de las golondrinas, novela inédita

Ricardo Bravo Anguiano
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Es una novela biográfica y autobiográfica. Una saga familiar escrita en tercera persona del singular, de género motivacional, en la que el narrador conduce al lector a lugares y costumbres rurales de tiempos pasados: actitudes de la gente, circunstancias de ignorancia, humillación y pobreza, sentimientos de coraje e impotencia y, estímulos para superarse, imaginación, aventura e intimidad, que lo mantendrá atento a la expectativa de lo que sigue de la historia. Es una ficción testimonial que se apoya en elementos verídicos, con los que se creó una realidad literaria verosímil. Una narración de lo vivido y lo soñado. Es la historia universal de una familia cualquiera. De una familia que con esfuerzo logró salir de su pueblo de origen en Michoacán y conquistar el éxito en la Ciudad de México. La educación pública fue el arma que usaron para aniquilar la ignorancia y la pobreza. La unión familiar es su bandera. La novela está dedicada a la gente del campo; a los que salieron y a los que no saben cómo hacerlo. A los de la ciudad; que desconocen lo que se sufre en el campo para poder subsistir, así como los problemas y riesgos a que se enfrentan en la ciudad los que salieron del pueblo. A los que no saben a lo que se expone un estudiante mexicano en el extranjero. Y, a los que desconocen el compromiso social que tienen con los que siguen atrapados en la ignorancia y en la pobreza, tanto en el campo como en la ciudad.

La historia inicia en el año 2013, cuando uno de los personajes, Rigoberto realiza una visita, de la Ciudad de México a Michoacán para saludar a la mamá Lupita, quien el año anterior se había quedado viuda. Como hijo mayor de ocho, al recorrer la casa junto con ella y recordar los años felices que vivieron todos juntos, lo motivó a investigar y escribir la historia de Agustín, el fallecido. Sin embargo, al indagar aquella vida se dio cuenta de que, el impulsor inicial de la familia no había sido el papá sino la mamá, por lo que cambió el personaje principal de la novela.

El narrador describe la forma como los papás se conocieron a finales de los años cuarenta del siglo XX, siendo originarios de dos pueblitos del municipio de Zamora; así como los problemas que enfrentaron en su noviazgo hasta que finalmente lograron casarse, sin que los papás de él aceptaran a la novia de su hijo. Vivieron en el rancho natal de él, Atecucario (en purépecha: hormiguero o lugar de hormigas). Con esfuerzo construyeron una casita sencilla de adobe y teja, misma que fue escogida por una pareja de golondrinas, donde construyeron sus nidos. Las aves fueron acogidas como parte de la familia Bracamontes-Angulo. Ellas le dieron en agradecimiento, un buen ejemplo de vida. Llegaría el momento en que los hijos, cuando crecieron, jóvenes y con fuerza emprenderían felices el vuelo hacia su vida independiente dejando el nido, igual que lo hicieron las golondrinas.

Estaba sellado por el destino que el futuro de los hijos de esa familia sería la limitada vida rural. La parcela flaca, de ejido de temporal del papá, no le permitía alimentar adecuadamente a la numerosa familia, por lo que se aventuraba con sus amigos cada año, o año y medio como bracero al vecino país del norte, dejando a la esposa e hijos pequeños al cuidado de sus papás, aun cuando ellos y las hijas nunca quisieron a Lupita como nuera y cuñada. Fueron momentos dramáticos los que vivió esa mujer, cuando en ausencia del esposo, por falta de recursos económicos y de medicamentos en la localidad, murieron a temprana edad tres de los once hijos que tuvo aquella humilde familia.

El papá enseñó a los hijos-varones a cultivar la tierra y a vivir de ella. “Los olvidados del campo” mantuvieron viva la ilusión, de que sus condiciones de vida mejorarían en el futuro; por lo que, nunca perdieron la confianza en ellos mismos. Como monaguillos en la capilla, los hermanos mayores buscaron explicaciones celestiales a la vida natural y social en que vivían. Años después –mediante la educación–, encontrarían en la iglesia y en el gobierno las respuestas a sus preguntas. Hay quienes dicen, que el destino de esa familia ya estaba trazado desde el principio de sus vidas, por un Plan Maestro que ellos desconocían; sólo que tenían que sufrir para poder entenderlo.

Debido a que Lupita de soltera vivió con unos familiares en la ciudad de Puebla, apoyándolos en las actividades domésticas de la casa, se dio cuenta de que había un “mundo urbano”, el que, con esfuerzo se podía alcanzar. Por eso, ella motivó siempre a sus hijos para que fueran a la escuela y se alejaran del trabajo rudo y mal pagado del campo. Al terminar cada etapa de la vida de aquella familia –salir del rancho y llegar a la ciudad de Zamora; y, luego de ahí volar como las golondrinas a la capital del país–, se le cerraba el mundo para que los hijos siguieran estudiando; y, en cada uno de esos momentos, como algo celestial –decía Lupita–, se abría una puerta para poder continuar por el camino que se habían trazado.

Al inicio de los años sesenta, Rigoberto visitó la Ciudad de México y se enamoró de ella. A partir de entonces, la mamá y el hijo –como cómplices–, impulsaron la salida de la familia del rancho para vivir en la ciudad de Zamora, en 1968. De esa manera, retaron a su destino rural y lo vencieron, con lo que demostraron que “origen no es destino”.

Cuando los hijos mayores crecieron, se repartieron –junto con sus papás–, la carga de la responsabilidad para sacar adelante –con su trabajo–, a toda la familia. La mamá Lupita entregó a Rigoberto la antorcha de luz imaginaria para que, como hijo mayor guiara a sus siete hermanos por el nuevo camino que emprendía, al estudiar la carrera de Economía en la UNAM. A partir de ese suceso, Rigoberto se convirtió en el personaje principal de la novela, pues la mamá había cumplido su misión de sacar a la familia de aquel rancho.

Los hermanos mayores, Rigoberto, Ruperto y Rodrigo, crearon una “Regla de oro, secreta y no escrita”: el mayor ayudaría al segundo a salir del lecho familiar en Zamora –traerlo al entonces Distrito Federal, orientarlo para que estudiara y encontrara un trabajo que le permitiera desarrollarse–; y, éste al tercero; y, así sucesivamente. Al vivir lejos del alcance de los papás, esos jóvenes crearon un “Sistema de autocontrol interno” para, en diálogo abierto ventilar los problemas familiares y entre ellos mismos encontrarles solución.

Rigoberto fue seleccionado como uno de los mejores estudiantes de su carrera cuando terminó los estudios en el año 1978; por lo que, como premio –junto con estudiantes de todo el país–, obtuvo una beca para estudiar maestría en Planeación Urbana y Regional en Boulder, Colorado, en USA. Luego, obtuvo del gobierno federal estadunidense una beca para estudiar una especialidad en financiamiento de proyectos urbanos en la Universidad del Sur de California en Los Ángeles. Soñaba con aplicar en su pueblo de origen, lo que aprendía en el extranjero. “Cuando estés en la cima, no te olvides de los que se quedaron abajo” –le decía su conciencia–. Tuvo la oportunidad de compartir con sus alumnos en la UNAM, por treinta años, lo que aprendió en las aulas y en el trabajo, en el extranjero y en el país. Cumplió su compromiso de “hermano mayor”, cuando cada uno de sus siete hermanos cursó una carrera universitaria. De niños fueron más que hermanos, ahora de adultos, siguen siendo grandes amigos. Cuando Rigoberto encontró a su pareja –Maricela–, juntos construyeron su nido, donde formaron su nueva familia, como las golondrinas del rancho.

El sueño de Rigoberto se hizo realidad cuando, con sus hermanos y amigos de Atecucario formaron un grupo de profesionistas –liderados por él–, que gestionó la construcción del sistema de agua potable, la instalación de teléfonos públicos y la construcción de una pequeña clínica rural. La muerte de tres seres queridos lo motivó a investigar el significado de la vida, de donde aprendió que: en el viaje de la vida, lo importante no es llegar, sino disfrutar el viaje. Hoy sabe, además, que: la vida no es recordar el pasado con nostalgia, ni esperar el futuro con ansiedad; sino, vivir el presente con intensidad como si hoy fuera el último de su vida.