Pemex y los embates de las extorsionadoras de riesgo

 

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos

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Con más razón que sin ella y de un tiempo a la fecha, las llamadas “agencias calificadoras de riesgo”, especialmente las firmas Moody´s Investors Service, Standard & Poors y Fitch Rating, están en el centro de la crítica, con cuestionamientos duros, muy graves, respecto de su desempeño, sobre todo por el papel que protagonizaron en las crisis (estafas) financieras de al menos las últimas dos décadas, y por los conflictos de interés que guardan en sus “notas”.

 

El más reciente “papelón” y que mantiene todavía postrado al mundo fue cuando otorgaron calificaciones aprobatorias a la firma Lehman Brothers Holdings Inc., mientras estallaba la burbuja especulativa de las hipotecas Subprime en Estados Unidos, en el año del 2008.

 

Luego, su actuación en Grecia, Portugal, España y hasta en Alemania ha sido duramente criticada, al grado que los europeos están promoviendo la creación de entes de análisis financieros patrocinados por ellos, antes que continuar tolerando a las citadas firmas financieras estadunidenses y británicas.

 

Porque sólo en teoría se considera que esa agencias son “sociedades anónimas constituidas con el objetivo exclusivo de calificar valores mobiliarios y otros riesgos (bonos soberanos, empresas, etcétera)”, según la definición más difundida, y su labor está enfocada, presuntamente, a facilitar la toma de decisiones por parte de los inversores.

 

Sin embargo, su papel cambió ante un hecho evidente: los “inversores”, que antes era sus “clientes”, ahora son sus patrones. Como accionistas, detrás de las agencias están especuladores como Warren Buffet a la cabeza, además Larry Fink, de BlackRock (con participación en los bonos con tufo a “fobaprazo aéreo” con el fallido Nuevo Aeropuerto Internacional de México en Texcoco), además de firmas como JP Morgan, City Bank y otros dedicados a la economía neoliberal, es decir, a la devastación de las haciendas públicas y el saqueo permanente pasado por “libre mercado”.

 

Ello, sin excluir a Goldman Sachs, legendaria firma fraudulenta que hizo de las suyas en el “crac” de 1929 y de las que, con ironía, Marx (Groucho) narró cómo se convirtió en una de las víctimas “por los saltos de canguro” que, le prometieron, iban a dar los instrumentos de la financiera, pero nunca le dijeron que iban a ser hacia atrás.

 

En otras palabras, esa agencias están bajo los dictados de Wall Street y la City de Londres, también al servicio del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), entre otros grupos de banqueros y financieros especializados en “fondos de inversión de alto riesgo”, por no decir especulativos y fraudulentos, así como del “lucro a cualquier costo”.

 

Con esas “calificadoras” tiene que habérselas actualmente el gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador en relación con las “notas” sobre las inversiones que se proyectan para rescatar al perpetuamente saqueado Petróleos Mexicanos.

 

Al respecto, recientemente se difundió otro embate: “La estrategia anunciada la semana pasada por el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador para apoyar a Petróleos Mexicanos (Pemex) es insuficiente para atender las necesidades de financiamiento de la empresa y, al mismo tiempo, representa un ‘riesgo’ con ‘implicación negativa’ para la calificación de la deuda soberana de México, actualmente en grado de inversión”, advirtió Moody’s Investors Service.

 

“Pemex tiene necesidad de financiar este año deuda por 14 mil millones de dólares y el paquete de apoyo anunciado por el gobierno federal la semana pasada sólo incluye 200 millones de recursos frescos, aseguró Moody’s”, se dijo sobre el paquete de 5 mil millones de dólares anunciada por el gobierno federal.

 

“El anuncio es negativo para el gobierno. No sólo el alivio fiscal adicional para Pemex afectará los ingresos del gobierno, sino que, en general, si la confianza del mercado no mejora, la petrolera requerirá un respaldo soberano adicional en 2020 y más allá, erosionando las finanzas del gobierno”, publicó la “calificadora”.

 

Traducción con penetrante olor a azufre (o a extorsión): si el gobierno “rescata” a Pemex, nos les vamos a prestar ni un centavo (el inicio del ciclo conocido: que se hunda Petróleos Mexicanos para luego intentar comprarlo a precio de tianguis, como ha sucedido con toda la riqueza nacional).

 

Ante esto sólo cabe decir que no en balde en otros países han calificado a las agencias como “extorsionadoras de riesgo” (Costa Rica, por ejemplo), mientras que en el nuestro se les ha llamado “hipócritas” por el doble rasero de sus notas pues, como ejemplo, Estados Unidos presenta niveles de deuda superior al 100 por ciento de su producto interno bruto (PIB), pero sus calificaciones son superiores a las del nuestro (el pasivo es de 50 por ciento respecto del PIB, pero ciertamente es elevado).

 

Avaladas por la legislación estadunidense, esas calificadoras sin embargo no han abandonado su registro como “agencias periodísticas”, es decir, su labor es supuestamente informativa aunque, como está visto, responde a intereses y juegan los juegos que les dictan sus dueños. Son juez y parte.

 

“Demos a un hombre todo lo que desee y en ese mismo momento sentirá que este todo no es todo”, llegó a decir Kant sobre las voluntades decepcionadas.

 

Las últimas décadas son pruebas de esa depredación insatisfecha. Eso es lo que remarcan las notas de las “calificadoras”, no tanto por la opinión sustentada por cuestionados métodos de la firma (básicos, por lo demás) sino por quienes están a la sombra de ellas (y todavía hay quienes defienden “controles con autonomía”, antes que reales).

 

 

 

Del Monstruo de Malmesbury al de Macuspana

 

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos

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Escrito en 1926, el  ensayo titulado “El final del Laissez-Faire”, con John Maynard Keynes como autor, demostró el carácter nada científico pero si cuasi profético de los teólogos de la economía convertidos en malos exorcistas:

 

Primero, fue el anticipo de los grandes timos que culminaron con el crac de 1929, una original recensión del origen divino mezclado con “impulsos sentimentales” que otorgaron los fundamentos al individualismo depredador y despiadado, fermento para el posterior entronizamiento de evangelios peores y sus enfebrecidos promotores, con Hitler y Stalin a la cabeza.

 

El texto es un largo desfile de predicadores que se encargaron de limpiar el camino para coronar sus iniciativas de corte darwiniano, ahí donde sobrevive el más fuerte y el más apto. Gobiernos corruptos y sobradamente incompetentes se encargaron de aportar su gran parte.

 

Segundo: está probado que no hay peor enemigo que un cadáver rebelde, porque suele revivir y presentarse como el último grito de la ciencia y de la filosofía y la política; retorna envuelto en extraños giros y rebuscados neologismos (de Laissez Faire pasó a neoliberalismo, por ejemplo) y todas las catedrales, salvo esa, son reducidas a capillas.

 

Tercero, que siempre será una mala idea tratar de proscribir ideas o doctrinas  a punta de “desapariciones forzadas” (ya en los textos, ya en las aulas, al modo silvestre de Paco Ignacio Taibo II al frente del Fondo de Cultura Económica contra el neoliberalismo), como si las mismas no contaran con infelices adeptos, así sea en cantidad mínima y a pesar de su funesta esencia (el nazismo, el estalinismo y otros “ismos”, incluyendo el socialismo chino que tanto gusta a los campeones de la libertad comercial e individual).

 

De esto puede dar cuenta en forma cumplida el doctor Francis Fukuyama, quien primero festinó “El fin de la historia” con la caída del Muro de Berlín, signo del totalitarismo, y luego, por esos recules que dan material a pasto a las investigaciones en torno de los “profetas al revés”, llamados historiadores, demandó fortalecer al “Estado”, entendido como gobierno y sociedad.

 

Actualmente y luego del ascenso de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) a la Presidencia de la República, estamos presenciando una histérica escaramuza donde los epígonos de la desentronizada doctrina del “Laissez Faire”, mutada en “libre mercado”, ven en el nativo de Macuspana a la reencarnación teórico-práctica del “Monstruo de Malmesbury”, considerado, malamente, el padre de los totalitarismos (Thomas Hobbes).

 

Al frente, primero, la ausencia de autocrítica de los teólogos neoliberales para asumir las consecuencias devastadoras de su credo tras haber desmantelado cualquier indicio de gobierno, además de encubrir el saqueo y el despojo de la riqueza nacional bajo enunciados místicos antes que científicos.

 

Luego, la ausencia del debate respecto de qué tanto gobierno y qué tanto mercado son necesarios para armonizar la convivencia y el desarrollo, buscando superar fundamentalismos.

 

En esto, antes que excluir a neoliberales o a estatólatras (conservadores ambos, y de la peor especie), es necesario su concurso para pasar de los sermones religiosos, sus ficciones y paraísos celestiales, a los hechos duros y a la síntesis.

 

Porque si se atiende a la actual situación, con una oligarquía económica y una sociedad hedonistas propensas más al reclamo de derechos y placeres antes que a los deberes, así como el surgimiento de “poderes fácticos” (criminales, económicos y políticos, con sus entes sumisamente autónomos), cualquier voluntad descerebrada puede invocar la necesidad de “un gobierno fuerte y estable” que, en el fondo, es lo que parecen estar reclamando los neoliberales (ese el riesgo de pedirle tanto al diablo).

 

De otro, se reclama “más democracia” y su libre mercado, como si éste no se hubiera constituido en una fuerza tiránica que condena por igual a la sociedad y al individuo a ser mera legitimadora de fachadas, antes que promover beneficios y controles para evitar que se desborden los apetitos de poder, inherentes al ser humano.

 

Contrario a James Joyce, muchos no podremos cambiar de país, pero es preciso cambiar de sermón y de “monstruos”.