Artefacto

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

Entre los artefactos que enturbian la vida pública de nuestro país, ninguno tan pernicioso como el cuento de una eventual renuncia del presidente López Obrador que significativamente puso en boga él mismo cuando se comprometió a someterse a consultar la revocación de su mandato a la mitad del sexenio. Y entonces el fantasma de la deserción o del chantaje, o para decirlo con propiedad, de la deserción como chantaje, recorrió México. Porque a nadie con sentido común o responsabilidad ciudadana se le puede ocurrir que el descabezamiento del régimen constitucional puede solucionar una circunstancia que para ser salvada reclama el cabal cumplimiento del compromiso democrático de quien obtuvo la mayoría de los  votos. Desde que en el Congreso fue derrotada la maniobra que pretendía que el plebiscito revocatorio fuera simultáneo a la elección de los diputados federales en la mitad del sexenio –lo que hubiera desnaturalizado por completo esos comicios--, la contienda política cobró sentido con referentes principales: la seguridad, la salud, el crecimiento económico, la defensa de la democracia, el ejercicio de la soberanía. Pero luego de un incidente baladí en un acto público y en una falsa discusión sobre su popularidad, el Presidente declaró que si en el índice respectivo sufriera una disminución notoria, él podría renunciar. Y que a pesar de los epidemiólogos se negaba a suspender sus prédicas matutinas porque si no fuera por esa práctica sus adversarios ya lo habrían tumbado. Sacudido por la insurgencia femenil, AMLO confesó sus adicciones y temores. Hay que recordarle que una cosa es el estado de opinión y otra muy diferente, y a menudo opuesta, es el Estado de derecho. Que no se vaya a rajar y que se cuide de Romo y su contlapache Álvaro Uribe.

 

 

La invitación

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

La CTM invitó al presidente López Obrador a conmemorar el 86 aniversario de su fundación. El 24 de febrero de 1936 es una fecha clave en nuestra historia contemporánea. Ese día, la inmensa mayoría de los trabajadores agrupados en sindicatos se unificaron para ejercer sus derechos sociales contenidos en la Constitución, participar como una fuerza decisiva en la vida pública y abrir el camino del progreso social. Eran tiempos de grandes cambios revolucionarios que el presidente Lázaro Cárdenas supo planear, organizar y conducir, lo que AMLO reconoció con una insinuación autocrítica. Nunca había visto a Andrés Manuel tan conmovido como ese cálido mediodía de febrero a la vera del sepulcro del General Presidente de América (como lo llamó Neruda). Miles de trabajadores escucharon con respeto los compromisos presidenciales sobre salud, vivienda y pensiones, y su legítimo orgullo por haber auspiciado el acuerdo obrero patronal que incrementó los salarios mínimos. Don Carlos Aceves logró sus objetivos: que el presidente sepa qué es la CTM y que a pesar de las diferencias políticas, lo que nos une es mucho más que lo que nos separa. Días después un extraño enemigo profanó el suelo de la Patria cuando, en el Museo Nacional de las Culturas del Mundo, un grupo de expertos conversaba sobre  el Covid-19. Ma Zhen de la embajada china, Ponce de León (UNAM), Loza (UAM) y Hersch (INAH) convocados por Gloria Artís directora del Museo y Prieto, director del INAH, advertían: sin los recursos técnicos ni financieros de China, México deberá desplegar sus activos sociales para informar a la población y movilizarla (o inmovilizarla, si fuera el caso), lo que será imposible si no se desactiva la animosidad política. Qué tal si el gobierno y sus adversarios prueban la fórmula de la CTM.

 

 

La carta

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

¿Es la anomia signo de nuestro tiempo? Los extravíos por donde transcurre la vida pública que día a día pierde referencias cardinales, nos están llevando a toparnos con el fantasma de la disolución social que recorre México y casi todo el mundo. Anomia que permite a los poderes adictos a la explotación y el abuso, abolir realidades objetivas y su lugar lo usurpen obsesiones y delirios que desvían, cuando no impiden, las luchas emancipadoras e inducen alienaciones que enmascaran la opresión y falsifican las causas. Los pasamontañas han dejado atrás la moda y se han convertido en tatuajes que no sólo ocultan rostros, sino borran identidades y achican mentes. La confusión que todo lo trastoca, se reproduce y reinicia, y a cada vuelta de tuerca agranda el círculo vicioso y recrudece sus consecuencias. Para combatirla es inútil la piedra filosofal de los dogmas inmutables; hay que acudir, entonces, a la rosa de los vientos que nos permita buscar el rumbo perdido. No el camino cierto porque el poeta descubrió que en el mar de la existencia no hay caminos sino estelas. Pero sí hay manera de definir el rumbo. Para eso sirven las cartas de navegación y México cuenta con la mejor: la Constitución. Por sus normas, su filosofía, sus principios y valores, su historia y su economía política. Su saldo centenario: el Estado cuyos atributos lo definen soberano, democrático, federal, laico, social, para garantizar la integridad de la nación, propugnar la convivencia pacífica, impulsar el progreso con un horizonte de justicia social y comprometernos en la lucha por la autodeterminación de los pueblos, la no intervención y la paz como bien supremo de la humanidad. Este es el credo de La nave que zarpó hace casi diez años con la decisión de sumar su palabra y pensamiento a la procuración y defensa de la idea nacional.