Neoliberalismo y feminicidios: La
“anatomía” de una dupla tenebrosa

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

Si como sugieren los viejos sociólogos, la anatomía de la sociedad hay que buscarla en la economía política, en relación con la violencia contra las mujeres y, en particular, sobre el fenómeno de los feminicidios, el presidente Andrés Manuel López Obrador acusó de manera concluyente al neoliberalismo como la causa principal. En efecto, se necesitaría ser un macho-caradura-neoliberal para negar que la aportación del tal credo económico ha sido fundamental, pero hay que decir que no es el único hontanar. También, que esos asesinatos de odio no son más que una parte de su devastadora contribución.

 

Frente a los recientes acontecimientos, con menores como víctimas, los promotores de la economía sin moral (por eso su tono despectivo cuando se habla de moral) han tratado de escurrir el bulto mediante “análisis” atascados de lugares comunes, repugnancia violenta contra sus adversarios disfrazada con pretendidas cuchufletas y un bestial desconocimiento, todo sea por no reconocer su tiradero asesino e intentar responsabilizar a otros de culpas propias.

 

Porque el feminicidio no es lo único que se debe “agradecer” al neoliberalismo y sus promotores. No. Está toda la violencia desatada a lo largo y ancho del país, un permanente Rosario de Amozoc y una enorme fosa clandestina, esto desde la inventada e improvisada guerra contra las drogas en el año 2006. Esto ha sido lo peor.

 

Pero también los aficionados a la “física social” pueden mencionar los “trofeos” de timos eternos como el Fobaproa, la venta de garaje de bienes nacionales mediante “privatizaciones” y, principalmente, la generación de la grosera pobreza y desigualdad de millones de mexicanos de la que siempre se han mostrado satisfechos los partidarios del “Ogro Salvaje”.

 

Los integrantes del “1 por ciento” (los que se agandallaron la riqueza nacional a punta de compadrazgos) pueden intentar camuflarse con etiquetas “socialmente responsables”, humanistas-filantrocapitalistas y hasta festejar o condenar la apertura y cierre de comedores populares (migajas neoliberales para tratar de paliar la miseria del 99 por ciento restante). Pero no podrán ocultar la estela de miseria social y sus consecuencias, como los más de 56 millones de pobres y, en el caso que nos ocupa, la violencia sanguinaria derivada del neoliberalismo (feminicidios, ejecuciones, desapariciones, etcétera).

 

No como graciosa dispensa hacia esa doctrina “amoral”, justo es referir que varios estudios sobre el fenómeno del “feminicidio” (término acuñado por la doctora en sicología social, la sudafricana Diana Russell, en 1976, en Bruselas, durante el foro denominado Tribunal Internacional de Crímenes contra las Mujeres), van más allá de lo estrictamente económico, incluso del odio como resorte principal (del “asesinato perpetrado contra una mujer por el simple hecho de serlo”).

 

El feminicidio, aseguran las investigaciones, es “consecuencia de un orden de dominación patriarcal”, es decir, el uso de la violencia “como recurso de control y dominio masculino”, “estrechamente ligado a la lucha por el reconocimiento de las mujeres como sujetos de derechos”.

 

En otras palabras, se trata de un problema cultural de proporciones insospechadas, con un forcejeo social sangriento derivado del individualismo a ultranza y una feroz competencia (egoísta y narcisista) que ni leyes contra la violencia ni normas de “paridad de género” han podido atenuar ni revertir porque, al decir de los estudiosos, los feminicidios son un “dispositivo de poder masculino para restablecer o mantener, simultáneamente tanto en lo individual como en lo colectivo, las posiciones de dominio varonil” (para decirlo en forma esponjosa: un país de “macho-bestias” con una marcada escasez de progenitora, empatía y solidaridad, pues).

 

Pero los investigadores no eluden el contexto social ni las condiciones de precariedad laboral o de pobreza de las víctimas; antes bien, las resaltan de manera importante en sus trabajos.

 

A manera de guisa, ese es el caso de un estudio del año 2010 sobre el feminicidio en el estado de México (cuando el gobierno estatal, encabezado por Enrique Peña Nieto, se negaba a reconocerlo como delito). Se titula “Contextos socioculturales de los feminicidios en el estado de México: nueva subjetividad femenina” (de Nelson Arteaga Botello y Jimena Valdés Figueroa, artículo ganador del primer lugar del Premio Iberoamericano en Ciencias Sociales), donde se hace mención del entorno social (derivado de las condiciones económicas), identificando incluso el fenómeno por clases sociales.

 

“… En las “clases medias” y “altas” hay menos asesinatos de mujeres no porque se inhiban valores considerados como machistas, sino porque en estos sectores las relaciones hombre-mujer están mediadas por otro tipo de densidades sociales, y los valores que ponderan la fuerza masculina se ejercen de forma diferente. En este sentido, la violencia contra las mujeres atraviesa los distintos sectores y clases sociales, pero en algunos casos, al parecer, el feminicidio no es una opción, mientras que en otros casos sí lo es”, se afirma en el documento.

 

“Inicialmente, la violencia contra las mujeres y los feminicidios se entienden como la articulación de tres procesos de recomposición. El primero se encuentra anclado al fenómeno de depauperación de las condiciones de vida (en particular de los espacios urbanos) que ha propiciado la expansión de una economía femenina de supervivencia… caracterizada por la precariedad de los salarios y la casi nula existencia de protecciones sociales”, se destaca en otro lado.

 

No por casualidad la economía va al frente de los procesos, y aquí cabe preguntar: ¿a qué se dedicaban las víctimas? Según el estudio, la mayor parte “se encontraba inserta en la economía informal, desempeñándose como meseras, empleadas domésticas, cocineras en pequeños establecimientos o empleadas en tiendas de autoservicio. Otras más eran amas de casa, labor que intercalaban con actividades en el pequeño comercio establecido o en el comercio informal; en otros casos, aunque eran las menos, se desempeñaban como obreras; el resto laboraba como edecán a tiempo parcial, trabajadora del sexo comercial, así como empleada en bares y cantinas”.

 

Ante esto sólo se puede decir que si los empleos precarios con salarios miserables, sin seguridad social y en condiciones laborales desfavorables no son producto de los cánones neoliberales, hay que creer entonces en la existencia del capitalista Santa Claus y su espíritu filantrópico, además de las bondades del outsourcing.

 

Hay más: la investigadora María Salguero, ingeniera geofísica, creadora del Mapa de Feminicidios en México, en una entrevista reciente sostuvo que “los datos que se muestran en este mapa no sirven de nada sin el contexto de desigualdad en el que se vive”… (El País, 18-II-18).

 

Frente a la tenebrosa dupla “Ogro Salvaje”-“Ogro-Macho-Bestia” (un pleonasmo de amoralidad y ausencia de ascendencia materna) es obligado exigir a las autoridades que no haya impunidad en ningún caso, que se castigue a feminicidas, asesinos y a todos los delincuentes. Los efectos deben combatirse sin vacilación, pero también, y con mayor énfasis, las causas.

 

Por último, los feligreses neoliberales deberían recordar que uno de los suyos, el expresidente Miguel de la Madrid Hurtado, propuso “La renovación moral de la sociedad” porque “una sociedad que tolera, que permite la generalización de conductas inmorales o corruptas, es una sociedad que se debilita, es una sociedad que decae”.

 

No es un asunto de santones desmañados o de curas retrógrados (tampoco de feministas mendaces, de pose y protocolo), a menos que se crea, como el viejo cacique Gonzalo N. Santos: “La moral es un pinche árbol que da moras”.