La ciencia al rescate en carrera contra el tiempo

Teresa Gil / Libros de ayer y hoy
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No hay mal que por bien no venga y uno de esos bienes y extraordinario, es la apertura mundial de los científicos a compartir sus investigaciones sobre el coronavirus y ampliar quizá en el futuro una colaboración permanente sobre los aportes que pueden servir a la humanidad. Muchos países tienen a su gente trabajando en carrera contra el tiempo para buscar la vacuna, el antídoto contra el sorpresivo virus que aqueja al mundo. Hasta los más medianos en ese campo –en México se mueve la preocupación–, buscan aportar algo y lo vimos en  los primeros días en los que el virus se había instalado, a países como Colombia avisando que ya podía detectar el ataque y en altos vuelos, a los científicos cubanos famosos en el mundo por el avance de su ciencia y sus aportes, generando ya un aporte que los chinos aplican en  forma concomitante a sus propios descubrimientos. Valen los adelantos publicados del Instituto Nacional Magal en Israel en medio de un entorno dividido pero que la ciencia puede unificar en este momento. Los avances de su vacuna son prometedores y surgen de los resultados aviares que se aplicaron desde hace dos años. Hay más adelanto, pues, que en otros países. En caso similar se informa que los investigadores de la universidad de Texas en colaboración con los institutos nacionales del país, han aislado una parte del mapa del virus en la proteína S y publicado sus avances en la revista Sciencie. Los expertos de esta universidad han trabajado desde tiempo atrás en investigaciones sobre virus. Otro caso es el de los virólogos del Instituto Nacional de Enfermedades Infecciosas Lázaro Spallanzani, en Italia, que han logrado aislar al virus, lanzar diversas teorías sobre la renovación de éste, de persona en persona y advertir sobre el adelanto en una vacuna.

El sistema económico ha separado a los científicos y creado controles

Esos que se burlan cuando se menciona al neoliberalismo como causante de muchos males y problemas, deberían analizar el problema de la ciencia. A ésta la solemos detectar en los premios Nobel cuando se anuncia el premio por un descubrimiento o un avance importante, pero poco sabemos de la aplicación de esos avances como no sea en  forma de caros medicamentos, en fórmulas médicas que tardan en llegar a los pobres de un país por cancelación de marcas que en su nueva presentación de patente, son más efectivas y también más caras. La ciencia, por desgracia –y con notables excepciones–, ha estado al servicio de las transnacionales, de los grandes laboratorios que controlan  el saber y lo hemos visto en México en el desbarajuste de los medicamentos, en cuyo origen no está otra cosa que la arrebatiña económica del conocimiento que puede salvar vidas. Casos como esta pandemia que convulsiona a los países, dan la oportunidad de ceder los intereses económicos y el secretismo de laboratorio, a la solidaridad, a los aportes generosos y a una comunidad científica mundial, que sea eso, una sola.

Lewis Thomas, científico y humanista y su fe en la ciencia y el arte

Dentro de esas naturalezas cuya inquietud lo convirtió en muchas cosas, además de científico, Lewis Thomas tuvo como premisa confiar en el ser humano que se deja llevar por sus dudas e ignorancia y busca las soluciones. Ante la movilización inusitada de los aparatos científicos en el mundo en este momento, las tesis alentadoras de este médico, poeta, etnólogo, ensayista, educador y asesor de políticas de investigación en Estados Unidos, apoyarían la inmediatez y cooperación en lograr resultados. El Fondo de Cultura Económica publicó en 1984 su colección de ensayos La medusa y el caracol reunidos en 1979, en donde aborda desde diferentes campos temas sobre la complejidad de la ciencia y las críticas que se alzan a menudo en tormo a ella. Usa en su ensayo Los azares de la ciencia, la palabra Hubris como pernicioso despectivo que han aplicado a los científicos por su arrogancia, petulancia, orgullo y exceso de confianza en sí mismos.  Y porque según un sector de críticos, han querido ponerse al  nivel de los dioses en el uso de cierto descubrimientos. Pero él se alza con su negativa de ocultar conocimientos, de dejar  lugares vacíos por órdenes superiores de políticos y de caer en la inercia de dejar hacer, porque eso no es importante en este momento. Hay que oponerse a los dogmas científicos y  seguir adelante en busca de la verdad, asegura y partir de que una de las más grandes verdades descubiertas en el siglo XX, es que ignoramos profundamente la naturaleza. Nacido en Flushing, Nueva York en 1913, Thomas murió en 1993 en Manhattan. Egresado de varias universidades entre ellas las de Harvard, Nueva York y Princeton, ganó premios literarios y periodísticos, entre estos el Pulitzer y actualmente la Universidad de Rockefeller otorga el premio Lewis Thomas a los científicos con inclinaciones artísticas. Aunque se han señalado  casos de laboratorios que podrían haber utilizado conocimientos científicos con fines políticos e ideológicos, reproducimos un párrafo de su ensayo mencionado arriba, donde expresa su fe y confianza en la ciencia:

            “En una u otra época, los investigadores se han  ocupado de agentes tan peligrosos como los de la rabia, la psitacosis, la peste y el tifo, en laboratorios seguros con solo raros casos de autoinfección de los investigadores y sin ningún caso de epidemia. Hace falta mucha imaginación para postular la creación de agentes patógenos nuevos, tan salvajes y voraces como para escapar de laboratorios igualmente seguros y al diseminarse poner en peligro la vida humana en gran escala, según sostienen ahora algunos de  los opositores.”

 

 

Censo: Preguntar para saber y que ese saber sirva

Teresa Gil / Libros de ayer y hoy
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¿Sirven los censos? Y la pregunta no es acerca del bagaje que arrojan, que desde luego es importante, sino al impacto que ese bagaje le produce a un  país. Los datos que arrojó, por ejemplo, el censo de 2010, cuando gobernaba Felipe Calderón, ¿impactaron a favor de la economía, la salud, la educación? Por los informes que se tienen de ese gobierno y el de Enrique Peña Nieto  que le siguió con el aporte de esos datos, está claro que no y tampoco lo fueron en mayor o menor medida, los censos anteriores si exhibimos un país como el actual, endeudado, con un  pasivo terrible de 70 millones de pobres y con carencias a todos los niveles, arrastradas por décadas ¿Eso descalifica los censos?, desde luego que no, son mecanismos fundamentales de conocimientos que exhiben la radiografía de una nación, con su gente, su hábitat, sus formas de vida, los entornos que los acogen y su crecimiento o disminución. El problema reside en el tipo de gobierno que aplica los datos obtenidos. El tipo de censo, además, determina el conocimiento y también el lugar donde se aplica. Ha habido en el país centenares de censos, municipales, estatales, particulares incluso, a través de encuestas. Pero los que han trascendido por su cobertura, han sido los nacionales, como se espera que lo sea, el Censo de Población y Vivienda 2020 que aplicará del 2 al 27 de marzo el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) que será fundamental, se sostiene, “para la planeación, organización y la toma de decisiones públicas vinculadas a la educación, la salud y el ordenamiento territorial, entre otras”.

De tirar piedras a un montón para contarlas, a la era digital

El INEGI creado en 1983, que tiene para este Censo 2020 un programa de 45 millones de viviendas 2 millones de las cuales se investigarán cada día  por 150 mil entrevistadores, informa que será la primera vez que un censo mexicano entrará a la era digital y anuncia resultados para siete meses y medio después de levantado el censo. Los datos que se darán pueden ser, incluso, a nivel de manzanas. La historia de Xólotl rey de los chichimecas, contada con cierto tono anecdótico por el propio INEGI, se refiere a los censos que se hacían en la era prehispánica. Los ciudadanos tiraban piedras a un montón llamado Nepohualco y éstas eran contadas para conocer el número de habitantes. La población no era tan rala –quedó rala cuando llegaron los españoles y la disminuyeron–, porque el último censo de Xólotl arrojó 3 millones 200 mil personas. Hubo varios conteos a lo largo de la Colonia; se menciona el censo de Revillagigedo en 1790 entre otros, pero para la historia de México se recoge el primer censo formal en 1895, convocado por el gobierno de Porfirio Díaz. Habría arrojado 12 millones de habitantes contra los más de 126 millones que tenemos ahora, casi 127 millones, según INEGI. La investigadora de la Facultad de Economía Claudia Montserrat Martínez Stone, dio en marzo de 2017,  algunos datos que los censos recogieron cuando entró el siglo XX. Había 13 millones 607 mil 269 habitantes que lógicamente aumentaron cuando estalló la Revolución, en 1910. Sobre ese inicio de siglo, da un dato apabullante que refleja  el abandono del campo, ya que en ese entonces solo 28.6 por ciento habitaba las áreas urbanas en tanto que en el 2000, las habitaba el 74 por ciento de la población. Ya en 1990 según esos datos, la Ciudad de México y sus áreas conurbadas tenían 15 millones 047 mil 685 habitantes.

Vivir para contarla: Gabo. La vida, los habitantes y sus casas

Algunos personajes sin duda participaron en censos, en los que las preguntas y las respuestas son fundamentales ¿Qué responderían algunos filósofos, cineastas, escritores y poetas a los encuestadores del INEGI? Vivir para contarla, respondería Gabriel García Márquez, con el título de su famosa autobiografía. “Yo solo sé que no sé nada”, diría escéptico el griego nacido en Alopece, Sócrates. Y con su parsimonia les hablaría Pablo Neruda: Confieso que he vivido. El gran Juan de la Cabada moviendo su largo cabello blanco y mostrando su generosa sonrisa, le preguntaría a su encuestador: ¿Qué piensa usted, amigo Juan? Rafael Alberti el poeta español que le dedicó uno de sus libros más emblemáticos a Pablo Picasso, les contaría Lo que canté y dije de Picasso. Paul Bowles se negaría a dar información. Estoy –les diría– Lejos de casa y Federico, el gran Federico García Lorca los miraría a los ojos y se justificaría así: “porque yo ya no soy yo y mi casa no es mi casa”. Pedro Almodóvar, ¿les hablaría de La flor de mi secreto? Y Minou Drouet la francesa, ¿se disculparía  porque tiene Niebla en los ojos? Fayad Jamis el cubano, ¿les tiraría La pedrada? ¿Octavio Paz se referiría preocupado a La estación violenta? Mientras, Miguel de Cervantes, filosófico, se dirigiría a su escudero: “Ladran Sancho, caminamos”. Carmen Laforet la española, seria, sin mostrar mucho entusiasmo diría: Nada, pero el también español Juan Marsé, después de responder muy educado, se iría a pasar las Últimas tardes con Teresa.  Alberti se despediría brevemente con un verso, ante los visitantes sorprendidos:

Aquí no queda nadie
Todos de aquí se han ido
Dobladas las palmeras
Acosadas las nubes