No podemos prescindir del Estado: Manuel Villa

* La democracia sólo puede establecerse si tiene un lugar político de ubicación, y ese lugar es el Estado * En las democracias contemporáneas nos vemos obligados a jugar con ficciones numéricas

Genaro Rodríguez Navarrete
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.    @GNavarrete

Manuel Villa Aguilera, doctor en Ciencia Política por la Universidad de Londres, tras décadas consagradas al estudio del Estado, concluye que nada indica que esta entidad sea prescindible; sino por lo contrario, ante los complejos problemas de las sociedades contemporáneas, es cada vez más necesario.

Con base en las herramientas del método comparativo que le han permitido contrastar diversas experiencias y realidades, Villa Aguilera ha analizado cuidadosamente, en primer lugar, el gigantismo del Estado promovido por políticas de corte keynesiana y, en segundo término, su desmantelamiento, a instancias del neoliberalismo que se impuso durante la segunda parte del siglo XX, hasta llegar a la situación catastrófica en que hoy se encuentra, que se manifiesta en términos de déficit de gobernabilidad, violencia desbordada, inseguridad, impunidad, corrupción, casi nulo crecimiento económico y con una democracia artificial, “de espuma”. Las fuerzas del mercado se impusieron hasta dar como resultado un Estado fallido, frágil o “inerme”, como prefiere calificarlo, que ha perdido el monopolio de la violencia legítima.

En entrevista exclusiva, Villa Aguilera comparte algunos recuerdos de sus profesores Eric Hobsbawn y Bernard Crick, y del extinto político mexicano, Luis Donaldo Colosio, de quien fue su colaborador externo. Y en otro orden de ideas, sin esquivar las preguntas formuladas, comenta el significado de las conferencias matutinas del presidente Andrés Manuel López Obrador.

¿Cómo concibe la noción de Estado?

—Se le puede definir desde diferentes puntos de vista. Jurídicamente es la entidad nacional conformada por territorio, población, soberanía y una Constitución. Por otro lado, a consecuencia de la gran cantidad de responsabilidades que asumió sobre todo durante la segunda posguerra; es decir, el periodo que va más o menos de 1940 a 1990, se le conoce como un complejo institucional. Es la institución de instituciones. Atiende una necesidad pública, bajo mandato muy preciso de la ley.

Al Estado se le conoce también como una estructura de dominación territorial. Para que el territorio tenga una integración nacional debe haber un Estado; o sea, un poder centralizado. Y entonces se le conoce como una asociación de asociaciones de dominación. Dentro del Estado hay muchos dominios, pero hay un dominio supremo regido por la Constitución.

Igualmente, se le conoce como el que detenta el dominio legítimo de la fuerza en un territorio. Es la visión de Max Weber.

Creo que para entender el Estado es como cuando se habla del cuerpo humano, que es una totalidad compleja de órganos, procesos y mecanismos.

¿A qué se refiere con el “Estado inerme”?

—Es un Estado que se quedó prácticamente sin instrumentos, sin medios para actuar, salvo en el área financiera, con los bancos centrales. Está inerme, sin poder movilizarse, pero es un Estado que se requiere. Que no podemos prescindir de él. Que el ciudadano lo necesita. Que no se le puede borrar del mapa.

Después de experimentar un evidente gigantismo, ¿parece que el Estado fue objeto de muchas presiones?

—El Estado cumplía muchas funciones. Una era controlar los poderes territoriales y podía favorecer la organización social de los pobladores. Con su adelgazamiento, fue incapaz de imponer equilibrios y los poderes regionales fueron tomando fuerza política. Esto se puede ver en España: cuando el Estado pierde el equilibrio, se rompe el orden de las autonomías. De modo que surgen zonas intermedias de poder regional, local, corporativo o societal, y poderes fácticos como la delincuencia que ha ganado poder notablemente. A este proceso le llamo de desextensión del Estado.

Por cierto, usted acuñó también la noción de “democracia de espuma”. ¿A qué se refiere con ello?

—Se configura cuando surge una serie de sectores intermedios, sin verdadero sustento social, que se convierten en los operadores de la democracia. En México se vio con el ascenso de Vicente Fox. Aparecieron grupos de notables. Gente entre asociada o no a los partidos. Grupúsculos diversos que crean una efervescencia de entusiasmo por la democracia; pero como la espuma, por debajo no tienen consistencia organizacional e institucional. Incluso ni los llamados Amigos de Fox sobrevivieron. A este efecto casi mediático de entusiasmo colectivo le llamo democracia de espuma.

¿De modo que en el escenario irrumpen fenómenos que operan contra la democracia?

—Sí, porque muchos de los grupos de interés oligárquicos, las partidocracias, entienden por democracia que ellos mantengan sus cuotas de poder. La democracia es sólo discurso y cuando queremos hacerla efectiva, no se puede. Llega un momento, por ejemplo, con un Instituto Nacional Electoral que estaba funcionando bien, lo neutralizamos. Lo sometemos a la partidocracia. Lo cual es claramente contrademocrático. El uso de los dineros públicos por los partidos que al principio beneficiaba a la democracia, se vuelve con el tiempo contrademocrático.

¿Cómo afecta la globalización al desarrollo del Estado?

—La globalidad es claramente contraestatal. Fue creando, poco a poco, procesos contra el Estado surgidos del Consenso de Washington, del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial, de muchos lados. Por ejemplo, al estar en problemas el Estado español, el griego o el argentino, se les prometen préstamos, siempre que adelgacen su Estado, vendan sus empresas, recorten su tamaño. Eran las condiciones de la globalidad para otorgar empréstitos. El problema es que ni las élites socialdemócratas y de las izquierdas, se dieron cuenta. Las mismas gentes de izquierda se fueron contra el Estado y se volvieron contraestatales.

En varios frentes se argumenta que el Estado, en la globalización, debe encarar retos que por mucho lo exceden. ¿Cuál es su postura?

—Primero hay que señalar que desde finales de los años 60 hubo una clara estrategia internacional por debilitar al Estado. En segundo lugar, muchas voces de intelectuales, de manera voluntarista, se pusieron a hablar de lo que no sabían. Y quiérase o no, contribuyeron a la crítica y el desprestigio del Estado. Octavio Paz en El ogro filantrópico decía que todo es malo en el Estado. Fue una versión muy dañina. Otro señor muy espontaneísta como Mario Vargas Llosa, con su dictadura perfecta, termina siempre sirviendo a la globalización. La idea alternativa de reformar el Estado ya no tenía sentido. ¿Para qué reformar algo que ya está podrido? Esto fue una falacia muy nociva contra el Estado. El politólogo serio sabe que debe tener mucho cuidado con lo que propone porque puede tener consecuencias no deseadas. Cuando muchos demócratas “nobiliarios” atacaban al Estado, no tomaban en cuenta que la consecuencia no deseada es que contribuían a poner al Estado en situación inerme. En su momento, las universidades privadas tomaron el discurso neoliberal y formaron una intelectualidad que creó una ideología. La cual, en el imaginario público se convirtió en una convicción: “los técnicos que sabemos de economía debemos conducir el Estado y echar a los políticos”. Ya no quedó nadie que pensara los problemas del Estado con claridad. En consecuencia, sólo se planeaba y proponía desde un frente contraestatal. No ocurrió como a fines del siglo XVIII y XIX, en que se atacó el Estado absolutista, con Locke, Montesquieu y Tocqueville, quienes pensaron desde lado de los poderes públicos, de lo que sería lo estatal. En mi caso, por los trabajos realizados sobre el Estado, no han faltado colegas, comentaristas y periodistas, que me han preguntado: qué me pasa, por qué tanto gusto por el Estado, acaso tengo vocación autoritaria porque eso ya no existe. O gente de la izquierda otrora fanáticos del estatismo soviético, me atacan diciendo que ya hay que pensar en otra cosa, en la democracia, por ejemplo. Como si la democracia fuera pura. Cuando la democracia sólo puede establecerse si tiene un lugar político de ubicación, y ese lugar es el Estado.

¿Coincide en que la democracia no siempre ha tenido buena prensa?

—A la democracia siempre se le tuvo desconfianza porque a final de cuentas, hay una mayoría que se puede imponer incluso a otras mayorías. Allí hay riesgos dictatoriales. La democracia nunca tuvo buen prestigio sino hasta etapas recientes. De hecho, cobra prestigio en la segunda posguerra cuando la enarbolan Inglaterra y Estados Unidos, sobre todo, contra la Unión Soviética.

¿Qué importancia tienen las minorías?

—Los padres fundadores de Estados Unidos que escribieron El Federalista, señalaron que era necesario preservar las minorías porque son fuente de equilibrio frente a las mayorías. Si nos dejamos guiar por las mayorías siempre vamos a una dictadura. Las mayorías tienen dirigentes, grupos de poder que las conducen; si se manejaran solas, sería mayorías anarquizantes, habría pleitos en su interior. Pero con frecuencia las mayorías son comandadas por oligarquías. Por eso las minorías son muy importantes y la Constitución estadunidense organizó el proceso electoral de manera indirecta. Algunos pensadores dijeron que por medio de las mayorías se podrían imponer minorías. Por todo, las minorías son fundamentales. Con frecuencia son pensantes y activas. Aunque también es imprescindible distinguir entre minorías representativas incluyentes y minorías oligárquicas excluyentes; éstas son las peligrosas.

Las minorías tienen que afrontar incluso la conformación de mayorías artificiales...

—Efectivamente. Supongamos que en un proceso vota el 70% del electorado. El partido ganador sacó el 51%. ¿Eso cuánto es en términos del electorado? Es la mitad del 70% que acudió a las urnas. O sea, en realidad es el 35% de electores. La otra parte entonces alcanzó el 49%. De modo que finalmente ya no es tan minoría. En las democracias contemporáneas nos vemos obligados a jugar con ficciones numéricas. Es parte de lo que llamo como “democracia de espuma” porque una vez descartada la ficción numérica, es como si se fuera la espuma y nos damos cuenta que, lo único que había es agua y ropa sucia. La publicidad nos enseña la tina hermosa, llena de espuma blanca, pero una vez que se quita la espuma, qué es lo que nos queda. En Italia, México y otros países, de pronto brota el agua sucia de la partidocracia.  

¿Es cierto que usted no está de acuerdo en hablar de una “democracia sin adjetivos”?

—Es que los adjetivos tienen poco que ver con el análisis. Los adjetivos tienen que ver mucho o nada con la política. Si tienen mucho que ver es que nos estamos insultando y no hay contenido. Si poco tienen que ver es que estamos hablando de lo sustantivo. Una democracia sin adjetivos es sinónimo de una democracia de espuma. Es una democracia bonita. La equiparo a un amor sin adjetivos. ¿Quién sabe dónde haya amor sin adjetivos? Es de muy poca imaginación publicitaria y de mucha ambición autopromocional hablar de adjetivos en la política y la democracia.

¿Cuáles son los saldos del retiro del Estado?

—Los saldos están a la vista en todos lados. Se ven en Francia con los reclamos de los Chalecos Amarillos sobre la exigencia de mejores escuelas, servicios médicos, atención a las ciudades intermedias, a las colonias de pobres. Lo vemos con las migraciones cuyos problemas no se resuelven en sus países de origen. Se advierte en México, ya están las quejas en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), en el Instituto de Cardiología, por la falta de atención y medicamentos. En Ciudad de México, hágase lo que se haga, su policía es de las peores del mundo. ¿Por qué no hay policía? Porque no hay Estado. Las policías están en manos de mafias. Cualquier ciudadano medianamente informado lo sabe. La señora jefa de Gobierno (Claudia Sheinbaum Pardo), ¿con qué resuelve los problemas derivados de la falta de policía? Con televisión, con espectáculos en el Zócalo.

¿Cómo observa la situación del estado en México, en tiempos de la Cuarta Transformación?

—La Cuarta Transformación no es más que un discurso, una frase feliz o eficaz, que apela al imaginario ciudadano. Es una falacia porque este país se viene transformando endemoniadamente desde 1985. Los sismos de ese año no fueron la causa, sino la primera impresión de que este país ya estaba cambiando. La segunda expresión de este cambio fue la decisión de los pobres de irse a Estados Unidos.

Otra gran transformación es lo que las iglesias han perdido de seguidores. También hay que contemplar cómo han crecido las universidades privadas, a donde acude la mayoría de la clase media.

Otro ámbito inocultable es que casi el 50 por cierto de la población económicamente activa (PEA) está en la economía informal. Es una transformación bárbara.

¿A qué atribuye este crecimiento de la economía informal?

—A la falta de Estado. Por ello la gente se apropia de las calles. Las calles son de todos y el Estado debe garantizar que así sea. La policía permite tomar las calles, moche de por medio.

La economía informal crece como un gran negocio gracias a líderes. Líderes que obtenían concesiones a cambio de votos. Luego se fue metiendo allí la delincuencia. Hay un gran tráfico de drogas, armas y artículos robados. En su traducción política, el Estado pierde. Queda inerme. No puede hacer nada.

Cuando llega la Cuarta Transformación, todas las transformaciones en la sociedad ya habían ocurrido. Ya había sucedido la primera, la segunda, la tercera y quizá hasta la décima. De modo que al llegar la Cuarta Transformación es una pretensión política que se queda corta. Se queda en una frase y fundamentalmente, en la capacidad escénica del presidente López Obrador.

¿Cómo juzga el comportamiento de los medios de comunicación?

—Lo resumo en la frase: en este país hay muy buenos periodistas y muy malos periódicos, especialmente me refiero a las empresas. El periodismo se confunde con la difusión de información, o con el mediatismo de la televisión y la radio. El buen reportero vive en lo inmediato sin perder el pasado. Debe tener una memoria extraordinariamente capacitada. El periodista de la palabra escrita carga con una tradición, aunque no haya pasado por la universidad o escuela de su especialidad. México tiene una tradición periodística desde la época de la Colonia. No se diga durante la época de la Reforma. El periodismo fue fundamental también en la Revolución de principios del siglo XX. Y en la secrecía y controles de la época del Partido Revolucionario Institucional (PRI), siempre hubo buenos periodistas.  

En las escuelas de comunicación, no es muy cierto que formen buenos periodistas. Preparan gente para el mundo mediático. Empero, como la abogacía, la medicina y la ingeniería; lo subrayo, el periodista carga con siglos de experiencia. Ahora, el buen periodista mexicano está padeciendo el contubernio entre el poder político y las empresas. Tiene enormes dificultades para poder consolidarse.

Esto pasa en tiempos de internet, que tiene la cualidad de difundir rápidamente, lo cual no se debe despreciar; aunque a la vez propala el chisme, la mentira, la patraña y la falacia. Es un reto para el buen periodista que opera con una serie de parámetros de exigencia ética y rigor.

¿Cuál es su punto de vista de las conferencias matutinas del presidente López Obrador?

—Es muy dañino que desde el gobierno se imponga la atmósfera de la información y discusión del día. Aun en los peores días del control de la prensa en México del periodo priista, es mentira que la prensa no dejaba correr la información. El que deseaba enterarse sabía a dónde acudir. El buen periodista sabía cómo decir las cosas. Lo que le molestaba al gobierno es cómo se decía, no que se dijera. Por eso, los columnistas siempre fueron importantes. Los políticos tenían que leer la prensa. No existían las síntesis de hoy.

“Las mañaneras” son como la síntesis del gobierno que sale de la propia Presidencia de la República para que se someta a ellos la opinión pública y los periódicos, a querer o no.

El mejor presidente es el que habla menos. Son muy peligrosos los mandatarios que hablan mucho. Ahí está Trump. Véase el caso de Berlusconi. Y América Latina está plagada de presidentes hablantines. Al grado de que locutores de la radio los han hecho presidentes. El señor Hugo Chávez en Venezuela era boquiflojo y bocaza.

La presidencial es una voz que pesa mucho en cualquier sistema político. Si la voz presidencial no pesa, sirve para poco o nada. Si pesa, hay que dosificarla. Pero si se desgasta, al rato desgasta también a la figura presidencial.

Se vive en otro mundo. Siendo mediático, protagónico, espectacular, inflando problemas; algo tan grave como el secuestro y asesinato de una niña, para desviar la atención. Como puede ser una fiesta en el Zócalo con muchos cantantes. O al detener a personas robando, pero después pasa el tiempo y no se sabe más del asunto. Sigue sin quedar claro el caso de Rosario Robles, que sin defenderla, el método o el procedimiento deja muchas dudas. Es decir, ahora con más facilidad se pueden crear escenarios alternativos para acallar los malos momentos de los políticos.

Por otro lado, la conferencia matutina tiene el pésimo gusto de venir de un cómico que convirtió el trabajo serio de la prensa en algo banal que le llamaba El Mañanero. En política debe cuidarse hasta de dónde vienen las palabras. Esto viene de un payaso. Un payaso que deviene en periodista. Y nadie ha querido reparar en esto.

¿Cómo recuerda a su profesor Eric Hobsbawn?

—Lo recuerdo como un hombre sabio y bueno. Muy alentador y afectuoso. Un hombre que enseñaba con verlo y escucharlo. Me enseñó a ser riguroso y responsable. Era sorprendente como estaba al día sobre los acontecimientos en España, Italia, no se diga en Inglaterra. Me enseñó la investigación histórica. Y que todo presente viene cargado de historia. No quedarse con la cara inmediata porque entonces uno se puede equivocar.

¿Y a su maestro Bernard Crick?

—Era un académico con una formación extraordinaria en la Ciencia Política clásica. De él aprendí a entender cómo se analiza la política. No dejarse llevar por los conceptos. Distinguir la política que está en los libros y la política de la realidad.

¿Cómo rememora a Luis Donaldo Colosio?

—Él se definía como un pragmático. Era un pragmático con un gran corazón. Tuvo la capacidad de educarse en escuchar. Era un hombre muy honesto. Con gran conocimiento del sector público. Contrario al tecnócrata del Estado inerme que se cruza de brazos y no hace nada. El político sonorense sabía entender las necesidades y para qué sirve el Estado. Él inventó la palabra territorialización. Pretendió desde la dirigencia del PRI volver el partido al territorio. La idea era buena, pero no se pudo llevar a cabo.

¿Qué opina de la situación actual del PRI?

—Ahora el PRI no existe. No está en los periódicos. En la vida pública nadie se acuerda de él. Sus actuales dirigentes, que son gente de muy precaria capacidad política, están haciendo lo de siempre: plegarse para servirle lo mejor que puedan al presidente. Siempre serán serviles del presidente en turno.

Finalmente, ¿tiene salidas el Estado inerme?

—El politólogo serio no puede hacer predicciones, pero sí tendencias. El asunto de fondo es que nada indica que se pueda prescindir del Estado. Para los grupos intermedios, los grupos de poder regional que no pueden con la delincuencia, los bancos, empresas, los inversionistas, la plutocracia, es preocupante que no exista el Estado. Cada vez más voces reclaman la necesidad de que haya Estado; pero esto llevará tiempo.

Perfil

Manuel Villa Aguilera es licenciado en Sociología por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, maestro en Ciencia Política por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso, Santiago de Chile) y doctor en Ciencia Política por la Universidad de Londres, formado bajo la tutoría de Eric Hobsbawn y Bernard Crick. Sus líneas de investigación comprenden temas como democracia, Estado y reforma institucional.

Ha sido profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, El Colegio de México, la Universidad de Brown (Rhode Island) y del Centro Superior de Estudios Navales (Cesnav), de la Secretaría de Marina, Armada de México, donde ha impartido la materia “Estado y Seguridad Nacional”. Es miembro del Seminario conjunto Harvard-Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) en Política Comparada. Fue colaborador semanal del periódico El Financiero.

En el sector público fungió como director general adjunto de la Lotería Nacional (1991-1992) y director general de Radio, Televisión y Cinematografía (RTC), en la Secretaría de Gobernación. Tuvo a su cargo la creación del Instituto Nacional de Migración, del que fue su primer Comisionado (1993-1994).

Es autor, entre otros libros, de ¿A quién le interesa la democracia en México? Crisis del intervencionismo estatal y alternativas del pacto social (UNAM/Miguel Ángel Porrúa, México, 1988): El archipiélago mexicano (Cal y Arena, México, 1990) Los años furiosos: 1994-1995. La reforma del Estado y el futuro de México (Flacso/Miguel Ángel Porrúa, México, 1996). También ha publicado El Estado inerme. La democracia de los plutócratas y la devastación de la política en el tiempo neoliberal: Italia, Brasil, México y Rusia, 1990-2010 (UNAM, México, 2014). Su obra más reciente se titula Estado y conducción estatal en América Latina. Intervencionismo estatal y régimen nacional-popular en Argentina, Brasil, México y Perú, 1920-1980 (UNAM, México, 2016).