Arte y política en Anenecuilco

Sergio Gómez Montero / Isegoría
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Nosotros, que vivimos el inicio del fin de la civilización humana
nos preocupamos por cambiar el empapelado de las paredes
y de hacer brillar los muebles.
C. Bordini: “Nosotros, mientras la casa se cae”.

Es extraño, para bien y para mal, que lugar donde se para AMLO es lugar de noticia, diga un discurso o se quede callado, como el lunes 6 cuando, sin temerla ni deberla, en Anenecuilco, Morelos, el fantasma de Zapata le salió al paso para reclamarle tanto cuestiones de arte como de política. Lo primero, por una cuestión que salió de su esfera de actuación como es el de las vanguardias artísticas y lo segundo por un problema que le crearon sus aliados del PES dadas sus ambiciones políticas.

Pero no es eso lo importante. Lo importante es que pareciera ser que la máquina del régimen de gobierno comienza a pasar aceite, por los descuidos que con ella ha tenido el conductor del vehículo y que, necio como es, se niega a reconocer. Pasado el sabor inicial de las dulces mieles del triunfo, los que al inicio caminaron con él comienzan hoy ya a preguntarse: “¿Qué onda, pues, ése?; por allí no es el camino”. Y los gritos y porras del principio de la UNTA, el lunes de referencia, en tierras zapatistas se tornaron en reclamos y rechiflas que nadie lograba entender, tanto porque hasta hoy el asesinato de Samir Flores sigue impune, como porque, sea como sea, nunca se debió permitir que el recinto oficial del arte en México (el Palacio de Bellas Artes) se utilizase para hacer, con una pintura, burla de Zapata (no quizá no quiso hacer eso Cháirez con su pintura; su libertad no es cuestionable; lo cuestionable radica el hecho sólo del acto: que nadie haya tenido criterio para evitarlo). Dos pecados juntos (uno político y otro cultural) que no debieron haberse juntado en las tierras del caudillo del sur, quien ni la debía ni la temía.

Es decir, el error de AMLO fue haber ido a tierras zapatistas sin haber saldado políticamente, de manera previa, ambos errores. Equivocación que, como hoy los baches de Ensenada, se repiten en una calle y en la siguiente también, lo que suena a cansancio o a ganas de no querer corregir los errores que se han cometido; que no es uno, sino que son varios y que sus enemigos, como el lunes, se los van a cobrar con intereses, pues ése es uno de los costos que todo político paga cuando se comienza a dar cuenta que no todo es vino y rosas a la hora de ejercer el poder. ¿Cuándo termina la etapa de vino y rosas en referencia con el gobierno? Por lo común, mucho más pronto de lo que el propio gobernante supone, dado que sus enemigos están sobre él, atentos a todos los deslices que comete y que ellos intentan cobrárselos con sangre.

Eso, si bien es cierto no es precisamente uno de los aspectos más significativos del quehacer político, sí es uno de los que más estragos causan si no se es lo suficientemente cuidadoso como para tratar de evitarlos desde el primer momento en que hacen su aparición, dado que allí nadie puede negar responsabilidad de quién es a quien se le están pidiendo cuentas, pues finalmente por algo es él el responsable de la nación, sin que de ninguna manera lo pueda evitar (y si no, que se lo pregunten a varios de los articulistas de este portal). Es decir, en política en ocasiones aunque uno directamente no sea quien cometa los errores, las consecuencias sobre él recaen y los efectos se le cobran caros. No estar atento a ello, implica no conocer a fondo las reglas múltiples que se aplican en esa carambola de tres bandas que es la política, a la que siempre estuvieron atentos tanto Churchill como Stalin y que por eso ambos pudieron si no tranquilamente resistir, sí se conservaron hasta el final en sus respectivos puestos de mando. Los dos, políticos de pura cepa, zorrunos, hábiles, implacables ¿Será eso la política? ¡Ah!, es difícil saberlo. Pero que tiene que ver mucho con ello, sin duda.

Posdata. Pido descanso unos días, pues mi salud física y mental me lo exige. Ando virtualmente para el arrastre y espero que unos días de descanso me ayuden a recuperar fuerzas, que buena falta me hacen. Nos vemos pronto de regreso.

 

 

Nuevos tiempos, nuevas guerras

Sergio Gómez Montero / Isegoría
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educada para ser
la magnífica militante de base de un partido
que por no leer la historia de mi país
se ha convertido en polvo no enamorado sino muerto.
J. Bignozzi: “El sujeto de la izquierda”.

¿Cómo saber qué pasa en realidad, cuando poco a poco se acumulan los acontecimientos fuera de serie y cuya repetición pareciera configurar presiones en contra de un gobierno que se distingue por defender los intereses de aquellas clases sociales a las que, hoy, los gobiernos neoliberales odian con odio jarocho? ¿Cómo explicar lo de los “diablitos” provocadores de incendios tan enormes como el de los mercados de San Cosme y La Merced o la amenaza de bomba a un vuelo de Volaris o el grito amenazante a AMLO de un tipo que exigía se reanudaran las obras del aeropuerto de Texcoco? ¿Por qué esa acumulación de ofensas, al mismo tiempo que el gobierno de Bolivia escupía ofensas en contra de nuestro país y de su gobierno?

Es decir, todo eso suena a una guerra declarada –una encubierta, la otra abierta– del neoliberalismo en contra de un régimen de gobierno que una y otra vez se ha declarado enemigo manifiesto en contra de quienes expresan de manera hipócrita o abiertamente su identificación con esa forma tan injusta de vivir. Luchar, pues, en contra del capitalismo pareciera ser hoy un ejercicio de política cotidiana común y corriente, toda vez que él revive sin cansancio y sin tregua, en su afán de no verse desplazado por aquellas fuerzas sociales que le disputan arduamente el control de las sociedades contemporáneas, que cada vez logran con mayor énfasis jalar hacia su terreno a sectores cada vez mayores de la sociedad y que no tenían visos de poder competir ventajosamente con los bien asentados sectores capitalistas de la sociedad. Lo anterior, pues, conlleva una necesidad ingente. Descubrir lo siguiente: ¿quién está impulsando, por abajo del agua, el conjunto de actividades encubiertas (quema de mercados, avisos de bomba en vuelos, acciones que violentan la vida diaria: plantar mota en el Ángel de la Independencia), que buscan desestabilizar el operar cotidiano de las acciones de gobierno, ello junto, pues, hoy, con las acciones de hostigamiento del gobierno boliviano en contra de la sede de nuestra embajada en ese país y en contra de la representación diplomática española, a la que también falsamente se identifica como cómplice de las supuestas acciones de México en contra de los países (Brasil, Chile, Colombia) que hoy están defendiendo con todo al capitalismo en América Latina.

En diversos momentos de la historia de la región (desde la época de Simón Bolívar en sentido estricto) este tipo de guerras en contra de la independencia y soberanía de América Latina han existido, más que nada por el ansia depredadora y la ambición colonialista del gobierno de Estados Unidos en contra de los recursos naturales de nuestra región (la verdadera razón de ser de las acciones que hoy, por ejemplo, se ejecutan en contra de los gobiernos de México y España). Estar preparados hoy en contra de esas acciones, es una tarea para la cual nuestra cancillería debe estar sin duda ya preparada. Si tiene dudas, que se lo pregunten a José Carlos Mariátegui.

Nuevos tiempos, nuevas guerras, pues.

 

 

Verdad y política

Sergio Gómez Montero / Isegoría
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Las llamadas pruebas yacen por tierra,
Húmedas reliquias de la nave.
R. Fernández Retamar: “Una salva de porvenir”.

Escribir sobre política es, siempre, indagar sobre la verdad: saber si sobre lo que se escribe es, en efecto, verídico y cuáles son, a partir de ahí, las implicaciones que ello tiene, Aunque todo hecho público, en la época actual, tiende a politizarse precisamente a causa de ello: él es o no verídico; si su veracidad es confirmada, de inmediato se reduce al ámbito que le corresponde, pero si esa veracidad se tambalea, los hechos a partir de allí se politizan porque pueden tener implicaciones de naturaleza múltiple. Más complejas se tornan las cosas cuando los hechos rondan los terrenos de la política. Allí sí, todo se tambalea.

Así por ejemplo, hoy, es el momento en que todavía no sabemos bien a bien (¿lo saben ya los senadores?) qué pasa con el tema de los inspectores (consejeros, asesores, especialistas, ¿qué carajos son?) laborales estadunidenses que van a operar en México para supervisar que lo acordado en el T-MEC se está efectivamente llevando a cabo, al margen de que eso, nunca, en las letras grandes y redondas del tratado de referencia había quedado establecido, pues implicaba, entre otras cosas, una abierta intromisión de un país extranjero en asuntos que son de evidente competencia nacional. Hasta hoy, con todo y la conferencia desde Washington de Jesús Seade, es el momento en que nadie sabemos realmente qué fue lo que pasó y está pasando (¿lo saben ya los senadores del país?) sobre esa materia, al grado de que, se especula, fueron esos consejeros los que acordaron el 20% de aumento a los salarios mínimos, para ir cerrando así la brecha enorme que en esa materia existe entre México y Estados Unidos y que genera la migración continua de paisanos hacia el país vecino, que tanta muina le causa al señor Trump.

Todo aquello, pues, que escapa de una u otra manera a los límites de veracidad despierta de inmediato suspicacias que uno no logra entender de inmediato. Como lo que recién acaba de suceder en Irapuato, Guanajuato (tierra continuamente hoy conmovida por hechos de sangre), en donde siete civiles fueron abatidos por la Guardia Nacional. Mientras uno solo de los integrantes de la Guardia resultó herido. Desigual enfrentamiento, ¿no?

Es decir, por pequeños que sean los hechos y pertenezcan al ámbito que pertenezcan, es preciso que la vida pública se signifique por su veracidad, pues ya lo decían los griegos desde la antigüedad: si la verdad no atraviesa a la vida pública, ella se va a caer de la misma manera en que se derrumba un edificio con un terremoto. En otras palabras, la verdad le es consustancial a la vida pública, pues ella es la que la vitaliza y le da vigor. Y si la vida pública no es verdadera, el poder que de ella emana se disminuye o se pierde y la capacidad de gobernar se reduce virtualmente a cero.

¿Alguien, en términos de verdad o de mentira, sabrá ahorita qué es lo que realmente está pasando con la detención de Genaro García Luna y con los hechos delictivos que se generaron en el país después del “culiacanazo”?