La provocación

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

Hay una derecha extrema que no se ve pero se siente. Aunque oscura, tiene claros objetivos: vulnerar las instituciones democráticas y torcer las causas sociales para que prevalezca la confusión. Y tiene un instrumento que utiliza con pericia: la provocación. Desde el rumor calculadamente difundido y la mentira mil veces repetida hasta la violencia enmascarada, su abanico de recursos manejado desde las sombras y sin escrúpulos le confiere una ubicuidad única que le permite polarizar los conflictos y debilitar la convivencia hasta convertirla en disputa violenta. La provocación está presente cuando actos políticos, religiosos y aún deportivos dan lugar a pasiones colectivas que pueden derivar irrefrenables. En nuestra historia reciente no son pocas las provocaciones desestabilizadoras. Elocuentes intentos han ocurrido en las universidades públicas, en la UNAM de manera relevante. En las últimas semanas, el nombramiento del rector hizo temer que genuinas inquietudes e inconformidades estudiantiles fueran utilizadas para incendiar la casa de estudios. La autonomía y las libertades que la acompañan estarían en la mira no sólo para mutilar a la UNAM sino a la sociedad entera. Porque la autonomía, lejos de ser un privilegio, es un derecho constitucional del pueblo mexicano. Y es un derecho social porque tiene origen y destino en el trabajo. En el trabajo académico que difunde y genera el conocimiento y la cultura. A pesar de amagos y amenazas, con firme y valiente cautela el rector Enrique Graue logró que el proceso de renovación institucional se apegara estrictamente a la Ley Orgánica, lo que consolida el régimen autonómico como la vía para que los propios universitarios, abiertos a los cambios y transformaciones, escriban nuevos capítulos de la reforma universitaria.

 

 

El golpe

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.


Se ha instalado una errática discusión sobre la fórmula “golpe de Estado” para oscurecer y aún falsificar el significado de la conmoción boliviana y su trascendencia hemisférica y mundial. A pesar del desgarriate mediático desatado por el derrocamiento del presidente Evo Morales, una  parte de la opinión pública se enteró de que Bolivia existe, que en ese país hermano, en algún momento considerado ejemplo proverbial de pobreza y atraso, ha tenido lugar durante los últimos tres lustros una gesta patriótica que lo puso a la cabeza de Latinoamérica en crecimiento económico y desarrollo social, redujo significativamente la pobreza, rescató del oprobio racista a los indios que no obstante ser mayoría han sufrido una discriminación bárbara y excluyente. Un predecible conflicto electoral fue aprovechado por la extrema derecha para desatar una brutal escalada. La ausencia de respuesta popular se debió al desgaste de Evo por su prolongado ejercicio del poder y su desacato al resultado de una consulta contrario a su cuarta reelección. Pero en la conspiración y ejecución del golpe debe subrayarse la intervención del imperialismo, puesta en evidencia por el presidente Donald Trump al festejar grotescamente el golpe lanzando ominosas amenazas a Venezuela y Nicaragua. La cabeza cercenada de Evo sería un trofeo para los imperialistas republicanos y una propuesta para las presidenciales de 2020. El presidente López Obrador actuó en congruencia con los principios y la tradición mexicana del derecho de asilo. Pero el canciller Marcelo Ebrard y la jefa de Gobierno Claudia Sheinbaum se excedieron en su protagonismo y expusieron a la sociedad y al gobierno a sufrir los empellones de la derecha extrema; el Congreso de la Unión dejó solo al presidente. De los partidos, mejor ni hablar.