Negacionismo conservador

Miguel Ángel Ferrer / Economía y política
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El arresto y la sujeción a juicio en Estados Unidos de Genaro García Luna, el principal operador criminal de Felipe Calderón, ha sido un golpe verdaderamente demoledor para la derecha mexicana. De un plumazo han quedado fuera de combate las figuras políticas más visibles y activas del arco iris conservador: el propio Calderón, Vicente Fox y Margarita Zavala.

También está siendo víctima fatal del caso García Luna el Partido Acción Nacional (PAN), ya de por sí bastante disminuido. ¿Cómo presentarse ante la ciudadanía cual una organización honorable y digna de confianza?

Y lo mismo puede decirse del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y del Partido de la Revolución Democrática (PRD). La alianza y subordinación de ambos al panismo los ha destruido electoral, moral y políticamente.

Partidaria y electoralmente la derecha se ha quedado sin fichas, mientras el obradorismo cosecha éxitos día tras día, aunque la derecha mediática pretenda pintarlos con tonos de fracaso y hasta de catástrofe.

Pero por más que la derecha quiera y trabaje para ello no es posible tapar el sol de los éxitos de Andrés Manuel López Obrador con el dedo mediático. El conservadurismo no mira lo que ven millones y millones de personas y familias. Lo ciegan su ideología racista, su pensamiento clasista, sus prejuicios, sus miedos al cambio.

El conservadurismo califica como errores o tonterías aquellos logros de López Obrador que simplemente no le gustan, aunque sean notoriamente beneficiosos para la inmensa mayoría de la población, incluidos los propios conservadores.

Podría decirse que éstos se encuentran viviendo un explicable estado de negación. Niegan la realidad que no les place, aunque carezcan de elementos materiales que sustenten su torcida concepción de la realidad.

La negación es un estado mental patológico. La imprescindible Wikipedia afirma que el negacionismo es exhibido por individuos que eligen negar la realidad para evadir una verdad incómoda; que “es el rechazo a aceptar una realidad empíricamente verificable; que es, en esencia, un acto irracional que se sustrae a la validación de una experiencia o evidencia históricas”.

Y afirma igualmente que​ el negacionismo grupal se presenta  cuando “todo un segmento de la sociedad, a menudo luchando con el trauma del cambio, da la espalda a la realidad en favor de una mentira más confortable". He aquí, sin duda, un nítido retrato del conservadurismo mexicano luego de la fractura craneana sufrida el 1 de julio de 2018.

 

 

Suavidad en las palabras y firmeza en los hechos

Miguel Ángel Ferrer / Economía y política
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Hasta ahora han fracasado todos los intentos del conservadurismo mexicano por desestabilizar al gobierno de López Obrador. Ni la campaña mediática ni los esfuerzos por crear las condiciones para dar un golpe de Estado han tenido éxito. Por eso los conservadores están apelando a su carta maestra: la intervención militar de Estados Unidos.

Pero tampoco se observa que se trate de un recurso eficaz. Porque a pesar de la retórica siempre amenazante de Donald Trump hasta ahora las palabras no han pasado a convertirse en hechos.

El famoso muro para contener la migración indocumentada no ha pasado de ser un proyecto odioso y verborreico. La amenaza de imponer aranceles punitivos a las exportaciones mexicanas a EU se quedó en pura palabrería. Y tampoco se le ve al magnate yanqui disposición para embarcarse en una aventura militar fuera de sus fronteras.

Uno tras otro han fracasado los esfuerzos de la derecha mexicana por crear las condiciones para una confrontación entre EU y el gobierno mexicano. A todos éstos López Obrador ha respondido con serenidad y sin exabruptos. Esta conducta del presidente mexicano ha evitado el encono en una relación bilateral siempre tensa y compleja.

Y como objetivamente no hay visos de enfrentamiento con el poderoso vecino, la derecha mexicana quiere construirle a López Obrador la imagen de un gobernante colaboracionista, si no es que entreguista. Pero esa estrategia perversa tampoco va por buen camino.

La gente entiende que un conflicto mayor con EU no es bueno para nadie. Y tiene a la vista los esfuerzos del gobierno mexicano por evitar una escalada indeseable.

La diplomacia está haciendo su trabajo siempre apegada a los principios constitucionales mexicanos y sin concesión alguna en esa materia, como se ha visto recientemente con el generoso asilo político concedido al derrocado presidente boliviano Evo Morales. Y como también se vio en la visita de Estado del presidente cubano, Miguel Díaz Canel

Suavidad en las palabras y firmeza en los hechos está siendo la divisa de López Obrador en la relación con Washington. Una política que recibe la aprobación de la inmensa mayoría de la población mexicana. 

Contra la estridencia de Trump, la serenidad de López Obrador. Este, sin duda, es el camino correcto. Aunque los conservadores pretendan convencernos de lo contrario. Parafraseando a Teddy Roosevelt, López Obrador habla suavemente pero empuña un haz de principios tan patrióticos como irrenunciables.

 

 

Medios y golpismo

Miguel Ángel Ferrer / Economía y política
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En México, durante largos decenios, las expresiones golpe de Estado, golpismo y dictaduras militares eran de uso corriente, pero nunca o casi nunca se empleaban en referencia a la sociedad mexicana. Se utilizaban para referirse a procesos políticos vigentes, también por décadas, en otras naciones de América Latina y el Caribe. 

Quizás los más célebres matrimonios entre golpe de Estado y dictadura militar se dieron en Chile, Argentina, Venezuela, Uruguay, Brasil, Cuba, Guatemala, Honduras y Paraguay. Más recientemente los golpes de Estado de carácter militar se transformaron en golpes parlamentarios o golpes judiciales, también llamados golpes blandos, como en Brasil, contra Dilma, y Paraguay contra Fernando Lugo.

Pero, blando o clásico, el golpe siempre se inició con un coordinado ataque mediático, nacional e internacional, contra el gobierno que se pretendía derrocar, a fin de crear las condiciones de desestabilización que justificaran el golpe.

De esa vieja y conocida historia negra se están presentando ahora mismo signos en México. Desde la asunción del régimen popular de López Obrador las expresiones golpe y golpismo empiezan a usarse y repetirse con preocupante frecuencia. Y los iniciales signos del fenómeno se encuentran, como siempre, en el coordinado, feroz y falaz ataque mediático con fines desestabilizadores.

Y últimamente han aparecido nuevas señales de golpismo: importantes cuadros militares del viejo régimen ya han expresado pública y solemnemente sus inconformidades con el rumbo económico y social  que lleva el nuevo gobierno. ¿Señales aisladas o sólo la punta del iceberg?

Tan claro fue el mensaje golpista, que éste obligó al presidente de la república y al secretario de la Defensa a ocuparse del asunto, a condenarlo categóricamente y a cerrar filas en defensa de la institucionalidad democrática.

Como lo demuestra sobradamente el muy actual caso boliviano, ante la imposibilidad de llegar o retornar al poder por vía electoral, la derecha siempre tiene en mente el recurso golpista.

Y si bien, como dice Andrés Manuel López Obrador, por ahora no hay condiciones para el golpismo, éstas se pueden ir fabricando mediante el expediente de la campaña mediática desestabilizadora, como la que desde hace un año y cada día más se hace presente en México.

Contra la calumnia y la desinformación mediáticas el arma más efectiva es la información veraz. Pero no debe descuidarse el flanco del golpismo duro. El caso boliviano nos lo está recordando a gritos.

 

 

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