Rina Lazo navegó un siglo y mil vidas

* En la última entrevista que concedió, la pintora habló de su aprendizaje con Diego Rivera * Y de su quehacer artístico con García Bustos

Jesús Vargas / Especial para La Jornada
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La artista, luchadora social y promotora cultural Rina Lazo (1923-2019), quien falleció en la madrugada del viernes primero de noviembre, concedió su última entrevista el pasado 14 de octubre, días antes de cumplir 96 años.

El pasado 30 de octubre, la última muralista fue festejada por su familia y amigos cercanos. La señora Holda Zepeda de Purón, compañera defensora de los barrios de Coyoacán, le mandó hacer un pastel con la imagen que se hizo con una pintura. Rina bailó con música oaxaqueña. Al día siguiente dijo a su hija Rina García Lazo que había disfrutado mucho y que aunque Arturo García Bustos no había estado, ella lo había tenido todo el tiempo presente.

En la charla con La Jornada, Rina Lazo se refirió a múltiples temas: sus experiencias como discípula de Diego Rivera, sus murales, su militancia, su vida al lado de su compañero, Arturo García Bustos, las vivencias con su hija Rina García, quien siempre la acompañó.

A continuación, in extenso, las palabras de la pintora:

“‘Yo nací en la capital de Guatemala (el 30 de octubre de 1923). Mi madre se llamaba Melanie Wasem, era hija de alemán. Mi padre fue Arturo Lazo Midence, nació en Honduras y luego emigró a Guatemala para estudiar medicina. Eran los últimos años de la dictadura de Manuel Estrada, quien ya tenía 20 años en el poder. La Escuela de Medicina estaba en Cobán, donde había mucha oposición del Partido Unionista; mi papá se afilió, fue detenido en 1920 y lo iban a fusilar, pero en eso cayó el dictador.

Una suerte, adaptarme al maestro Diego Rivera

“En Guatemala, el maestro Julio Ruelas me sugirió inscribirme en la Escuela de Bellas Artes, donde los estudiantes luchaban contra la dictadura del general Ubico Castañeda, que gobernó de 1921 a 1944. En esa lucha me tocó mi primera tarea política, que fue hacer sándwiches en la noche y darles por la ventana a los muchachos que andaban luchando contra el dictador.

“‘A los 23 años gané una beca para estudiar en México. Llegué con una tía que vivía en la colonia Santa María (la Ribera). Mi profesor Andrés Sánchez Flores consideró que tenía mucho talento y me llevó a trabajar en el mural de Diego Rivera en el hotel del Prado, Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central. En ese primer mural me dejó pintar. Pinté tanto que está firmado por mí el mural todavía. No se ha borrado. Me quitó el pincel y me dijo: ‘fírmelo...’ Fue realmente una suerte que me adaptara muy bien al maestro.

“Ese mural que tiene 50 metros cuadrados, más o menos, lo hizo en tres meses. Yo me había olvidado del tiempo, sentía que había sido una eternidad, algo importantísimo en mi vida, pero según todos han dicho, fueron tres meses. Ese tiempo falté a clases, y me querían reprobar, pero yo les dije que había aprendido el fresco.

“Aprendí del maestro Rivera cómo se molían los colores, la técnica del fresco, las secciones áureas. Me impresionó cuando él empezó a dibujar una figura que estaba parada en la Alameda sin modelo. Yo le pregunté que si no tenía proyecto; me respondió que ‘un verdadero muralista no lo usaba porque se perdía ahí toda la emoción estética’. Sólo llevaba dos libros: uno que él mismo había preparado sobre el grabador José Guadalupe Posada y el de fotografía de la Revolución, de Casasola. Con esos dos libros terminó el mural de 50 metros cuadrados”.

Inseparables, desde que conoció a García Bustos

“En 1949 me casé con Arturo García Bustos; yo lo había conocido en 1946 cuando estaba empezando el mural de la Alameda. Me dijo un día el maestro Rivera que los alumnos de Frida estaban preparando un cartel grande para el primero de mayo, que fuera porque iba a aprender cómo se pintaba un mural, desde la composición. Yo le hice caso y me tocó ver cómo estaba Arturo dirigiendo la tarea. Se extendía la tela sobre el piso, se dibujaba y se pintaba en unos días. Desde ese día que nos conocimos, ya no nos separamos.

“En 1953, durante el auge del movimiento democrático en Guatemala, el escritor Luis Cardoza y Aragón llamó a Arturo para que fuera a instalar un taller de grabado en Guatemala. Estuvimos varios meses y pensábamos quedarnos más tiempo. A mí me pidieron de un club italiano que hiciera un mural en su edificio. Pinté varios paisajes, un indígena con sus hijos sembrando un árbol, luego puse dos figuras desnudas: una era la Tierra y la otra era la fertilidad; de ahí que el nombre que yo había pensado para el mural fuera Tierra fértil. A mediados de 1954 todavía no lo terminaba y en eso, los del Partido Comunista le avisaron a Arturo que saliera inmediatamente porque se venía el golpe de Estado y la represión iba a ser terrible. Fue cierto porque mataron a la mayoría de los jóvenes que iban a la escuela conmigo. Por ser mexicano, Arturo salió inmediatamente. Yo me quedé para terminar el mural. Era el segundo que hacía, el primero lo había realizado para una logia masónica de la Ciudad de México, trataba de los cuatro elementos”.

El maestro quería muchísimo a Frida

“‘Llegando a México Arturo fue a ver a Frida; la encontró muy desesperada, verdaderamente enloquecida por lo que estaba sucediendo. El gobierno democrático de Jacobo Arbenz había despertado muchas esperanzas entre los comunistas, Frida sufrió desde México el golpe de Estado organizado por la CIA, murió a los ocho días de que fue a visitarla Arturo.

“El maestro quedó muy solo, muy triste... la gente dice tantas tonterías y los que hacen las películas más... el maestro quería muchísimo a Frida, y sufrió tanto que quiso pintar este mural, precisamente porque ella estaba muy apasionada de lo que estaba sucediendo en Guatemala. Yo le ayudé mucho, lo hicimos sobre tela en su estudio. Fue el último mural que hizo y le dio el nombre Gloriosa victoria. Originalmente iba a formar parte de una exposición internacional organizada por Bellas Artes para que se presentara en Europa, pero el gobierno de México no permitió que se incluyera porque denunciaba la intervención de Estados Unidos. En ese mural me pintó el maestro con los que luchaban contra la intervención estadunidense. Al final se quedó en Moscú porque cuando se fue a tratar del cáncer se lo llevó y lo obsequió para los trabajadores de esa ciudad”.

(El autor es historiador).

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