Diálogo o despotismo

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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No fue rayo en el cielo despejado de otoño sino relámpagos como los de agosto en el cielo nublado de los últimos días de octubre y lo que va de noviembre. El Ejército tomó la palabra e hizo un insólito pronunciamiento sobre la circunstancia mexicana: la polarización política de nuestra sociedad compromete nuestra unidad nacional, lo que pone en riesgo la soberanía y la integridad de la nación, lastima al pueblo y entorpece la marcha de la economía. No se duda de la legitimidad del Ejecutivo, pero la debilidad de los mecanismos institucionales ha propiciado decisiones que carecen del consenso suficiente. Los valores en que se fundan las fuerzas armadas chocan con las formas en que hoy se conduce al país… En respuesta, desde la cúpula del poder se invocó la amenaza de golpe de Estado. Los intelectuales orgánicos relampaguearon acusando al Ejército de intenciones golpistas. Por fortuna el presidente se desdijo: en México no hay condición alguna para un golpe. Pero lejos de reconocer la lealtad del Ejército minimizó su papel institucional. Antes, al formalizar la creación de la Guardia Nacional declaró que si por él fuera desaparecería al Ejército. Y en la serie de incidentes violentos que culminaron en la rendición de Culiacán no vaciló en exponer al escarnio el honor militar. Los quinientos generales no se reunieron en la clandestinidad para conspirar contra el gobierno constitucional. Todo lo contrario: a la luz del día se comprometieron a salvaguardar los principios de honor, valor y lealtad y refrendaron su compromiso con la unidad nacional. Y presentaron un documento que no admite las descalificaciones a priori de quienes imaginaron un brumario tropical en  nuestro alto valle metafísico. El monólogo se agotó. Diálogo o despotismo es el dilema.

 

 

Cavilación de otoño

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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Se impone discutir la democracia. Esta vez, no nuestra inestable y turbulenta democracia política cuyos ríos van a dar a la mar que es el Estado en peligro de extinción, sino la democracia universitaria, la república de los filósofos donde debe imperar la sabiduría como tasa y medida de las decisiones institucionales. No porque los designados sean necesariamente sabios sino porque el proceso selectivo es un destilado de la academia representativo de la sabiduría colectiva que pone en acto la idea de que ahí donde se educa a la juventud, se cultiva la ciencia y se difunde la cultura deben gobernar quienes  protagonizan, en sus múltiples y polifacéticos sentidos y en sus diferentes niveles, el conocimiento, la enseñanza y el aprendizaje. Y así germine la autonomía cuyo ejercicio no puede ser sino democrático. Una democracia que más que cantidades reclama calidad. Parafraseando la  célebre Crítica del Programa de Gotha: de cada quien según su conocimiento, a cada cual según sus necesidades. El orden académico obliga a los que enseñan y enriquecen el saber, a dar la aportación decisiva a la conducción institucional que promueva el ascenso de la raza y el mejoramiento de la patria. Democracia funcional en la que la participación de la comunidad en las decisiones institucionales fortalece la vida académica y garantiza el cumplimiento de las funciones sustantivas de la Casa de estudios. Los grandes desafíos que afrontará quien sea seleccionado por la Junta de Gobierno para desempeñar el cargo de rector, exigen una responsabilidad probada. Como en los últimos cuatro años, no habrá lugar para la polarización artificiosa ni la improvisación oportunista.