“López Obrador está obligado a reconstruir
la relación con los militares”: Benítez Manaut

* Las críticas de los militares en retiro al presidente son bienvenidas, pero sin uniforme * El principio toral del Ejército Mexicano es la lealtad * Los hechos del 17 de octubre en Culiacán, Sinaloa, son el primer gran fracaso de la guerra contra el narcotráfico

Genaro Rodríguez Navarrete
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.   @GNavarrete

Raúl Benítez Manaut, especialista en temas de seguridad y defensa, ha llamado la atención sobre la imperiosa necesidad de recomponer las relaciones entre el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y las fuerzas armadas en una relación que cíclicamente ha sido de tensiones, tras el rumor de un golpe de Estado en ciernes, que ha sorprendido a la opinión pública.

Desde la perspectiva de Benítez Manaut, el Ejército ha sido una de las instituciones más privilegiadas del actual gobierno que, sin embargo, ha respondido con un discurso negativo hacia su jefe supremo, el Ejecutivo federal. Las críticas, los señalamientos, las opiniones, dice, “son siempre bienvenidas, pero sin uniforme y fuera de las instalaciones militares”.

Por otro lado, considera que la guerra contra el narcotráfico continúa pese a que oficialmente no se quiera reconocer.

En entrevista exclusiva no deja lugar a dudas de que México ya está desempeñando el papel de “tercer país seguro”, en las tareas de contención de migrantes que se dirigen hacia Estados Unidos.

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¿Cuál ha sido la tónica de la relación entre el Ejército y la Marina-Armada de México con el presidente de la república?

—La relación del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) con las fuerzas armadas ha sido cíclica. A periodos de gran conflicto, le han seguido momentos de acercamiento buscado por ambas partes, como cuando él ganó la Presidencia el 1 de julio de 2018. Pero los momentos más tensos han sido: la toma de instalaciones petroleras en Tabasco durante los años 90 las fuerzas armadas tuvieron que desalojar a los seguidores del político de Macuspana y posteriormente en 2006, tras la elección en la que Felipe Calderón ganó con un margen muy estrecho. El PRD que postuló a López Obrador, no aceptó ese resultado. Y entonces se hizo el plantón sobre Paseo de la Reforma, en Ciudad de México, del 30 de julio hasta el 15 de septiembre. La relación con las fuerzas armadas se tensó. La capital del país experimentó un gran caos por casi tres meses y las fuerzas armadas se preocuparon ante la posible cancelación del desfile del 16 de septiembre de 2006. Tuvo que proceder una negociación. El negociador de AMLO fue Alejandro Encinas, jefe de Gobierno del Distrito Federal, y por parte del gobierno, el general Gerardo Clemente Vega, secretario de la Defensa, para levantar el plantón y se pudiera celebrar la parada militar. Fue una negociación muy dura. A los militares les quedó un sabor de boca muy negativo de AMLO.

Posterior a 2006, AMLO se centró en construir su partido Morena, sobre los cimientos del PRD, y, de hecho, poco se refirió a las fuerzas armadas. Y hasta la campaña de 2012, otra vez, catalogó a las fuerzas armadas, en el concepto que ha mantenido, como parte de la mafia en el poder y fuerzas represivas que han violado derechos humanos.

Esto ha llevado a una larga percepción negativa hacia las fuerzas armadas. Dentro de la izquierda, se contrastaba con Cuauhtémoc Cárdenas, quien tenía una muy buena relación con los militares por su propio ascendente familiar. Entonces, en la izquierda mexicana se distingue la fracción cardenista, de mucha convivencia con las fuerzas armadas, y la lopezobradorista, cercana a la izquierda que había sufrido la represión en el estado de Guerrero y otros lados y durante el 68, que criticaron mucho a las fuerzas armadas y las descalificaban.

Todo esto siempre ha estado presente. En las fuerzas armadas tienen una mala imagen de él. Lo cual se vio reflejado durante la pasada campaña electoral. Desde fines de 2017 y durante 2018, hubo diversas fricciones verbales entre el secretario de la Defensa, Salvador Cienfuegos y López Obrador. El político tabasqueño y Morena se opusieron rotundamente a la Ley de Seguridad Interior, diciendo que era una ley que militarizaba al país, violatoria de los derechos humanos y que otorgaba mucho poder al Ejército. Desde entonces hubo una campaña muy agresiva de descalificación por redes sociales de un grupo importante de generales retirados contra López Obrador. Identificándolo como el “Hugo Chávez mexicano”, “bolivariano”, diciendo que sería “el gran fracaso para México” y que el país se iría a la deriva. Una campaña que circuló mucho en redes sociales. Todo mundo que conoce el tema sabía que el general Cienfuegos estaba de acuerdo con eso. Los retirados no mueven un dedo sino están en armonía con el secretario de la Defensa.

Después sobrevino un periodo de conciliación, a partir del 2 de julio de 2018, donde se trataba de restañar heridas. El Ejército buscaba su posición de lealtad hacia López Obrador desde el 1 de diciembre. Hubo un acercamiento con los secretarios de la Defensa y Marina del gobierno saliente. Ambos quisieron crear un grupo afín y proponerlo a AMLO para designar a los futuros secretarios. López Obrador los escuchó, pero no nombró a ninguno de ese grupo. Decidió escoger por sí mismo, mediante un proceso de auscultación, a los titulares de la Defensa y Marina.

Los primeros cuatro meses fueron de mucha tensión porque se venía el tema de la reforma militar para crear la Guardia Nacional. A los militares no les gusta esto porque consideran que el presidente está dividiendo al Ejército en dos: una parte para el instituto armado y otro para cuidar la seguridad interna del país. Lo que de hecho es así. Sienten que López Obrador esta tomando una decisión muy parecida a la del general Lázaro Cárdenas en 1939, cuando separó a la Marina del Ejército; segmentó a la fuerza militar al crear dos secretarías de Estado. Ahora de facto se está creando una fuerza separada por lo que habría tres cuerpos: Ejército, Marina y Guardia Nacional. Esto no les gusta mucho a los oficiales, a los generales; pero los activos no expresan opiniones, entonces quienes hablan son los retirados.

El momento de quiebre, cuando empieza ya la hostilidad entre ambos discursos, fue a partir de una entrevista para el periódico La Jornada, en la que el presidente declaró que si fuera por él, “desaparecería al Ejército”. Pero como lo necesita para la guerra contra el narcotráfico y reconstruir la seguridad pública, no lo podía desaparecer. Ese enunciado del Ejecutivo causó una tremenda tensión con las fuerzas armadas. Ya como presidente empieza a haber un movimiento de militares retirados, en redes sociales, en su contra. Ellos sostienen que en esa entrevista, el mandatario sacó su verdadera opinión de las fuerzas armadas. Y a pesar de que ha estado militarizando el país y dando muchos poderes al Ejército, la verdadera intención es su golpeteo y desaparición.

Todo lo que estamos viviendo ahora del activismo de los retirados contra el Ejecutivo empezó con esa entrevista. Fue provocado por el propio presidente.

¿Los militares en retiro han estado muy activos?

—Son los voceros del descontento. Siempre han estado alineados al secretario de la Defensa. Habría que ver por qué el general secretario Luis Cresencio Sandoval permite y da pie a que los retirados expresen su opinión en una instalación militar y con uniforme.

Creo que hay dos tipos de retirados: los que exponen sus ideas como civiles; en otras palabras, con traje y corbata; y los que son invitados a participar en una instalación militar como uniformados. Y esto fue lo que sucedió con el general Carlos Gaytán Ochoa, en su discurso contra el presidente. Eso está mal. No es lo mismo hablar con y sin el uniforme. Y no es lo mismo hablar en una instalación militar que fuera de ella. Si yo hubiera sido de la Asociación de Graduados del Colegio de la Defensa Nacional, que fue la instancia organizadora de ese evento, simplemente los hubiera convocado en el salón de un hotel, hubieran pagado 500 pesos por su desayuno, de traje y corbata, y podrían decir lo que quieran. Pero el simbolismo del uniforme es muy importante. Habla de que hay una fractura de lealtades. Además, el general Gaytán habla de lo que siente la tropa. Y habla también por los activos. ¿Qué está diciendo el general Gaytán Ochoa? Que el Ejército está descontento con el presidente. Cosa que es cierto. Pero el Ejército es leal. Lo complicado de interpretar es que los retirados están diciendo que representan la mayoría de la opinión contra el presidente.

¿De ahí la reacción del Ejecutivo?

—Claro que no le gustó el discurso del general Gaytán. El presidente es especialmente franco cuando no le gustan las cosas. Se ve en sus conferencias mañaneras. El presidente no tiene por qué responder a todas las críticas de la opinión pública; pero en este caso, son los militares. Se supone que los militares tienen principios de lealtad distintos a otros sectores.

Desde mi punto de vista, no fue correcto el discurso del general Gaytán. Sobre todo después del operativo fallido en Culiacán para detener al hijo del Chapo Guzmán. El Ejército no pudo demostrar sus laureles y sus eficacias. Evidenció fallas tácticas al ir contra un poderoso narcotraficante. También tiene sus detalles negativos.

¿El tema del golpe de Estado parecía conjurado?

—La idea de golpe de Estado es muy desafortunada. En México no hay condiciones para un golpe de Estado. Y no las ha habido en cien años. El último fue contra el presidente Venustiano Carranza, en mayo de 1920, en Tlaxcalantongo, Puebla. Hablar de este tema, lo diga quien lo diga, es bastante irresponsable. Una cosa es ruido de sables o de personas militares retirados hablando mal del presidente, y otra cosa es que esas personas que tienen derecho de expresar su opinión, pero sin el uniforme, estén construyendo la idea de una conspiración militar. Yo no creo que nadie esté en esa posición en México.

¿Es un posicionamiento que ha sorprendido?

—Sí. El concepto de golpe de Estado implica que los militares serían operativos, con el concurso de otros sectores, como empresarios, partidos políticos, grupos de poder y hasta Estados Unidos. Por supuesto que esa conspiración no existe. A Estados Unidos no le interesa bajo ninguna circunstancia la desestabilización de México porque sabe que sería muy difícil controlar, sobre todo, los impactos en la frontera. Y un gobierno débil favorece al narcotráfico y a la anarquía. En todo caso les interesa un gobierno fuerte que ejerza la autoridad en el país. Pero AMLO no ha podido frenar el aumento de la violencia.

¿Coincide con algunos analistas que han referido que el presidente ha maltratado en su discurso a las fuerzas armadas?

—No. Al contrario, yo podría expresar que las fuerzas armadas han maltratado al presidente. El Ejecutivo tuvo el mal tino de lo que manifestó en la entrevista con La Jornada y en algunas mañaneras. Pero decir que eso es maltrato, no, porque los ha apoyado mucho: les da la construcción del aeropuerto en Santa Lucía, la conducción de facto de la Guardia Nacional, muchos beneficios. No les aplica la baja de salarios. Deberían estar agradecidos. No los ha maltratado. Los maltrató con una frase; pero en los hechos han sido favorecidos. Ellos están exagerando con decir que es un presidente que no representa a la sociedad y que sólo representa al 30 por ciento, según lo aludido por el general Gaytán. Pero se equivoca porque en realidad representa el 53 por ciento que votó por él. Creo que el general Gaytán no sabe sumar.

¿Cuál ha sido la reacción de las fuerzas armadas ante sus nuevas encomiendas?

—Reaccionan felices. Dicen que no les gustan, pero claro que les gusta porque los hace necesarios, les da poder. Cuando las fuerzas armadas dicen que algo no les agrada es porque sí les gusta. Sí les ordenan: ‘cuida a migrantes’. Responden que esa no es un su misión, pero la van a tener que hacer por lealtad. Cuidar a migrantes le da funcionalidad a las fuerzas armadas. Les amplia la misión y la necesidad que tiene de ellas el Ejecutivo federal. Cuando Felipe Calderón les ordenó combatir el narcotráfico y que eso era una guerra, primero dijeron que no. Siempre dicen “no” para que el presidente les ofrezca otras cosas y estar contentos. Calderón les aumentó sus ingresos y en paralelo, los beneficios sociales. Les concedió sobresueldos por combatir en zonas de guerra y becas para los hijos en escuelas privadas. Estaban felices. Se peleaban por ir a combatir en enclaves de conflicto contra grupos criminales.

¿No es contradictorio que durante la campaña electoral AMLO haya prometido sacar al Ejército del combate al narcotráfico y proceda justo al revés?

—Eso no me asusta. AMLO efectivamente prometió que sacaría al Ejército del combate al narcotráfico. Pero fue un discurso de campaña. En todo el mundo, los candidatos, para ganar votos, dicen una cosa y cambian de opinión al llegar al poder. Aquí había una opinión pública pacifista que López Obrador la supo atraer y luego cambio de opinión.

¿Se manifiesta también en el apuntalamiento del Ejército para crear la Guardia Nacional?

—Exactamente. Sin el Ejército el proyecto de la Guardia Nacional sería un fracaso. Y sería la debacle de la iniciativa de reformar las instituciones de seguridad del país. El presidente ha cambiado las instituciones de seguridad favoreciendo la participación militar en ellas. Deshizo la Secretaría de Gobernación y creó la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, donde insertó la Guardia Nacional. Cambió el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen) por el Centro Nacional de Inteligencia (CNI), a cargo de un militar. Otra reforma es el desmantelamiento de la Policía Federal (PF) en favor de los militares. A los militares nunca les gustó la PF, aunque alguna parte de esa corporación funcionó bien.

¿La militarización del país es un hecho?

—Pero en México no es anticonstitucional. Hay quienes dicen que el proceso de militarización del país empezó en 2006-2007 con Felipe Calderón. Eso es un error completito. La militarización de México empezó en el año de 1821. En las zonas rurales es la palabra máxima de autoridad.

¿Un indicador importante sería revisar el presupuesto anual destinado a las fuerzas armadas?

—El presupuesto beneficia a las fuerzas armadas. Sí el presidente tratara mal a los militares, les aplicaría la misma política de austeridad salarial que en todas las secretarías de Estado. No los ha tratado mal en materia salarial y en beneficios sociales no les ha quitado uno solo. Que les caiga mal, es otra cosa. Y los retirados tampoco han sido afectados. Ellos, a nivel de general tres estrellas, perciben un ingreso superior de alrededor de 90 mil pesos al mes. Que no se quejen. Son una burocracia privilegiada.

Por otro lado, AMLO ha decretado el fin de la guerra contra el narcotráfico; pero el crimen organizado sigue mostrando su poderío.

—El presidente decretó el fin de la guerra contra el narcotráfico; pero es un mal decreto, por una razón: con una de las partes que decrete la guerra, hay guerra. El narcotráfico no ha decretado la paz ante el gobierno y cada vez ha incrementado más sus acciones. En Culiacán, Sinaloa, ha demostrado una capacidad de fuego inaudita y evidenció una operación fallida. Los hechos del 17 de octubre son el primer gran fracaso de la guerra contra el narcotráfico. Entonces, con que alguien le decrete la guerra al Estado mexicano, hay guerra, le guste o no al presidente. El gobierno tiene la obligación de defenderse a sí mismo y a la población civil de las ofensivas del narcotráfico. El narcotráfico está activo. Están metiendo al país armas de muy alto calibre en la preparación para un nivel superior de combate. En días pasados han capturado a un niño de nacionalidad estadunidense cruzando la frontera con un fusil Barrett. El presidente puede decir que no hay guerra; pero sí la hay. Lo que pasó en Sinaloa es muy grave. Normalmente el narcotráfico la pensaba mucho en atacar instalaciones castrenses en forma directa. Ahora pasaron a una etapa superior de la guerra al arremeter contra unidades habitacionales militares. El Ejército tendrá que proteger esas zonas habitacionales o ya no tener a sus familiares en regiones de alto nivel de conflictividad.

El gobierno persiste en la estrategia de ir por los líderes de los cárteles de la droga.

—Esa es una estrategia de Estados Unidos que el gobierno de México ha asimilado. En el Ejército se creó el Grupo de Análisis de Información del Narcotráfico (GAIN) reforzado por el decreto de guerra anunciado al inicio del sexenio de Felipe Calderón que ha tenido gran éxito en la captura de jefes criminales. Y es cierto que esas capturas han provocado divisiones, fragmentaciones y movimientos territoriales de las organizaciones delictivas. Por ejemplo, los Beltrán Leyva que eran miembros del Cártel de Sinaloa, se movieron al sur, hacia Guerrero y Morelos; se crearon La Familia Michoacana, Los Caballeros Templarios; al Cártel del Golfo se le seccionaron Los Zetas; estos fueron desmantelados por la Marina en una operación militar de largo aliento, muy exitosa, principalmente en Veracruz.

En este marco, Estados Unidos ha ofrecido ayuda directa para combatir al narcotráfico.

—Es una respuesta lógica tomando en cuenta que ya han muerto ciudadanos estadunidenses en una reacción, al parecer, del mismo grupo criminal, el Cártel de Sinaloa. Ellos piden la extradición de Ovidio Guzmán, van por él, lo detienen y luego lo liberan. Después, una fracción del mismo cártel ataca a nueve inocentes, entre mujeres y niños, de la familia LeBarón. Es lógico que Donald Trump haga esa propuesta con energía. Él es así y además tiene que hacerlo. La doctrina de protección de los ciudadanos estadunidenses fuera de su país tiene más de cien años. Donde haya amenaza a ciudadanos de Estados Unidos siempre les brindarán protección. Y en este caso, fue muy desgraciada la operación en Culiacán y después en el norte de Sonora. Ya afectó a ciudadanos estadunidenses inocentes. Trump se vio obligado por las circunstancias y porque es una persona belicosa. Está en la lógica de su pensamiento. Manda un mensaje a México que no ha dicho explícitamente: “No me gusta tu estrategia de paz porque no está dando resultados”. Lo que coincide con la opinión pública estadunidense y mexicana.

¿Lo que parece haberle gustado a Trump es la política de contención de migrantes?

—Porque ellos la pidieron, con la presión propia de un gobierno poderoso como el de Estados Unidos de imponer aranceles. Fue una estrategia muy hábil de Donald Trump para que la Guardia Nacional se dedique al control de migrantes. Es una política de hace 20 años. Solo que antes la aplicaba el Instituto Nacional de Migración y ahora el Ejército. Además se hace con más intensidad.

¿Entonces México se encamina a jugar el papel de “tercer país seguro”?

—Ya es un tercer país seguro. El gobierno de México lo hace sin aceptar la realidad. México está fungiendo como un tercer país seguro. Un concepto de Naciones Unidas elaborado después de la Segunda Guerra Mundial. De facto, México ya lo es. Detener a migrantes en albergues, a la espera de la tarjeta de refugiado de Estados Unidos, es de hecho un tercer país seguro. Aunque el canciller mexicano Marcelo Ebrard lo niegue. Nunca lo aceptara formalmente. Es como decir: “México está en paz”; pero no, México está en guerra. Es la realidad.

¿Hasta cuándo será válido seguir culpando de esta situación a los gobiernos del pasado?

—Los gobiernos mexicanos siempre han imputado a los estadunidenses de ser consumidores de droga y traficantes de armas; ahora le agregan al discurso la culpa a los gobiernos anteriores. Pero en la medida que pasa el tiempo, la responsabilidad de los gobiernos anteriores se diluye y todo se le carga a la administración en turno. Es un argumento que en determinado momento debe cambiar. Se tendrá que reconocer: “Mi estrategia en el primer año no ha dado resultados y voy a dar un salto estratégico”. Esto ya no es asunto de gobiernos anteriores. Esto se ve venir poco a poco. Lo de Culiacán, el incidente con la familia LeBarón, el incremento de la acción criminal en Guerrero, Michoacán, Ciudad Juárez, ponen en duda la estrategia del gobierno.

¿Cómo recomponer las relaciones entre el Ejecutivo y los militares?

—AMLO gobernará, quiérase o no, cinco años más y está obligado, junto con el secretario de la Defensa, a reconstruir la relación con los militares porque debe haber una línea de mando clara. Él es el jefe máximo del Ejército y el secretario de la Defensa es su intermediario. Los militares retirados son ciudadanos. Pueden expresar lo que quieran, pero sin uniforme. Están politizando un asunto que no debe ser politizado. En ninguna parte del mundo, militares uniformados cuestionan de esa manera a los presidentes. Es un caso inédito en América Latina. 600 uniformados hablando mal y aplaudiendo un discurso negativo contra el presidente. Eso es falta de lealtad. El principio toral del Ejército Mexicano es la lealtad. ¿Quieren expresar su opinión contra el presidente? Bienvenidos. En la UNAM se les puede publicar lo que quieran. Pero sin uniforme. Y no haciendo foros en instalaciones militares. Que lo hagan en algún hotel. Con corbata, con traje. Que llamen a 500 periodistas. Que digan lo que quieran. Pero sin uniforme. Las críticas son bienvenidas, pero sin uniforme. Uno de los derechos más preciados es la libertad de expresión. Que la ejerzan como ciudadanos, no como uniformados.

¿Se deben cuidar las formas?

—Las formas son fondo en este caso porque el uniforme es un valor muy importante.

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Perfil

Raúl Benítez Manaut (1958) es licenciado en Sociología por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), maestro en Economía y Política Internacional por el Centro de Investigación y Docencia Económicas y doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM.

Sus líneas de investigación comprenden temas como seguridad y defensa nacionales, fuerzas armadas, narcotráfico, geopolítica, conflictos y negociaciones de paz.

Es investigador del Centro de Investigaciones sobre América del Norte (CISAN) y profesor del posgrado en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

También ha sido profesor de la Universidad de Columbia en Nueva York, del Centro de Estudios Hemisféricos de la Universidad de la Defensa de Estados Unidos, del Centro de Estudios Superiores Navales, del Colegio de la Defensa Nacional e investigador visitante del Woodrow Wilson Center de Washington.

Es presidente del Colectivo de Análisis de la Seguridad con Democracia (Casede), miembro activo de la Latin American Studies Association y de la Asociación Mexicana de Estudios Internacionales.

Es autor de La teoría militar y la guerra civil en El Salvador (UCA Editores, San Salvador, 1989); Seguridad hemisférica: debates y desafíos (CISAN-UNAM, México, 2005); Seguridad y defensa en América del Norte (Woodrow Wilson Center, Washington, 2010) y del Atlas de la seguridad y la defensa de México (Casede, México, 2016).