Los últimos cinco días de Edgar Allan Poe

Francisco R. Pastoriza / Periodistas en Español
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En octubre de 1849, con cuarenta años, el destino había decidido conceder a Edgar Allan Poe una última oportunidad. Un editor de Filadelfia estaba dispuesto a financiar el sueño de su vida: una revista literaria de cuya línea y contenidos sería responsable el escritor.

Su trabajo como crítico había elevado a otras publicaciones (Graham’s Magazine, Evening Mirror, Broadway Journal) a unas cifras de venta desconocidas hasta entonces en el mundo del periodismo cultural. En una ocasión anterior su afición a la bebida había desbaratado la posibilidad de tener una revista propia. Esta era, pues, su última oportunidad.

Prematuramente envejecido, dañado su organismo por el alcohol y el opio y su espíritu por la muerte de su esposa, de la que estaba profundamente enamorado, consciente de que era la última oportunidad para librarse de la miseria que le había perseguido toda la vida, Poe viajó a Baltimore para aceptar la oferta. Allí tenía que tomar a Filadelfia un tren que salía horas más tarde.

Nunca llegó a embarcarse en ese tren. Cinco días después uno de sus editores lo encontró en una taberna miserable, rodeado de borrachos y en un estado desastroso, totalmente ebrio, prácticamente inconsciente y vestido con ropas harapientas llenas de vómitos y suciedad. Poco después, el 7 de octubre de 1849, moría en un hospital de la ciudad.

Desde ese momento la leyenda se mezcló con la realidad para alimentar una biografía fabulosa que el mismo Poe hubiera firmado, aficionado como era a inventarse aventuras, viajes y peripecias fantasiosas. Esos cinco días, de los que Poe pudo llegar a decir que no recordaba absolutamente nada, dispararon las especulaciones de sus contemporáneos, sobre todo de aquellos escritores que se habían visto perjudicados por sus críticas, que llegaron a elaborar las más disparatadas elucubraciones sobre su itinerario en ese tiempo (como el obituario que escribió su enemigo literario y albacea Rufus Griswold en el New York Tribune).

La realidad parece haber sido más prosaica. En aquellos días se celebraban elecciones. Militantes de algunos partidos políticos utilizaban a los borrachos de las tabernas para llevarlos a las urnas a votar por sus representantes a cambio de asegurarles bebida para varios días. Poe debía encontrarse en una de esas tabernas mientras esperaba el tren a Filadelfia. Todo parece indicar que fue víctima de uno de estos enredos.

Edgar Allan Poe no había tenido una vida fácil. Huérfano desde los tres años, pasó a ser el protegido del matrimonio Allan (del que tomó su apellido), que nunca llegó a adoptarlo legalmente, pese a la voluntad de la señora Allan en ese sentido. Esta negativa provocó continuos enfrentamientos con su protector que terminaron con el abandono de su hogar y su refugio en casa de unos parientes, su tía María Clemm, quien lo acompañará y protegerá hasta su muerte, y su prima Virginia, con quien acabó casándose a los veinticinco años cuando ella tenía sólo trece.

Asediado por el hambre y la miseria decidió seguir una carrera militar en West Point. De aquellos días sólo va a conservar el recuerdo de sus camaradas, que financiaron la publicación de uno de sus libros de poemas, y la capa del uniforme de cadete que lo acompañó toda su vida: la misma que sirvió como cobertor en la cama de la moribunda Virginia y con la que recorrió el camino hasta el cementerio durante el entierro.

Su vida transcurrió entre continuos cambios de ciudad y de domicilio, siempre con Mrs. Clemm y con Virginia, entre el vértigo de montaña rusa que suponían sus cortos periodos de sobriedad y las borracheras más espantosas, preso de un alcoholismo al parecer heredado, que dañaba su organismo, aun consumiendo pequeñas dosis.

Conoció el éxito y la fama, primero como crítico y luego como escritor, y las salas se llenaban para escucharlo recitar su poema El cuervo, todo un espectáculo, según testimonios respetables. Pese a todo, la fortuna le fue siempre adversa y la miseria lo persiguió toda la vida.

A la muerte de Virginia intentó rescatar su pasado a través de las mujeres de su adolescencia y juventud. Su fracaso lo sumió nuevamente en el alcohol. Siguió escribiendo y publicando con desigual fortuna hasta que la oportunidad de volver a la crítica literaria desde la dirección de una revista despertó nuevamente sus esperanzas.

La obra de un precursor

El adolescente Edgar Allan Poe quería ser poeta y, siempre con la oposición de su protector, escribía a escondidas versos influidos por las lecturas de Walter Scott y Lord Byron. En la universidad destacó por su inteligencia y creatividad, aunque, asediado por deudas de juego que su protector siempre se negó a pagar. Tuvo que abandonar los estudios y seguir una carrera literaria independiente, sin apoyos ni financiación.

Fuera ya de su familia de adopción publicó Tamerlán y otros poemas (1827) y Al Aaraaf (1829), sin ningún éxito. La pobreza lo empujó a escribir cuentos, un género mejor aceptado por los lectores. Descubrió entonces que tenía un estilo muy personal al que había trasladado su vena poética y su obsesión por los temas macabros y angustiosos: la muerte, los cementerios, los cadáveres enterrados en vida, el terror…

Sus cuentos triunfaban y se vendían y su fama empezaba a crecer. El premio a El escarabajo de oro, una de las obras maestras universales de la narrativa corta, lo encumbró en un éxito que se prolongó con su poema El cuervo, una conquista que saciaba su ansia de triunfar con la poesía, un género que le había deparado grandes frustraciones.

Entre sus cuentos hay que distinguir los macabros y necrofílicos (El gato negro, El tonel de amontillado, El entierro prematuro) de los ‘analíticos’, aquellos en los que trata de introducir otros valores literarios (El cuento mil y dos de Scherezade, El camelo del globo, El rey peste. Relato en el que hay una alegoría). Además de una novela frustrada, Poe siguió escribiendo poesía (“Eureka”, 1848), relatos policiacos (La trilogía Dupin), cuentos de ciencia-ficción y de terror, género este último en el que consiguió trasladar al lector sensaciones estremecedoras (véase La caída de la casa Usher) y la creación del género gótico, tan en boga en la actualidad.

A 170 años de su muerte, Edgar Allan Poe sigue siendo uno de los escritores más leídos y sus obras son con frecuencia adaptadas al cine y la televisión. En España, Edhasa ha publicado sus Cuentos completos, traducidos por Julio Cortázar (hay también edición en dos tomos de Galaxia-Gutenberg: “Todos los cuentos”, I y II) y su biografía más fidedigna (Poe. Una vida truncada, de Peter Ackroyd), que añade nuevas investigaciones a las ya clásicas de Julio Cortázar, Hervey Allen y Arthur Hobson Quinn, que se leen, todas ellas, como si fuesen novelas fascinantes.

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