El objetivo es Obrador, no Salmerón

Humberto Musacchio
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El actual gobierno está bajo asedio. Si hiciera falta, lo muestra la sucia campaña contra Pedro Salmerón porque llamó “valientes” a los guerrilleros, lo que no significa estar de acuerdo con su línea de acción aunque, en efecto, se requiere valentía para jugarse la vida por una causa.

Salmerón, reconocido historiador, escribió sobre Eugenio Garza Sada: “El recio empresario, de 81 años de edad, no estaba dispuesto a dejarse secuestrar para alimentar la violencia y anunció que haría frente a quienes lo intentaran. Sus dos escoltas aceptaron el riesgo, de modo que cuando un comando de valientes jóvenes de la Liga Comunista 23 de Septiembre intentó raptarlo, se desató una balacera en la que perdieron la vida don Eugenio y sus escoltas Bernardo Chapa y Modesto Hernández y dos de los guerrilleros”.

Chapa y Hernández por supuesto estaban armados, pero también el propio Garza Sada, “que murió pistola en mano”, escribió Enrique Krauze (Reforma, 22/Sep./19). Como puede verse, el trato de Salmerón es por completo respetuoso del empresario, a quien se refiere como “don Eugenio”, cita a los pistoleros de éste por sus nombres y ni siquiera dice cómo se llamaban los guerrilleros muertos. En ningún momento llama a Garza Sada promotor del sindicalismo blanco ni cosa por el estilo, pero nada impidió el linchamiento del director del INEHRM.

Para encender la hoguera inquisitorial se pasó por alto la cerrazón gubernamental, el hecho de que durante la Guerra sucia las cárceles estuvieran repletas de presos políticos y que para los jóvenes que exigían justicia y democracia la respuesta fuera la represión, precisamente cuando gobernantes como Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez pisoteaban la Constitución y mantenían cerrados los caminos para toda disidencia.

Invariable, vergonzosamente, los que lincharon a Salmerón han guardado siempre un ominoso silencio ante atrocidades como la tortura a los guerrilleros que caían en poder de las fuerzas gubernamentales, nada dijeron cuando se supo que los torturadores aplicaban descargas eléctricas a bebés en presencia de las madres de esas criaturas, se quedaron calladitos cuando se denunciaba que guerrilleros o simples sospechosos detenidos eran echados al mar desde helicópteros sobre bancos de tiburones.

Ninguno de esos moralistas de pacotilla levantó la voz frente al crimen masivo de Tlatelolco en 1968 o ante la infame matanza del 10 de junio de 1971. No se oyó una sola protesta de esos mismos fiscales/jueces cuando en Guerrero pueblos enteros eran arrasados por las “fuerzas del orden” que asesinaban a hombres, ancianos, niños y también a mujeres y niñas después de violarlas tumultuariamente.

No se sabe que hayan denunciado los fallos absolutamente injustos y antijurídicos del siniestro juez Eduardo Ferrer MacGregor, mismos que mantuvieron en prisión a centenares de luchadores sociales. Ni una queja levantaron cuando el asesinato de Rubén Jaramillo, sus hijos y su esposa embarazada. A ninguno de ellos le molestó que Demetrio Vallejo, Valentín Campa y otros mexicanos pasaran años en la cárcel por ejercer el derecho constitucional de huelga.

De esos fiscales/jueces no se conoce alguna expresión de solidaridad con el dolor de Rosario Ibarra de Piedra y miles de madres mexicanas que, como ella, durante décadas han tocado todas las puertas en la conmovedora búsqueda de sus hijos. Ni una palabra salió de los linchadores para exigir la presentación de los “desaparecidos” a quienes se negó todo recurso legal, como se les negó también a los 500 asesinados por el gobierno de Luis Echeverría.

José López Portillo abrió la puerta a la pacificación del país por atribuir la violencia de los guerrilleros a “su vocación de justicia”, lo que derivó en una ley de amnistía y en la localización de varias decenas de “desaparecidos” políticos, pero mantuvo en la impunidad a los asesinos, torturadores y secuestradores a sueldo del Estado. Y ante ese hecho no hubo reclamación alguna de los émulos de Charles Lynch.

Pero el objetivo principal no era Salmerón, sino Andrés Manuel López Obrador. Con su proverbial elegancia, lo confirmó Vicente Fox en su regreso sin gloria al PAN: “Hay que darle en la madre a esta cuarta transformación”. Guerra civil, pues.