Política industrial: Cualquier taco es cena

Jorge Faljo
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Las perspectivas de crecimiento de la economía mundial se han venido enfriando. Ahora se calcula que el crecimiento global será un modesto 2.6 por ciento en 2019. Estados Unidos crecerá 2.3 por ciento y México estaría de nuevo a la zaga con un crecimiento proyectado por el Banco Mundial de tan solo 0.6 por ciento para este año.

El crecimiento de nuestro país estará por abajo del incremento de la población. Es decir que en términos per cápita será negativo. Estadísticamente hablando todos nos empobreceríamos un poco; en la práctica unos más que otros, y muy probablemente con las excepciones de costumbre en donde una selecta minoría podrá seguir enriqueciéndose.

Dentro del agregado de bajo crecimiento destaca que la actividad industrial registra una contracción del uno por ciento respecto al año pasado. Y que la manufactura crecerá en apenas un 0.3 por ciento.

Ante expectativas que a lo largo del año han evolucionado de malas a peores la secretaria de Economía, Graciela Márquez, declaró que nuestro país está bajo la sombra de la recesión económica pero que tiene la capacidad de resistir y enfrentar las dificultades económicas latentes a nivel mundial. También dijo que el panorama mundial ofrece formas y modelos distintos para hacerle frente a esos desafíos. En esto último tiene toda la razón; la globalización se resquebraja, el comercio mundial ya no es el motor del crecimiento global y el proteccionismo avanza, en particular en Estados Unidos.

Diseñar nuevos modelos y estrategias no solo es cosa de aprovechar oportunidades, sino que es un imperativo de supervivencia. Somos un país híper globalizado, nuestro cliente básico es Estados Unidos y si éste tiene un crecimiento raquítico y, además, un presidente que continuamente nos amenaza con aranceles y restricciones comerciales, es hora de jugar a la defensiva.

Por eso, el anuncio de la Secretaría de Economía de que tendríamos una nueva política industrial sonó muy alentador. Una estrategia de ese tipo tendría la mayor relevancia después de que durante varias décadas se sostuvo abiertamente que la mejor política industrial era simplemente no tener ninguna. Es decir que la conducción del crecimiento se dejó enteramente en manos del papel que el mercado global le asignó a la economía nacional.

Contar con una política industrial es un viejo reclamo empresarial. El presidente de la Confederación de Cámaras Industriales (Concamin), Francisco Cervantes Díaz, señaló que México no tiene una política industrial desde hace 30 años. En palabras de otro líder empresarial, el presidente del Consejo Coordinador Empresarial, somos un gran país exportador pero el contenido mexicano de lo que vendemos es escaso. Lo que podemos traducir en lo que ya sabemos, que tenemos una industria de ensamblado de componentes importados y orientada a la exportación. En sentido contrario la vieja base industrial orientada al mercado interno fue en su mayor parte destruida.

Así que es imperativo cambiar de rumbo y al mismo tiempo podemos aprovechar las oportunidades que surgen del evidente fracaso neoliberal en México y el mundo, y el cambio de estrategias en otras latitudes.

Así que es imperativo cambiar de rumbo y al mismo tiempo podemos aprovechar las oportunidades que surgen del evidente fracaso neoliberal en México y el mundo, y el cambio de estrategias en otras latitudes.

Pero el entusiasmo ante el anuncio de una política industrial se desvaneció casi de inmediato cuando la secretaria Graciela Márquez apunta como parte de nuestras fortalezas que somos una de las economías más abiertas; que tenemos tratados comerciales con 48 países y que estamos tratando de agilizar la aprobación del T-MEC y entretanto se mantiene en vigor el TLCAN que ha mostrado ser una palanca de crecimiento desde hace más de 25 años. Una visión que no se distingue del neoliberalismo ramplón de las anteriores administraciones.

La nueva política industrial la presentan como un decálogo con los siguientes planteamientos: Promover una mayor competencia económica, aprovechar la apertura comercial; mejora regulatoria que reduzca costos, generar un entorno de negocios amigable que dé certidumbre y atraiga inversiones nacionales y extranjeras. Estas y otras más cucharadas de lo mismo.

No basta. Es el momento de lanzar una estrategia decidida de substitución de importaciones que eleve el componente nacional en la producción de exportación y en la destinada al mercado interno. De hecho, avanzamos en ese sentido, pero a regañadientes y porque lo impone el gobierno estadunidense que exige que substituyamos importaciones del sureste asiático por componentes originados en la región de América del Norte.

Habría que aprovechar las exigencias de Estados Unidos y Canadá para ir más lejos. Estados Unidos demanda un comercio más equilibrado con México. Nosotros aprovechamos nuestro superávit comercial con Estados Unidos para financiar un déficit comercial con China de más de 75 mil millones de dólares al año. Lo peor es que le compramos productos tecnológicos sofisticados y componentes industriales y le vendemos materias primas de bajo valor agregado. Nos hemos posicionado como país bananero frente al gigante asiático.

Hay que reorientar la relación comercial con Estados Unidos y Canadá para convertirnos en proveedor substituto de insumos chinos y al mismo tiempo en un mejor cliente. Ese espacio nos lo puede abrir el conflicto comercial entre Estados Unidos y China. Una estrategia industrial de substitución de importaciones no podría ser criticada desde el norte porque es justo lo que se están planteando en Estados Unidos tanto demócratas como republicanos.

La política industrial planteada habla de competencia en lenguaje de política globalizada; lo que no ha llevado a nada. Necesitamos una fuerte inyección de competencia inmediata originada en una devaluación moderada combinada con regulación del comercio exterior. Se trata sí, de instrumentar nuevas tecnologías, pero sobre todo de emplear el total de las capacidades instaladas y de reactivar mucho de lo que ya hacíamos.

La industrialización de Estados Unidos, Japón, Alemania y otros se caracterizó por la conducción estatal y no por el neoliberalismo a ultranza.