¿Trágico retorno de lo mismo o un modelo alternativo?

 

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos

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El gobierno federal encabezado por Andrés Manuel López Obrador presentó al Congreso de la Unión el Paquete Fiscal para el ejercicio del año 2020, el cual incluye varias iniciativas para aumentar los ingresos.

 

Con un credo neoliberal teológicamente derrumbado pero sostenido por intereses generados a lo largo de casi cuatro décadas (monopolios y cárteles bancarios y financieros), el gobierno de la llamada cuarta transformación tendrá apenas margen de maniobra para sortear todo lo que esto significa (evasión fiscal, privilegios fiscales y pago de intereses de una deuda pública que año con año se incrementan), pero tendrá la oportunidad de ofrecer algunas pinceladas para respaldar que lo suyo no es sólo una cuña de campaña y comenzar a fijar algunas líneas específicas de su propuesta.

 

Por ello, es de esperarse que este paquete fiscal abone a la sana discusión de la cacareada y pretendida separación del poder público del económico, tan necesaria frente al desmantelamiento de las instituciones y al gobierno paralelo o súper-puesto del poder fáctico más visible y sin ninguna responsabilidad.

 

Será una buena oportunidad para profundizar el debate y procurar el establecimiento de un modelo alternativo que supere a ogros filantrópicos y ogros salvajes, engendros de pesadilla, tan devastador uno como el otro que han terminado por devorarse a sí mismos y que ya no son opción.

 

Ya se verá en qué consisten los “ajustes” anticipados respecto de las leyes del Impuesto Sobre la Renta (ISR), Impuesto al Valor Agregado (IVA), Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) y Ley Federal de Derechos (LFD), Ley de Ingresos sobre Hidrocarburos (LISH), así como al Código Fiscal de la Federación (CFF), con los cuales el gobierno buscará más ingresos, aunque al mismo tiempo se dice que no se van a aumentar ni a crear nuevos impuestos.

 

El paquete fiscal está conformado por la Ley de Ingresos, el Presupuesto de Egresos y los Criterios Generales de Política Económica, documentos que suponen las estimaciones de las acciones recaudatorias, la ejecución del gasto y cómo se  actuará.

 

Lo interesante será ver si con este documento el gobierno envía señales de que la “transformación” estará respaldada por hechos, y de que se van a dar los pasos iniciales para el establecimiento de un modelo político-económico que trascienda dogmas perniciosos.

 

        Hasta ahora, los lances para ello no han sido determinantes, quizás por cálculo político, pero lo que se requiere es que México deje de ser un país de ogros. Porque volver al estribillo totalitario de “Papá gobierno sabe lo que hace” o insistir en el fundamentalismo también totalitario envuelto en fachadas democráticas que busca aniquilarlo (neoliberalismo), con promesas de paraísos en ambos casos, no va a llevar más que al muy mexicano “eterno retorno de lo mismo”, no porque suponga una vida intensa y feliz, digna de volverla a vivir, según el postulado nietzscheano (Así habló Zaratustra), sino por la tragedia que lo caracteriza.

 

Si la cuarta transformación sugiere algo, tendría que ser el desmantelamiento de un sistema económico (y político) lleno de contradicciones y simulaciones que afirma, por ejemplo, fomentar la competencia al tiempo que amplía y consolida monopolios; también  potencia un capitalismo híper-especulativo pero dice beneficiar la inversión productiva (al final termina destruyéndola); busca recaudar más impuestos aunque aplica exenciones fiscales a sus patrocinadores o socios; quiere un “Estado mínimo o inexistente” para el saqueo institucionalizado pero un “Estado máximo” para solventar sus fraudes (como el Fobaproba e IPAB); se asume como partidario de la democracia, la libertad y el Estado de derecho pero los socava y destruye; para colmo, dice combatir como un cruzado la pobreza aunque la aumenta en forma grosera y consistentemente, ampliando la brecha entre los cada vez muy ricos y los cada vez más pobres.

 

Cuando los modelos han mostrado sus “límites” y agotado su verbo al privilegiar el saqueo y la acumulación por la acumulación, “transformación” tendría que significar “revolución”.

 

El Paquete Fiscal habrá de ofrecer indicios respecto de si la cuarta transformación proyecta giros sustanciales, o si se trata de una “revolución conservadora” más, al estilo neoliberal.

 

Por lo pronto, el fenómeno vergonzante y de urgente atención es, no la pobreza como insisten los “neoliberales”, sino la desigualdad. Atender el efecto (pobreza) mediante políticas distributivas debe ser una acción de corto plazo, en tanto que enfrentar las causas (desigualdad) supone medidas fiscalmente “revolucionarias” para quitarle lo conservador y salvaje al Ogro.

 

 

 

 

El Ogro Salvaje, de plácemes con AMLO

 

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos

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De acuerdo con los datos hasta del propio presidente de la república, Andrés Manuel López Obrador, en materia económica no hay nadie que pueda festejar nada a un año de gobierno, y esto se explica por el simple hecho de que los nudos del Ogro Salvaje permanecen todavía en espera de lances algo más que “mañaneros”.

 

Salvo el magnate Carlos Slim, quien consideró que México “es un paraíso que se puedan tener tasas de interés de 8 por ciento en Cetes”, cuando en Europa, Suiza y Japón es negativa, mientras en Estados Unidos es de 1.5 por ciento, y sin duda otros fieles de las finanzas híper-especulativas, no se asoma de manera generalizada el optimismo rebosante –nada fingido– del tipo del personaje en cuestión. No todos están de plácemes.

 

Es normal que nadie quiera hablar del rentismo especulador que elogió y del que tanto gusta Slim, esto gracias a la tasa de referencia del Banco de México, y menos refutar un hecho a ojos vistas que ha puesto patas pa´rriba a las finanzas nacionales, la venta de bienes y servicios y el consumo en general.

 

Que los sondeos de opinión indiquen que el presidente López Obrador parece estar blindado hasta de sus propias pifias, no quiere decir que, en efecto, sobre la economía se esté horneando una “revolución” que va a modificar las cosas, si bien las políticas asistencialistas están bañando de beneficios a sectores como los jóvenes y adultos mayores.

 

De hecho, debe resultar más que preocupante el tono tanto de Slim como del dirigente del Consejo Coordinador Empresarial, Carlos Salazar, luego de un acuerdo mediante el cual el país supuestamente se va a ahorrar más de 4 mil millones de dólares con el acuerdo alcanzado por la Comisión Federal de Electricidad (CFE) con la mayoría de las empresas constructoras de los gasoductos que le suministrarán el combustible; acuerdo que, se dijo, se sustentó de manera primordial en la modificación del esquema tarifario, que pasó de ser un pago por financiar los ductos a un precio por el transporte del gas.

 

De esa manera, se estableció que se logró una reducción de 28 por ciento, en promedio, que permitirá a la CFE reducir la erogación proyectada de 12 mil millones de dólares a 7 mil 500 millones, ahorrándose también un pleito en instancias internacionales por varios millones de dólares.

 

“México tendrá acceso al mercado de gas más barato del mundo, que permitirá sustituir el uso de diésel y el combustóleo, con un costo de entre una cuarta y una tercera parte del precio que se paga actualmente por éstos, además de ser mejor para el medio ambiente”, según Slim.

 

Por si alguien no se acuerda, algo similar se deslizó respecto de las tarifas telefónicas cuando el multimillonario obtuvo, a precio de tianguis, la empresa Teléfonos de México (Telmex), monopolio que ha hecho y deshecho durante las últimas tres décadas con el apoyo del aparato institucional supuestamente antimonopolios que se diseñó, pero que sigue protegiéndolo.

 

A final de cuentas, Slim y compañía lo saben: los acuerdos de un sexenio  a otro pueden variar, y mientras haya un paraíso del “8 por ciento” no hay nada qué temer. 

 

Eso por un lado. Por el otro, el hecho de que ahora ni a Slim ni al dirigente empresarial mencionado les preocupe el estancamiento económico característico del neoliberalismo, y se trepen al carruaje del “desarrollo” (social) tripulado hasta ahora por el presidente.

 

Pensadores antineoliberales son los que han venido defendiendo la idea de que el desarrollo es un derecho ciudadano, por eso resulta más que sospechoso que estos neoliberales hayekianos a ultranza ahora se muestren partidarios incluso de eso que se conoce como “estructuralismo latinoamericano”, con el caribeño William Arthur Lewis y el argentino Raúl Prebisch como principales ideólogos, según diversos estudiosos.

 

Más sospechoso todavía es que las agencias de opinión de la economía (mal llamadas “calificadoras de riesgo”) se hayan mostrado de plácemes por el acuerdo logrado. 

 

Todo el regocijo del Ogro Salvaje va más allá del “cordial acuerdo”: quizás a regañadientes, pero al final los inversionistas están incursionando en la industria energética, no conforme a la cuarta transformación, sino a las supuestamente vilipendiadas “Reformas Estructurales”. Por eso el regocijo.