Presupuesto insuficiente

Jorge Faljo
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Este fin de año la discusión del PEF, el Presupuesto de Egresos de la Federación, apunta a ser particularmente álgida. La Secretaría de Hacienda acaba de entregar el domingo 8 a la Cámara de Diputados su propuesta para el 2020. En ella se dará la discusión central y deberá haber un presupuesto aprobado por mayoría el 15 de noviembre a más tardar.

No hay documento de política pública más importante, pues en él se señala el monto a gastar y, más importante, como se van a distribuir los dineros del gasto público. Lo que incluye a los tres poderes de la Federación, Ejecutivo, Legislativo y Judicial, a las entidades autónomas y a los gobiernos estatales y municipales.

El presupuesto se desgaja en múltiples destinos que van del pago de los intereses de la deuda acumulada a los costos de la administración, lo destinado a proyectos de inversión, programas sociales y de impulso a la producción, pensiones y demás.  En conjunto el presupuesto es la radiografía de las prioridades, y también de las limitaciones gubernamentales.

Este presupuesto es ya el centro de disputa entre grupos y entidades con intereses legítimos pero que difícilmente caben todos bajo la cobija de la austeridad. El dinero no alcanza.

Las reacciones ante el presupuesto se pueden ver en dos niveles, en primero lugar el general y en segundo el de la multitud de intereses particulares.

En el plano general la reacción de los grandes capitales financieros y empresariales es predominantemente buena pero desconfiada. Representa bien esta posición el licenciado Gustavo de Hoyos, presidente de la Confederación Patronal de la República Mexicana cuando califica al paquete económico (ingresos y egresos) como “conservador y ortodoxo”, lo que viniendo de su parte es un elogio. Ah, pero también dijo que era “optimista y hasta soñador”. Una linda manera de expresar su escepticismo.

Desde la perspectiva financiera el presupuesto es ortodoxo porque es austero. El gobierno va a gastar menos de lo que recibirá de ingresos y el diferencial se destinará al pago de los intereses de la deuda. Con ello se contiene el incremento del endeudamiento y se genera confianza en la capacidad de pago gubernamental. Por otra parte, es optimista y soñador porque proyecta un ritmo de crecimiento y una plataforma de producción petrolera, de los que dependen buena parte de los ingresos que podrían no ser alcanzados.

Si no se alcanza un crecimiento del 2 por ciento en 2020 se verían afectados los ingresos y eso daría pie a todavía menor gasto, o endeudamiento. Y la mayoría de los analistas ubican el futuro crecimiento de ese año en alrededor del 1.4 por ciento.

Viene al caso recordar que las cifras de julio pasado señalan una baja de 10 por ciento en la captación del Impuesto Sobre la Renta respecto al mismo mes del año anterior. También bajó la entrada de IVA en 7.9 por ciento. Lo que daría pie a pensar que en lo que resta de este año podría ocurrir un crecimiento menor al previsto, incluso negativo. Para el Banco de México, en desacuerdo con AMLO, la perspectiva es de marcada incertidumbre.

El equilibrio fiscal y gastar menos de lo que se recibe, para no incrementar la deuda son bien vistos, todos opinan que es lo mejor siempre y cuando y la austeridad recaiga en los bueyes de mi compadre y no en los propios.

La Confederación de Cámaras Industriales se opone a la reducción de la inversión física, desde construcción y mantenimiento de carreteras, escuelas, hospitales y demás. No solo tendría un efecto negativo en la generación de empleo, ellos dicen, sino en el número y monto de contratos públicos, yo creo.

Es tal la preocupación que el presidente del Consejo Coordinador Empresarial, Carlos Salazar Lomelín, dijo que puede haber un pequeño margen de maniobra en la búsqueda del superávit primario; es decir que para ellos el presupuesto podría ser algo menos ortodoxo.

No son los únicos preocupados.

La Conago, que abarca a todos los gobernadores de todos los partidos, ha programado reuniones para armar un frente común y buscar que se modifique el actual proyecto. Van a pedir una reunión con el secretario de Hacienda, Arturo Herrera y todo su equipo para que no les reduzcan presupuestos, el de infraestructura y los demás.

Desde más abajo en la escala socioeconómica también surgen protestas. Si no se modifica la propuesta presupuestal los pueblos indígenas sufrirán un brutal recorte en apoyos, dijo la Red Nacional Indígena.

Por su parte el Consejo Agrario Permanente, que abarca a diversas agrupaciones de productores rurales, afirma que la reducción del 29.3 por ciento en los programas productivos de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, si no se corrige, provocará una “pronunciada caída de la producción agropecuaria”, un marcado desequilibrio en la balanza comercial correspondiente, deteriorará las condiciones de vida y la estabilidad social del medio rural. Este presupuesto contradice los compromisos presidenciales y del Plan Nacional de Desarrollo en favor del rescate del campo y la autosuficiencia alimentaria.

         Numerosas otras entidades y sectores apuntan en la misma dirección: no nos descobijen. Y este grito colectivo sobre la insuficiencia presupuestal extiende la percepción de que la solución de fondo requiere incrementar los ingresos públicos. Alfonso Ramírez Cuéllar, presidente de la Comisión de Presupuesto de la Cámara de Diputados, de Morena, acaba de señalar que “el dinero no va a alcanzar”. Considera que existe un potencial recaudatorio no explotado sin infringir la promesa de AMLO de no subir impuestos en sus primeros tres años de gobierno.

Para otros muchos, algunos inesperados, es necesaria una reforma fiscal. El presidente del Consejo Coordinador Empresarial también dijo que habrá necesidad de discutir recursos adicionales para el erario y que no sean los más pobres los que paguen esos impuestos. Lo que indica cierta conciencia del empresariado acerca de la necesidad de fortalecer el gasto público, el social y el que directamente los favorece en un contexto en que el mayor endeudamiento es inviable.

Concuerda con ellos el Fondo Monetario Internacional que en noviembre pasado le propuso al gobierno de México elevar sus ingresos e impulsar la equidad socioeconómica aumentando la progresividad del ISR, con impuestos a los ingresos financieros y a las grandes herencias y propiedades, entre otros.

Cada día es más evidente que seguir como paraíso fiscal para las grandes fortunas es un obstáculo que tendremos que saltar más pronto que tarde.

 

Desarrollar sin invertir

Jorge Faljo
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Dediqué mi entrega anterior a la relación entre crecimiento y desarrollo y me han hecho algunas preguntas que creo conveniente aclarar. Sostuve que México creció, poco y sin real desarrollo en las últimas cuatro décadas. En ese periodo la mayoría se empobreció, millones tuvieron que emigrar y hubo deterioro ambiental. La ausencia de fortalecimiento del mercado interno y la mayor inequidad se convirtieron en obstáculos a un crecimiento dinámico.

Lo más relevante en una coyuntura en que el país no crece es reflexionar sobre si es posible el desarrollo, entendido como mejoría del bienestar de la mayoría, sin que al mismo tiempo haya crecimiento.

Avanzar hacia la equidad y una mejora substancial del consumo de la mayoría sin mayor producción sería altamente conflictivo. Y tal vez ni siquiera posible, porque es evidente que tendría que acompañarse de un mayor volumen de satisfactores: alimentos, vestido, calzado, vivienda y servicios públicos. 

Desde esta perspectiva no cualquier crecimiento es apropiado. La producción para el consumo popular no ha sido prioridad en las pasadas cuatro décadas; lo que se nos dijo es que para desarrollarnos la prioridad tendría que ser la exportación. No era cierto y el modelo no creó desarrollo y el crecimiento fue minúsculo; muy inferior al de la media internacional.

Cambiar el énfasis del mero crecimiento al desarrollo implica cambiar las prioridades de producción. Y no solo el qué, sino el cómo.

Cambiar las prioridades del sector público es una decisión esencialmente política, la que tomó el pueblo de México en las pasadas elecciones; el resultado es que este régimen reorienta importantes recursos hacia las transferencias sociales, los apoyos al consumo de grupos vulnerables.

Sin embargo, el abandono del modelo nacionalista y la desatención al mercado interno, que duró décadas, nos coloca en una situación de debilidad productiva en la que el incremento del consumo popular podría tener que ser satisfecho con importaciones. No es una perspectiva; es un hecho que se acentúa desde hace muchos años. Dependemos de las importaciones en el consumo de alimentos, ropa y calzado (incluso de “paca”) y no se diga en electrodomésticos y electrónicos.

La entrada de remesas provenientes de trabajadores en el exterior ha sido una gran contribución al bienestar de millones de sus familiares. Pero no ha sido, en su mayor parte, un recurso de inversión sino un incentivador de la globalización del consumo popular. Es decir, de la mayor dependencia de la producción de transnacionales de México, China o Estados Unidos.

Las transferencias sociales tal y como han sido planteadas por la actual administración corren el riesgo de apuntalar esa tendencia: la transnacionalización del consumo popular, demandar lo que las empresas globalizadas inducen a que se compre.

Elevar de manera substancial el consumo popular sin inserción productiva de las mayorías lleva a topar con tres obstáculos: uno sería una mayor demanda de importaciones y dólares en un momento en que conseguirlos se torna más difícil; el segundo es la capacidad financiera del gobierno para ampliar una estrategia redistributiva, y ya vemos que no es mucha; el tercero es la poca disposición e incluso la posibilidad de actuar del semiparalizado sector globalizado de la economía nacional para, por medio de impuestos, cargar con el peso del asistencialismo en gran escala.

No parece viable que la inversión privada se reoriente a la producción para el consumo popular. No lo ha hecho en décadas, no es su interés, no son sus capacidades y no hay la perspectiva de alta rentabilidad. El sector de grandes empresas, el altamente favorecido por la concentración de la riqueza y que tiene la sartén de la inversión por el mango, simplemente no lo hará.

Pero no estamos ante un callejón sin salida. Es posible acrecentar la producción para el consumo mayoritario sin inversión, mediante una estrategia de reactivación de capacidades. Van ejemplos.

Hace años en un pueblo de Oaxaca pregunté a un grupo de señoras que les había parecido un curso de cría de cerdos y elaboración de productos cárnicos. Estaban contentas porque para tomar el curso recibieron una beca en efectivo. Todas declaraban tener entre dos y cinco cerdos en sus traspatios. Pero al preguntarles cuantos cerdos tenían a mediados de los años 80, dijeron que aquellos eran buenos tiempos y tenían entre 30 y 40 cada una.

Esta respuesta concuerda con las estadísticas oficiales que señalan que de 1982 a 1991 el hato ganadero nacional se redujo en 7.8 millones de cerdos, 3.5 millones de cabras, 2.7 millones de borregos, 13.9 millones de reses. Estas cifras son el resultado compuesto de la pérdida del hato campesino y del incremento de la producción de las grandes empresas. En 1992 se suspendieron estas estadísticas.

La pérdida fue incalculable en la avicultura. Una tía tenía hace unos 50 años 500 gallinas en su traspatio y producía una caja de 360 huevos al día. Decenas de miles de granjas pequeñas desaparecieron. Hoy en día no es rentable ninguna unidad de producción de menos de 100 mil gallinas y las que dominan el mercado se manejan en millones de aves.

La destrucción neoliberal se ensañó con las empresas orientadas al mercado interno. Entre 1995 y 2008 las 1,298 principales empresas textiles captadas por la Encuesta Industrial Mensual se redujeron a 611. Las 6,797 principales empresas manufactureras se redujeron a 4,352. Son números compuestos que reflejan la quiebra de miles y la creación de algunas nuevas empresas. También estas estadísticas se dejaron de generar en 2009.

Un caso que recientemente apareció en las noticias es el de la producción de amoniaco, un fertilizante. La producción nacional se redujo de 821 mil toneladas en 2010 a 450 mil en 2018; en ese periodo las importaciones crecieron de 289 a 547 miles de toneladas. Ahora AMLO plantea incrementar la producción interna mediante la reactivación de plantas que cerraron hace veinte años.

Estas y muchísimas empresas no cerraron por deterioro y dificultades técnicas, sino porque su mercado desapareció con el empobrecimiento de la población, porque lo que quedó del mercado interno se transnacionalizó, o porque el gobierno abandonó su función reguladora.

Hablando de rescates extremos, mi padre me contó que en la Segunda Guerra Mundial vio cómo por falta de llantas para vehículos, se cortaban algunos árboles para rescatar y reusar las llantas viejas que se usaban como macetas en las calles. Me vino a la memoria esta medida de rescate.

El hecho es que es posible reactivar con casi nula o muy baja inversión decenas, incluso cientos de miles de micro, medianas y hasta grandes empresas si cambiamos la estrategia de respaldo a gigantes por otra de producción interna. Esto será indispensable como parte de un nuevo crecimiento que implique desarrollo.

 

¿Por dónde, crecimiento o desarrollo?

Jorge Faljo
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Las proyecciones sobre el crecimiento de la economía de México se han modificado a la baja. Banco de México recortó su pronóstico previo a un rango de 0.2 – 0.7 por ciento para este 2019. Moody´s, una importante agencia calificadora, también redujo su expectativa a un mero 0.5 por ciento.

Ante estas malas noticias el presidente López Obrador dijo que “si nos importa el crecimiento, pero nos importa más el desarrollo” y abundó al señalar que “la gente tiene más capacidad para comprar, más poder adquisitivo, por eso no me preocupa mucho el asunto.”

Ubicado del lado del desarrollo AMLO rebajó la importancia de los datos duros y dijo: "Me interesa mucho la economía popular. A los tecnócratas neoliberales les obsesionan las cifras, los datos. El dato del crecimiento económico a mí no me dice mucho porque puede ser que (…) un grupo de empresas o bancos tengan muchas ganancias, pero ese dinero no beneficia a la gente o ni siquiera se queda en México". Sostiene que entre él de un lado, y Banxico, los expertos y las calificadoras del otro, hay visiones diferentes.

Efectivamente, existe una diferencia conceptual entre crecimiento y desarrollo aunque ello no lleva a afirmar que son opciones distintas. El crecimiento se refiere a un incremento de la producción, sea de comida, zapatos, tractores o servicios bancarios y comerciales. Se trata de un hecho cuantitativo.

Hablar de desarrollo es más complejo porque incluye aspectos cualitativos tales como el mayor bienestar, salud y educación de la población, facilitado por una distribución del ingreso más equitativa. Ahora se ha vuelto imperativo añadir otro factor, el de la sustentabilidad. Que el bienestar de hoy no se consiga a costa de depredar y envenenar la naturaleza y el mundo se convierta en pesadilla para nuestros hijos.

¿Crecimiento y desarrollo van de la mano? Eso es discutible. En las últimas cuatro décadas la economía de México creció en tanto que la mayor parte de la población se empobreció. A eso se le puede añadir que ha habido una preocupante deforestación y desertificación de buena parte del territorio, sobreexplotación de acuíferos y contaminación del aire, aguas superficiales y tierras.

Podemos compartir con el presidente su desprecio a un crecimiento que no ha sido positivo para el bienestar de la mayoría de los mexicanos, ni sustentable. Incluso forzó a millones a escapar y buscar una mejor vida en otro lado. Sí puede haber crecimiento sin desarrollo.

Pero, yendo al reverso de la medalla hay otra pregunta, ¿puede haber desarrollo sin crecimiento? La respuesta es complicada. Plantearse el desarrollo como un mayor bienestar de la población, es decir un mayor consumo mayoritario sin aumento de la producción, implica adentrarse en un intenso jaloneo de cobijas para darles más a unos a cambio de quitarles a otros.

Si la producción crece este año un 0.5 por ciento y la población se incrementa en un 1.3 por ciento quiere decir que a cada uno le toca un poquito menos. Si el reparto fuera parejo, que no lo es. En las circunstancias “normales” de una economía neoliberal el resultado de un crecimiento así de bajo sería que los más ricos siguieran enriqueciéndose y la mayoría se apretará el cinturón.

Esta administración se plantea algo distinto; que la mayoría consuma más. ¿A costa de quiénes? En principio del combate a la corrupción y de la austeridad del propio sector público, es decir reducción de salarios altos y de empleos. Bajo la lógica de la contraposición entre desarrollo y crecimiento, esta redistribución del ingreso planteada así estaría creando desarrollo.

Pero también puede ocurrir que el menor gasto público en un país como el nuestro impacte negativamente al crecimiento. Empeoraría el jaloneo de cobijas. Intentar el desarrollo sin crecimiento lleva a confrontaciones crecientes. No se trata de dejar de exportar automóviles; pero sí de producir más alimentos y bienes de consumo popular. Una mejoría del bienestar mayoritario sin fortalecimiento de la producción interna es inviable.

Mi conclusión es que el crecimiento es necesario para el desarrollo. No cualquier estilo de crecimiento. No el que ya conocemos de los últimos 40 años. Se requiere algo distinto; específicamente un crecimiento para el desarrollo.

AMLO aclara que si le importa el crecimiento, aunque no más que el desarrollo. Para lograrlo convoca al sector privado a invertir. Lo cual enfrenta ciertas dificultades. La inversión para exportar, la que hizo crecer a México, así fuera poquito, en las últimas décadas, enfrenta la perspectiva de una recesión mundial y, en particular un bajo crecimiento en Estados Unidos. Si se suma a los berrinches y amenazas casi quincenales de Trump, es una inversión arriesgada.

En una situación de mercado interno que no se expande, porque este año caerá el consumo per cápita, habrá pocas de las viejas oportunidades de inversión “tradicionales”. Así que por mucho que se le invite al sector privado no parece que se pueda esperar gran cosa. En particular si lo que se requiere expandir es la producción para el consumo mayoritario; algo a lo que no le han puesto mucha atención los capitales.

Un crecimiento para el desarrollo requiere cambiar las prioridades sectoriales del incremento de la producción: alimentos, vivienda pertinente (no los desarrollos absurdos en los que nadie quiere vivir), enseres caseros, electrodomésticos, vestimenta y calzado; todo orientado al consumo mayoritario. ¿En esto invertirían los grandes capitales? Difícil; ellos esperan jugosos contratos públicos. Lo que no está mal, pero no son la respuesta al problema.

Banco de México señaló que el estancamiento refleja una desaceleración del consumo doméstico y atonía de la inversión. No se ve cómo salir de la atonía de la inversión si no es mediante un fuerte gasto público en infraestructura; lo que supone una prioridad distinta al incremento substancial de las transferencias sociales. Aun así la inversión estaría dislocada de las prioridades para el crecimiento mencionadas en el párrafo anterior.

Entonces, ¿cómo provocar un crecimiento para el desarrollo sin inversión? Pues así, sin inversión. La estrategia para el sector social del consumo y la producción sería distinta; se deberá basar en promover la reactivación del aparato productivo subutilizado o semi-inutilizado en las últimas décadas. Existen estas capacidades adormecidas en toda la gama de la canasta del consumo popular. Despertar ese potencial productivo requiere conectar la demanda creada por los apoyos a grupos vulnerables a una producción también social. Este campo de la producción y el consumo se encuentra previsto en la Constitución y operaría de forma concertada entre el gobierno y las organizaciones de productores y consumidores. Por ahí nos vamos a ir.