Ágnes Heller y Roberto Fernández Retamar


Elena Poniatowska
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Hace unos minutos se fue la luz (como acostumbra hacerlo en la plaza de Chimalistac) borrando en la pantalla mis recuerdos de Ágnes Heller y Roberto Fernández Retamar, cuya muerte lloraba a medida que escribía todo lo que les debo. Ahora no me queda más remedio que conformarme o pensar que lo que apunté no era suficiente o no daba el ancho porque Ágnes Heller fue una gran filósofa y Roberto Fernández un poeta cubano revolucionario.

Gracias a Lukas Czarnecki, quien invitó a Heller a dar conferencias en la Universidad Nacional Autónoma de México, pude verla y escucharla, pues vino a comer a la casa. Gracias también a Judith Friedlander la escuché en una conferencia en la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, cuando Friedlander presentó a Ágnes Heller, quien visitaba cada año la New School of Social Research para impartir una cátedra y conferencias de alto nivel.

Me resulta asombroso que Ágnes Heller a los 90 años haya ido a nadar y no haya podido salir del mar, ella que convencía con su sola presencia y la fuerza de su palabra. Pequeña y robusta, sus 90 años se concentraban en su baja estatura, en su redondez y su pelo rojo que la hacía parecer un bólido, un planeta apasionado que gira sobre su propio eje. A lo mejor corrió un riesgo innecesario.

Dinámica, de pequeña estatura, Ágnes Heller demostró en esa comida casera que sólo vivía para pensar y para el alto vuelo de su prodigioso intelecto.

         Fernández Retamar hizo muchos viajes a México, pero lo conocí en La Habana, en 1959, al lado de Guillermo Cabrera Infante (quien aún no publicaba sus Tres tristes tigres) al triunfo de la Revolución cubana. Adelaida, su mujer, y él me tomaron de la mano y en una gran manifestación en un estadio de beisbol entonaron La internacional y cuando dije: “Yo no me sé esa canción”, Roberto me dijo: Cántala. Roberto vino varias veces a México y lo encontré en alguna que otra ocasión en casa de Elena Garro y la Chata Paz. Ésta era una muchacha muy bonita y extraordinariamente culta. También a Octavio le cayó bien Fernández Retamar, alto y flaco, con su facha de príncipe italiano y su suéter aguado y destejido. Nos vimos en otra ocasión memorable, en la embajada de Cuba, con Bola de Nieve al piano. Cantaba con su voz rasposa y dolida una canción súper sensual que hizo furor en América Latina y aullaba: Vete de mí, que impresionó a muchas oyentes que la memorizaron.

En 1959, invitados por Manolo Barbachano, fuimos a La Habana Vicente Rojo, Carlos Fuentes, Fernando Benítez, Carlos Loret de Mola y otros a celebrar el triunfo de la Revolución cubana. Alejo Carpentier acababa de regresar de París. Todavía el hotel Hilton no se convertía en el Habana Libre y algunos estadunidenses permanecían en Cuba. Julio Scherer esperaba con ansia una entrevista con el comandante y alguien le advirtió que podría ser en cualquier momento de la noche o de la madrugada porque Castro no tenía hora. Toda Cuba estaba en el merecumbé de la calle y Barbachano aseguraba: “Aquí ninguna parte del cuerpo es vergonzosa” porque el jubiloso vaivén de las caderas cubanas le resultó contagioso. Fue entonces cuando el poeta Fernández Retamar, quien había estado en Yale y en otras universidades, decidió que nada mejor podía sucederle que participar en la lucha de los guajiros a la plaza de la Revolución y que ningún fenómeno poético era más impactante que el de sus machetes levantados en la noche aplaudiendo a Fidel de pie junto al general Cárdenas, quien ya en el Zócalo de la Ciudad de México, en una manifestación, se había subido al toldo de un coche para manifestar su entusiasmo por la Revolución cubana.

En La Habana, todavía Carlos Franqui dirigía el periódico Revolución y muchos preguntaban por Luis Cardoza y Aragón. Todavía Alfredo Guevara no había tomado el mando de la industria cinematográfica cubana, pero como formó parte del equipo de Manolo Barbachano en Tele Revista, en México, nos recibió convertido en un puño de hierro cuando antes sólo se comía blandamente las eses y abrazaba a todos con esa inigualable afabilidad cubana.

Heller iluminó a sus alumnos con su filosofía de la moral, su teoría de la identidad, su miedo del poder y Fernández Retamar escribió además de su poesía varios ensayos en torno a la literatura de América Latina, Calibán, José Martí, La poesía, reino autónomo.

Son muchos los libros que los estudiantes abrirán en el futuro con reverencia, entre ellos, los de esta mujer nacida en Budapest, Hungría, llamada Ágnes Heller y los de un poeta cubano Roberto Fernández Retamar que escogió jugársela con su isla caimancito a la que también le cantó Julio Cortázar.

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