Las piedras del camino

Gerardo Fernández Casanova
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Es natural. Los que perdieron la elección del 18 están reaccionando como era de esperarse, no los partidos que quedaron deshechos, sino los poderosos de siempre que se ven desplazados de los beneficios del poder; los que siempre han estado detrás de las instituciones y las hicieron suyas y para su servicio. Son los que tienen capacidad de poner todas las piedras en el camino del nuevo régimen y lo están haciendo con especial rudeza y mediante métodos muy ensayados, principalmente en América Latina. Abren un gran abanico de frentes de ataque, desde los legales o legaloides, hasta los asesinatos arteros; nada queda fuera del arsenal de sus triquiñuelas, pasando por la prensa de su propiedad, organizaciones civiles bajo su patrocinio, explícito o encubierto; los infiltrados en organizaciones sociales de buena factura, hasta las mal hechas, incluyendo a jueces venales que otorgan amparos como confeti de feria. Estorban y mucho; retrasan el proceso y buscan detenerlo; su mayor objetivo es hacer fracasar el proyecto del cambio verdadero e inocular el desánimo popular para matar la esperanza fermentada entre la gente.

           Denuestan como ocurrencias las decisiones ejecutivas ante emergencias o ante evidencias de la exacerbada corrupción imperante; la eliminación del robo de combustibles, sin duda el primer gran éxito de la nueva administración, se pretende descalificar aduciendo improvisación y riesgo de desabasto severo sin mirar el resultado obtenido; ni con la ayuda de sus calificadoras de riesgo han logrado su afán de romper la disciplina financiera y la estabilidad macro económica; se oponen a la Guardia Nacional por estar militarizada, pero por debajo de la mesa alientan el amotinamiento de la Policía Federal, con lo que quedan enredados en su propia trampa, por la comprobación de ser necesaria la disciplina militar para combatir la inseguridad. Se amparan contra la cancelación del aeropuerto en Texcoco pero a la primera lluvia se inunda la instalación; también se amparan contra la construcción del sistema aeroportuario en Santa Lucía, pero exigen resolver la saturación del aeropuerto actual. Apadrinan la protesta de las dueñas de guarderías infantiles por la cancelación de su subsidio, pero no logran el acompañamiento de las madres de familia, satisfechas éstas con la entrega del subsidio de manera directa. No obstante hay dardos envenenados que sí han logrado dañar; yo no tengo la menor duda respecto de que el asesinato de Samir Flores, opositor a la puesta en marcha de la termoeléctrica de Huexca en Morelos, fue ideado y ordenado por los reaccionarios para inculpar al nuevo régimen que, contra su mejor voluntad, decide operarla como opción indispensable para el rescate de la Comisión Federal de Electricidad, patrimonio de la nación.

           Por su parte, el presidente López Obrador lleva prisa para dejar debidamente sólidas las bases para la transformación en el primer año de gobierno, lo que motiva las reacciones antes mencionadas. Incluso se tropieza con la renuncia de su secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, quien aduce diferencias con el titular del Ejecutivo por decisiones tomadas sin el suficiente soporte técnico; tal vez le asista la razón formal, dentro del estereotipo tecnocrático neoliberal, pero no en el de la adopción de uno nuevo de cambio de régimen y de paradigmas. El escollo se brinca de manera atinada y sin temblores financieros; el suplente es bien aceptado. El peso y la bolsa sin daño.

           Pero lo más significativo es el hecho de que el presidente sigue acumulando poder político en su indiscutible base de sustentación: la mayoría popular. La presencia matutina ante la prensa de manera cotidiana, con una audiencia multimillonaria, hace gala de su capacidad didáctica, hace del dominio público su manera de gobernar y da respuesta al bombardeo de descalificaciones cotidianas de la prensa tradicional. Todos los fines de semana viaja al interior del país y sostiene asambleas informativas en varias ciudades en las que logra conectarse de manera directa con la población. López Obrador sabe que la reacción recrudecerá sus ataques en la medida del avance del proyecto transformador y que el único antídoto real para tal veneno es el respaldo del pueblo y lo logra con creces.

           El elefante reumático ya camina y a cada paso saltan los gusanos de la corrupción, debidamente aplastados. Ya pronto el paquidermo podrá trotar y arrastrar la carreta del cambio verdadero.

 

Laicismo en la cuarta transformación

Gerardo Fernández Casanova
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Definitivamente no me parece correcta la manera laxa en que el presidente Andrés Manuel López Obrador maneja los asuntos religiosos; al fin pude encontrar algo en lo que pueda ser claramente crítico, sin perjuicio de mi consabido apoyo al proyecto de transformación emprendido. En mi artículo de la semana pasada hice referencia a la participación de dos religiosos en el acto de convocatoria a la unidad nacional en Tijuana; incluso por ser una causa de separación entre la población, aun en el acto mismo fue notorio el conflicto entre las dos expresiones religiosas que ahí se evidenciaron.

           Es una lección de la historia que las creencias religiosas pueden intentar cierto ecumenismo en los tratos diplomáticos de sus altas jerarquías, pero que no resisten la ácida prueba de la cotidianidad cuando baja a los grupos sociales. Tampoco resultan ser tan ecuménicas cuando de la lucha por el poder se trata; de ahí los conflictos en el orden de la política derivados de la intervención de intereses religiosos; las jerarquías son instrumentos de poder y siempre estarán tentadas a extenderlo por la vía política.

           Intento comprender a López Obrador  que habiendo recorrido todo el país en sus más recónditos rincones, se haya percatado que en los sitios en que hay una presencia de cristianos evangélicos se percibe otra moralidad, más propicia al trabajo y plenamente alejada del alcohol; en tanto que en la tradición católica predomina lo contrario: la fiesta patronal; los festejos por compadrazgo; los rituales de difuntos; las celebraciones familiares por bautismos, quince años, bodas y hasta por quítame aquí estas pajas, dan lugar a borracheras y sus correspondientes crudas. Aunque vale añadir que en esta condición cultural es donde prevalece la solidaridad, el tequio, la seguridad comunitaria y otras expresiones de la cultura de los pueblos.

         Las religiones en sí mismas no son el problema, sino que lo son los cleros; quienes las administran y en las que se registran aberraciones de toda índole, desde la preponderancia política y la pederastia hasta la exitosa comercialización de las creencias (LIXVM y Luz del Mundo), de ninguna manera ejemplares para una cartilla moral. La historia es muy elocuente en estas materias.

           En el siglo XIX mexicano, el contubernio entre la jerarquía católica y las monarquías arroparon al conservadurismo oligárquico, clerical y militar que tanto nos dañó. Ni Hidalgo, ni Morelos, ni Matamoros, curas luchadores por la independencia, pertenecían a la jerarquía eclesiástica, tampoco lo era Jarauta, el jesuita español que entabló la guerrilla contra el invasor yanqui en 1847, fusilado por Anastasio Bustamante en 1848 y desconocido por la historia oficial. Pero la alianza conservadora encabezada por la Iglesia católica fue el mayor lastre para la formación de la nueva nación independiente.

           La Revolución de Ayutla, encabezada por Juan Álvarez, acabó con el dictador Santana y abrió el camino a los liberales de Juárez para acabar con el gran poder católico conservador, cosa que fue posible hasta 1867 con la Restauración Republicana, cuya enorme aportación a México y al mundo fue la separación entre la Iglesia y el Estado, instaurando la libertad de culto y el laicismo oficial. La Revolución mexicana enfrentó igualmente a una iglesia que en el porfiriato había recuperado parte importante de sus privilegios y canonjías; Obregón y Calles la combatieron denodadamente y lograron un “entendimiento” bajo el cobijo constitucional, por el que prevaleció la laicidad pero no acabó con la influencia católica. En su ilegitimidad Carlos Salinas de Gortari les otorgó el reconocimiento jurídico y entabló relaciones diplomáticas con el Vaticano, con lo que hoy nuevamente tenemos a la jerarquía católica buscando dirigir al Estado conforma a sus intereses.

         Por su parte, los cristianos evangélicos han venido bordando fino. Por su labor pastoral y mediática han venido aumentando su presencia social y política; incluso como ingrediente del proyecto hegemónico yanqui, que ya tiene un malhadado presidente en Brasil. Andrés Manuel les incorporó a la alianza Juntos Haremos Historia, con poca utilidad y muy alto costo (los morelenses fuimos moneda de cambio).

           Señor presidente: Me atrevo a sugerirle que deje a Dios, a La biblia y al cristianismo en su casa y aproveche la gran riqueza identitaria del laicismo.