Migración, la solución en sus orígenes

Jorge Faljo
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La foto del papá y su niña ahogados en el rio Bravo impactó las conciencias estadunidenses. El padre, Oscar de 25 años, la madre, Tania de 21 años y la niña, Valeria de 23 meses, venían de El Salvador, habían solicitado asilo en Estados Unidos y llevaban meses esperando respuesta en Matamoros. Hasta que se desesperaron y decidieron cruzar el rio. A los tres se los llevó la corriente y a Tania otras personas la ayudaron a salir. El padre y la niña fallecieron.

Para muchos estadunidenses, educados en la ilusión de su alto comportamiento ético como nación, esa foto fue impactante. Como lo son muchas otras fotos de los miles de hacinados en centros de detención de migrantes. Sobre todo cuando se trata de niños que no se pueden lavar los dientes o bañarse durante semanas, que en esas jaulas hay infestaciones de piojos, que reciben una pésima alimentación y que ha habido muertos por falta de atención médica. Muchos de estos niños han sido clasificados como menores no acompañados, cuando en realidad llegaron con una tía, un abuelo o un amigo de la familia que los llevaba a reunirse con su padre o madre.

Miles de estadunidenses se han unido a protestas que piden que se cierren los campos. Una palabra ominosa que recuerda lo mismo a la Alemania nazi que al encierro de estadunidenses de ascendencia japonesa durante la segunda guerra mundial. No se encerró en cambio a los de ascendencia alemana.

Otros estadunidenses han llevado alimentos y artículos sanitarios a los centros de detención y estos son rechazados por las autoridades. Porque todo apunta a que la crueldad no es accidente o descuido; es una estrategia disuasiva de la migración. Interrogado al respecto Donald Trump declara que de cualquier modo están mejor que en sus lugares de origen.

Ahora Trump anuncia una amplia cacería de indocumentados con la intención de expulsar hasta un millón de inmigrantes. Se sabe que es una cifra inalcanzable y que la verdadera meta es de varios miles. Pero el temor a que la policía llegue en la madrugada, de que incluso asesine ante la menor percepción de resistencia, real o inventada, o a que los padres no regresen del trabajo, es muy real. Las noticias de brutalidad policiaca son frecuentes y recientemente se ha descubierto una red social en la que muchos policías se manifestaban con mensajes claramente racistas y agresivos.

¿Es que el destino de los migrantes son campos de concentración y familias destruidas? ¿O esperas interminables dentro de México en contextos de rechazo y malas condiciones de vida?

La solución se encuentra muy lejos de la frontera. El gobierno de México ha encabezado la propuesta de hacer vivibles los lugares de origen de los migrantes convocando a la coordinación entre naciones, en particular México, El Salvador, Guatemala y Honduras. A esta iniciativa se han sumado oferentes de apoyo de otros países y de organismos internacionales como la ONU y la FAO. Brilla por su ausencia el gobierno estadunidense.

Lo primero a entender es que la migración jugaba el papel de válvula de escape para los excluidos de la estrategia económica en estos cuatro países.

Consideremos que las remesas de 12 millones de mexicanos en Estados Unidos benefician a millones de familiares. Esas remesas representaron alrededor del 2.3 por ciento del producto interno bruto –PIB–, de México en 2017. Una proporción moderada si se compara con el 10 por ciento del PIB que alcanzaron en Guatemala, el 17 por ciento en El Salvador y el 20 por ciento en Honduras, en el mismo año. Son ahora una fuente vital para la supervivencia de buena parte de la población de esos países. Pero no bastan ante el deterioro sostenido de las condiciones de vida.

Graziano Da Silva, el director general del Fondo para la Agricultura y la Alimentación ubica al incremento reciente de la emigración centroamericana como resultado directo del cambio climático. En 2018, la sequía en El Salvador, Guatemala y Honduras destruyó el 70 por ciento de las primeras cosechas, maíz, sobre todo, y el 50 por ciento del segundo ciclo agrícola. Lo que deriva en que ahora 2 millones de personas necesitan ayuda alimentaria. La concentración de las lluvias en periodos de tiempo más cortos genera a la vez sequía e inundaciones.

En la reciente reunión de representantes de México, El Salvador, Guatemala y Honduras, donde habló Da Silva, el asunto central fue el desarrollo rural y la seguridad alimentaria en las zonas de expulsión de migrantes.

Existen respuestas tecnológicas de resistencia al cambio. Para Da Silva las principales son la construcción de multitud de micro reservas de agua, incluso en cada casa, escuela y, por supuesto en el campo, que permitan almacenarla en la época de lluvias; la protección de los suelos amenazados por los torrentes de agua y de hecho ya bastante dañados por la deforestación y sobreexplotación, y tercera, generar cadenas cortas de producción consumo.

La última se refiere a que los programas de apoyo alimentario hagan uso de alimentos de producción local. Lo que para él permitiría también contrarrestar la epidemia de obesidad que se extiende en esos países.

Su propuesta alude a un problema económico y social fundamental. Los pequeños productores campesinos de los tres países centroamericanos, lo mismo que en México, perdieron el acceso a sus mercados nacionales crecientemente globalizados. Datos de CEPAL indican que les ha ocurrido lo mismo que a México, un notable incremento de la dependencia alimentaria, sobre todo de maíz procedente de Estados Unidos. En paralelo la población cambió su alimentación en favor de productos chatarra e industrializados.

No dejan de existir otros problemas graves, como la mayor inseguridad. En México la tasa de homicidios subió de 13 por cada 100 mil habitantes en 2008 y a 25 en 2017. En Guatemala, para este último año la cifra fue de 26; en Honduras de 43 y en El Salvador de 60. Son indicadores de la expansión del crimen organizado, la extorsión y el cobro de derechos de piso, elementos que obstaculizan severamente cualquier posible mejoría de la pequeña agricultura, negocios y talleres.

Por eso Da Silva colocó como primera condición del cambio la voluntad política de los gobernantes. Otra condición sería la participación social efectiva, es decir organizada, para el ejercicio de derechos ciudadanos. Lo que pide en pocas palabras es democracia efectiva. Un verdadero reto que requeriría presiones externas. En particular la estadunidense; pero lamentablemente la posición de Estados Unidos ha sido históricamente contraria a un cambio de este tipo; al grado de propiciar golpes de Estado cuando surge la amenaza de gobiernos de izquierda. Y a Trump no le gustaría perder clientes agropecuarios.

Resolver el problema migratorio demanda ubicar la mirada en sus orígenes y plantearse un cambio radical, es decir profundo, de las causas que lo originan. El diagnóstico es correcto; llevarlo a cabo no será fácil. Pero la alternativa sería más costosa en términos económicos, sociales y humanitarios.