Biblioteca Vasconcelos, universidad de la lectura

Abraham Nuncio / Director de la BV
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¿Por qué universidad de la lectura, como pienso que debiera apellidarse la Biblioteca Vasconcelos?

Cuando José Vasconcelos asumió la Rectoría de la Universidad Nacional de México hizo una declaración que hoy se podría considerar principio rector de los funcionarios del gobierno que inició su periodo constitucional bajo la divisa de la cuarta transformación. Dijo el maestro: “No vengo a trabajar para la Universidad, sino a pedir que la Universidad trabaje para el pueblo.” No era una frase de circunstancias ni para hacer la nota, como se diría hoy. Un movimiento que removió las placas tectónicas de la sociedad mexicana había establecido un nuevo régimen político. La guerra, lamentablemente, decidió su ruta. Pero hubo también antecedentes civiles y de renovación ideológica en los que participó el joven Vasconcelos. 

Como integrante del Ateneo de la Juventud, al lado de otros intelectuales jóvenes que se deslindaban críticamente del positivismo como ideología de la dictadura de Porfirio Díaz, impulsó la creación de la Universidad Popular. Fue ésta menos una realidad que un proyecto, pero significaba un proyecto de renovación social y cultural. Era impensable y ajeno a la práctica de los círculos intelectuales de la época, considerar que los sectores de menores ingresos pudieran acceder a la educación superior. Esta posibilidad era exclusiva de la élite social en los albores del siglo XX.

Las convicciones de los jóvenes ateneístas, pasadas por el tamiz del ejercicio intelectual y el compromiso político, se habrían de expresar posteriormente, cuando ya cumplían con responsabilidades oficiales, como en la concepción de Vasconcelos sobre la ética del servicio público o como en su iniciativa de crear las bibliotecas populares, cuando estuvo al frente de la Secretaría de Educación Pública creada a iniciativa suya.

            Las escuelas, las bibliotecas y la intervención del Estado en el fomento de las bellas artes fueron el nuevo trívium en la praxis cultural de Vasconcelos. Esa triple vía cultural ha encontrado en la biblioteca que lleva su nombre, por su espacio, la estética de su diseño arquitectónico y sus prácticas de libre autoaprendizaje, una fiel traducción del pensamiento vasconceliano. Así lo ha visto la Fundación Isve Guerrero, que ahora, en su XIII aniversario, la distingue con sus prestigiadas preseas: el Ángel de la Independencia y el Jaguar Internacional de las Artes.  El Ángel de la Independencia, que simboliza los más altos valores civiles, y el Jaguar Internacional de las Artes, figura de gran valor simbólico en las culturas anteriores a la conquista y a la que se le atribuye la guarda de las bellas artes.

Motivo de asombro es el hecho de que su espléndida morada sea un sueño vuelto realidad: es el sueño de Vasconcelos, que así lo describió en las páginas de su Indología:

“Aquella noche comencé hablando de un sueño mío del futuro en que los pueblos, en vez de construir las catedrales de la antigüedad o los palacios de época posterior o los grandes hoteles de hospedaje y los bancos de la época moderna, dedicarán toda su riqueza y todo su genio a levantar bibliotecas monumentales.”

            En la Biblioteca Vasconcelos, el sueño de quien la inspiró, sin duda se ha cumplido.

Antes de que se iniciara su gestión en la Secretaría de Educación Pública, como él lo dice en su memoria sobre la nueva dependencia federal, hacían falta bibliotecas y libros. La más dotada y rica de todas ellas era la Biblioteca Nacional, que albergaba 300 mil libros. Pero no estaba actualizada y él la percibía menos como una biblioteca que como un almacén –un riesgo presente hasta nuestros días, que debe ser enfrentado con métodos profesionales y determinación. No estaba acondicionada para jugar el papel que se le había asignado, a pesar del bello edificio donde se la ubicó. Requería, pues, de una construcción adecuada. Este objetivo, acariciado por Vasconcelos, nunca lo pudo ver realizado.

Con el tiempo, los intentos perseguidos por el relampagueante intelectual oaxaqueño se verían reivindicados. Y su proyecto ha cobrado cuerpo en una tangible miríada de bibliotecas –sólo las públicas suman más de 7 mil 500 y de éstas, la mayor se encuentra engastada en esta catedral laica, como él lo pretendía. Con todo, las bibliotecas con que cuenta nuestro país son insuficientes, muchas no están aceptablemente dotadas y no pocas son cerradas o sometidas a cambios abusivos en sus espacios.

Aquel interés por lo popular y por la mayoría de los mexicanos pobres que lo encarnaban condujo a Vasconcelos y a otros miembros del Ateneo de la Juventud a identificarse con todo aquello que pudiera suponer mejoría de sus condiciones de vida. Fue natural que esta identificación la concatenaran a la idea de la democracia y que por ello se sumaran a Francisco I. Madero, quien decidió enarbolarla en su lucha contra la dictadura. Recuperada esa idea por Vasconcelos la ponía en la base del edificio educativo; decía: “la difusión de la enseñanza es… el empeño característico de la democracia”.

Por lo general, en los análisis sobre la etapa previa al movimiento armado, que se inicia en 1910 con la lucha por el poder, se habla de acciones, pronunciamientos, personajes, generaciones; pero no de las tendencias políticas que representaban los grupos en pugna. Hay que hacerlo si se quiere profundizar en lo que fue la generación del Ateneo y sus frutos históricos. No es ésta la ocasión. Sólo diré que esa generación anclaba en las aguas del amplio espectro de la izquierda –más o menos liberal– opuesta a la derecha porfiriana. Y también, para no ir más lejos, que esta fuerza, bajo cualquier régimen, y en cualquier tiempo, es la que se manifiesta y logra estar más cerca de los intereses de las mayorías, de esa entidad que llamamos pueblo –como es la que triunfó en las elecciones del 1º de julio de 2018.

Por ello no era gratuito que al promover la educación y la cultura hubiera voces contemporáneas a la de Vasconcelos como la de Alfonso Reyes, otro de los miembros del Ateneo de la Juventud, invocando a la izquierda como aquella fuerza capaz de hacer que la luz de la cultura nos alumbre a todos. En ese “que la cultura nos alumbre a todos –decía– está el postulado político”. En su Voto por la Universidad del Norte se halla el espíritu de nivelación social que ha estado presente en las grandes luchas por acceder a mejores condiciones de coexistencia nacional y de vida para cada uno de los mexicanos. Baste recordar su antecedente en los Sentimientos de la Nación de Morelos.

Los sueños de quienes agolpan su existencia en el propósito de desnaturalizarlos para tornarlos realidad serán siempre inspiradores de renovados intentos. Soñemos entonces. Un día la democracia hará de las bibliotecas los recintos más propicios a la universalidad, la cultura orientada por la rosa de los vientos, la paz y la libertad del conocimiento y el goce estético. Ellas serán el núcleo de la educación permanente y autodidacta. Su carácter plural, inclusivo, tolerante, diverso, al margen de toda discriminación las convertirá en las instituciones emblemáticas del mejoramiento humano. De hecho, ese día ha llegado. Falta sólo que lo ejerzamos a plenitud. El buque insignia de tal ejercicio quizá sea éste, la Biblioteca Vasconcelos. Lo deseo con la vehemencia de un sueño impar. 

Pero la terrenalidad puede coincidir con los sueños, así como se lee en las reflexiones de Vasconcelos al inaugurar bibliotecas como la Biblioteca Hispanoamericana o la Biblioteca México, que es una de las bibliotecas de mayor valor entre nosotros.

La Biblioteca Vasconcelos es al mismo tiempo, una biblioteca comunitaria, pues la población que la rodea es parte de sus referencias sociales y culturales, y una biblioteca metropolitana y cosmopolita, tanto por hallarse enclavada en la urbe y por recibir a un público de diversas partes del mundo, que se interesa por conocerla.

Por la centralidad geográfica y cultural que ocupa, la Biblioteca Vasconcelos requiere tener una sección donde encuentre espacio la producción editorial de cada una de las entidades federativas, incluida en ella la de sus universidades públicas, iniciativa que ahora le permite de manera más fluida la relación institucional que la Dirección General de Bibliotecas tiene como propósito establecer en todas ellas.

En el pensamiento de Vasconcelos, como lo deja saber en varias de sus intervenciones y escritos, la cultura de los países de América Latina debe contribuir a su mejor entendimiento, desarrollo e identidad como región delimitada por su historia, mestizaje y el idioma común del que participan tales naciones. La Vasconcelos tendrá como uno de sus objetivos abrir y mantener, igualmente una sección dedicada a la actividad editorial de los países latinoamericanos.

Y en lo que hace a su carácter cosmopolita, nuestra biblioteca quiere responder formando colecciones que sean representativas de Estados Unidos y Canadá en nuestro continente, de la Unión Europea, de Asia, África y Oceanía. La relación con las embajadas de cada uno de los países de estas regiones y continentes nos permitirá gestionar la donación de sus ediciones. Algunas de ellas podremos buscar que sean traducidas al español para cumplir con aquella idea que Göethe nos dejó en el sentido de que no hay mejor manera de conocer nuestra propia lengua y nuestra propia cultura que conociendo las ajenas.

José Vasconcelos pensaba que el proyecto de una biblioteca nunca se puede pensar como definitivo. Siempre habrá otras vías por explorar. Así que nosotros, aquí en esta biblioteca nos embarcamos en esa idea para proseguir un viaje que jamás podremos asumir como concluido. Los marinos portugueses tenían razón en este sentido. Vivir no es necesario; navegar es necesario. Lo que cuenta es, pues, el proceso, la búsqueda.