Fondo y forma de las guerras comerciales

Jorge Faljo
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

El año 1973 fue un parteaguas en la historia del mundo. Durante décadas el ingreso de las familias estadunidenses creció al parejo de los incrementos en productividad. Así se consolidó una amplia y prospera clase media y una mejoría en el bienestar general.

Pero la tendencia cambio a principios de los setenta. En adelante la riqueza generada por los avances de la productividad sería acaparada por la minoría propietaria. En los siguientes cuarenta años el 90 por ciento de los trabajadores estadunidenses redujo su ingreso y el salario mínimo real se redujo a la mitad. Para sostener su nivel de vida las familias tendrían que aportar más horas de trabajo; el de las mujeres y jóvenes.

Además, las elites consiguieron beneficiarse con fuertes reducciones a los impuestos que pagaban.

La brecha creciente entre la mayor productividad y el menor ingreso de los consumidores dificultaría a los grandes conglomerados vender la producción dentro de Estados Unidos. Entonces exigieron un “libre mercado” global; es decir la apertura de los mercados periféricos.

Incluso, con sus ganancias en crecimiento, financiaron el cambio. Es decir que bajo múltiples mecanismos les prestaron a los posibles consumidores; prestamos formales a los gobiernos, flujos de capitales especulativos, inversión y compra de empresas.

          La irrupción de las mercancías centrales destruyó gran parte de la base manufacturera incipiente de los países periféricos. A cambio se obtuvo una modernidad importada mediante el endeudamiento y la venta de bienes nacionales. De ese modo los grandes capitales generados por el estancamiento salarial y la reducción de impuestos se emplearon en generar demanda. Se endeudó a los consumidores en lugar de elevar salarios; se endeudó a los gobiernos en lugar de pagar impuestos y se endeudó a los países periféricos en lugar de comprarles mercancías a precio justo. Todos se convirtieron en consumidores a crédito.

En el camino los grandes conglomerados encontraron que en condiciones de mercado globalizado podían relocalizar su producción hacia lugares que ofrecían bajos salarios, incentivos fiscales y de infraestructura (tipo zonas económicas especiales) y control social. Lo cual se tradujo en desindustrialización y deterioro laboral incluso dentro de los países sede de las grandes empresas.

El esquema funcionó con éxito, hasta que se rebasaron los límites del endeudamiento razonable. La Gran Recesión del 2007-2011 lo hizo evidente. En ese periodo millones de estadunidenses perdieron sus empleos, sus hogares y sus ahorros. Los impactos de la disminución de la demanda se expandieron por todo el planeta, México incluido.

El hecho contundente es que el crédito dejó de funcionar como mecanismo de soporte de la demanda y revirtió su efecto. Familias y gobiernos entraron en modalidad de austeridad. Y con ello surgió un monstruo temible: la sobreproducción que hoy en día asola al planeta entero.

La única solución que ofrece el neoliberalismo ante su monstruo es la destrucción. Aceptar que sobran capacidades productivas y eliminar las sobrantes. Puede ser por la vía del cierre relativamente silencioso de empresas, o mediante estruendosas guerras comerciales en las que se decidirá en qué países se recorta la producción y el empleo ya alcanzados.

China fue la gran ganadora de la globalización. No aceptó la entrada de capitales financieros especulativos y si las inversiones productivas con las que siguió una agresiva política de copia y apropiación de sus tecnologías.

Estados Unidos es el gran perdedor de la globalización. Se endeudó con China convirtiéndose en país cliente, deficitario, de su producción al tiempo que sus empresas relocalizaron la elaboración de sus productos fuera de su territorio.

Ahora dentro de Estados Unidos se enfrentan “nacionalistas” cercanos a Trump que desean cambiar la tendencia y “neoliberales” que piden la continuidad del modelo. Todo cambio de rumbo es traumático y el que propone Trump rompe las reglas del libre comercio y encarece substancialmente los bienes de consumo importados. De priorizar la libertad del consumidor se pasaría a proteger a sus productores.

Trump ha impuesto altos aranceles a la importación de 250 mil millones de dólares anuales de mercancías chinas y amenaza extenderlos al resto de las importaciones de ese país. China reviró con aranceles a 110 mil millones de dólares de importaciones de Estados Unidos.

Trump exige reducir o eliminar el enorme déficit comercial de Estados Unidos con China que el año pasado ascendió a 419 mil millones de dólares. Además le preocupa la calidad del intercambio. Mientras China le exporta productos de alta sofisticación tecnológica (computadoras, celulares, por ejemplo) se orienta a comprarle productos agropecuarios (cerdos, granos, por ejemplo).

En la lucha por el control de las tecnologías de punta Trump acaba de prohibir a las empresas estadunidenses que utilicen equipos de telecomunicaciones de compañías extranjeras.

Al encarecer o prohibir la entrada de mercancías importadas se busca que los consumidores prefieran productos nacionales y se aliente la inversión y la generación de empleos dentro de Estados Unidos. En contraparte muchas empresas chinas perderán mercado y muy posiblemente tengan que reducir su producción, incluso quebrar.

Eso si no se llega a un arreglo. Porque Trump es impredecible y dentro de Estados Unidos crece el descontento ante el aumento de precios de los productos importados y por la disminución de las compras chinas de productos agropecuarios. Para aliviar la presión el presidente Donaldo ofrece comprarles a los productores agropecuarios con ingresos generados por el cobro de aranceles.

Curiosamente para algunos sectores esa política es “socialista” porque limita la libertad de los consumidores y selecciona grupos que serán apoyados, como es el caso de los productores agropecuarios, en vez de abandonarlos a la suerte que les depare el mercado.

El fondo de este asunto es que la globalización ha entrado en fase autodestructiva y el “sálvese quien pueda” lleva al abandono de la ortodoxia neoliberal. De ahora en adelante los mercados serán cada vez más administrados por la intervención de los gobiernos. China ya lo hacía y de ahí parte de su gran éxito (además de ser prestamista).

México no podrá permanecer al margen del conflicto entre Estados Unidos y China. Con el primero tenemos un superávit de 80 mil millones de dólares y con esos dólares financiamos el déficit con China que presenta una cifra similar.

Estados Unidos tendrá elecciones presidenciales el próximo año. Esto elevará el afán protagónico de Trump y será propenso a renovar sus amenazas y presiones sobre México.

No obstante, la situación presenta oportunidades. Nos libera de la ortodoxia y crea una ruta que parcialmente podría ser de acompañamiento a Estados Unidos si reorientamos parte de nuestras compras a China en favor de Estados Unidos. Eso disminuirá el superávit que tenemos con Estados Unidos y que tanto le disgusta a Trump.

Otra parte, la más importante, será una estrategia de reactivación industrial para producir tanto para el mercado interno como para venderle a Estados Unidos. En ambos casos en substitución de importaciones chinas.

El mundo cambia y nos obliga a transformarnos; estemos atentos a las oportunidades de fortalecimiento de la economía y del bienestar de la población que surgen del fracaso neoliberal.