Manuela Garín Pinilla

Blanche Petrich / La Jornada
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Revolución, matemáticas, camaradería y docencia fueron algunas de las batallas de Manuela Garín Pinilla, longeva mujer, migrante a los tres años de su natal Asturias a Cuba y después refugiada en México. Mane, como le llamaban sus numerosísimos amigos, fue pionera en las ciencias, pasó cinco décadas de su vida enseñando en las aulas, madre del máximo exponente del movimiento estudiantil del 68 y de una notable bailarina, activista por la libertad de los presos políticos y reformadora de la docencia de las matemáticas en las escuelas y universidades del país. Ayer (30-IV-19) murió a las 6:45 de la mañana, tranquila, en su cama y sin alguna dolencia en particular. Había cumplido 105 años de fructífera vida este primero de enero.

Después de cumplir su primer siglo de vida, Mane le bajó a su actividad y se dedicó a cultivar la amistad de muchos durante los infalibles desayunos de los martes en el Multifamiliar Juárez. “No los perdonaba –cuenta su nieta Manuela Álvarez Campa–; disfrutaba como nadie todos los chismes y novedades de la política, en especial los de la 4T”.

Nació en 1914, el primer año de la era llamada el siglo corto, en Asturias. Su padrastro se trasladó con toda la familia a Pinar del Río, en Cuba, contratado por una compañía minera y ahí, lejos de las ciudades y a falta de escuela para Manuela, le inculcó el amor por los números, los cálculos y el conocimiento de las ciencias duras. La crisis económica y los pininos de Manuela en las tareas clandestinas contra la dictadura de Machado hicieron que, junto con su madre, María Luisa, y sus hermanos, se embarcara nuevamente, esta vez rumbo a México. Aquí Manuela volvió a desafiar los límites que se imponían a las mujeres de su época y trabó muy pronto vínculos con trabajadores de las carnicerías y de ahí pasó a formar filas del Partido Comunista Mexicano. Eran los años de Lázaro Cárdenas.

Fue una de las dos primeras mujeres en ingresar a la entonces muy pequeña Facultad de Ciencias de la UNAM y pionera en el estudio de las matemáticas. Era 1937. La sede estaba en el Palacio de Minería. Los estudiantes nunca antes habían visto muchachas en la universidad. No era fácil porque éramos muy pocas y por lo general cuando los chicos veían pasar una mujer salían aullando. Pero una vez que nos conocían nos respetaban, nos contó.

Hace años, en una entrevista, la periodista Paula Mónaco Felipe le preguntó lo que muchos en la vida nos preguntamos: ¿Por qué son importantes las matemáticas?

Lo son, respondió, “porque son pura lógica. Si sabes hacer razonamientos lógicos y sacar conclusiones, cuando te dicen algo que no tiene lógica dices: “pera, pera, barájamela más despacio, ¿dónde me quisiste engañar o dónde te tropezaste y te fuiste por otro lado?” Es muy difícil que se engañe a la gente que sabe matemáticas”.

Esposa del ingeniero Raúl Álvarez fue esposa y madre poco convencional. Mane narró en una entrevista realizada hace cinco años para este diario que en el sencillo comedor de su departamento de la colonia Roma nunca se dejó de hablar y discutir sobre política: los ferrocarrileros, la autonomía universitaria, Vietnam, Cuba, las dictaduras, los estudiantes, la militancia, el autoritarismo. Su hijo Raúl Álvarez Garín de niño y adolescente nunca dejó de parar oreja.

Por sus métodos avanzados de enseñanza en las matemáticas aplicadas, Mane fue llamada a fundar el Instituto de Geofísica de la UNAM en Yucatán y más tarde la Escuela de Altos Estudios de la Universidad de Sonora.

Contribuyó al desarrollo de modelos matemáticos de geomagnetismo; desarrolló en los años 70 los planes de estudio y libros para la enseñanza media y superior y fue docente en el Tecnológico de Monterrey y en la Facultad de Ingeniería de la UNAM.

El 2 de octubre de 1968, durante la represión de Tlatelolco, su hijo Raúl, líder estudiantil del Politécnico, cayó preso. Su consuegro Valentín Campa ya estaba en la cárcel. Acompañada siempre por su nuera María Fernanda Campa, por Elena Poniatowska y Montse Gispert fueron asiduas acompañantes y defensoras de los presos políticos.

Recuerda Elena Poniatowska en una de sus crónicas: Manuela Garín de Álvarez resultó un ejemplo de entereza y sentido del humor en esos años en los que todo era miedo.

Así fue la vida plena de esta longeva mujer.

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