Futuro incierto de la Presidencia estadunidense

Jorge Faljo
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Lo que ocurra en la Presidencia estadunidense es muy importante para México. Nuestra muy cantada y supuesta exitosa globalización ocurrió de hecho solo con Estados Unidos. Una estrategia que se sustentó en el endeudamiento externo y la venta-país; que canceló la ruta de industrialización orientada al mercado interno para crear una industria maquiladora, que sacrificó el campo; acciones que dieron como resultado la expulsión de millones de mexicanos y la dependencia alimentaria.

Solo con Estados Unidos tenemos una balanza comercial superavitaria y tenemos déficit con todos los demás; sobre todo con China, de quien importamos las partes que aquí se ensamblan para exportar a Estados Unidos.

Demasiado de lo que ocurra en México depende de decisiones estadunidenses; lo que empeora cuando en la Presidencia de EU se encuentra un sujeto caprichoso, imprevisible, y siempre dispuesto a culparnos de sus dificultades económicas y sociales. Según Donald Trump nos aprovechamos de ellos; el TLCAN es el peor tratado firmado por Estados Unidos; les enviamos drogas y personas a las que llama malvivientes.

Trump abandonó el ideal, muchas veces hipócrita, de una política exterior basada en principios para transitar al descaro de negociaciones de fuerza guiadas por el interés unilateral estadunidense, el de su elite económica o incluso por su conveniencia personal y familiar.

Estamos en un mundo interdependiente, pero México exageró y ahora la propuesta es moderar la dependencia alimentaria, industrial, financiera y comercial. Y esperar un presidente estadunidense algo menos… volátil.

El caso es que los estadunidenses mismos no saben cuánto más les durará Trump; seis meses, dos o seis años.

El reporte de Robert Mueller ha colocado al Congreso de ese país ante disyuntivas que serán históricas. La investigación afirma que hubo interferencia rusa en las pasadas elecciones presidenciales y ha indiciado a varios rusos. Sin embargo, concluye que no encontró señales de conspiración entre Donald Trump, su equipo de campaña y su familia y, por otra parte, agentes rusos. De eso quedan exonerados.

Paradójicamente el reporte si presenta claras evidencias de obstrucción de la justicia. Eso es en sí mismo un delito grave. Sin embargo, una regla interna del Departamento de Justicia estadunidense indica que éste no puede indiciar, acusar directamente al presidente. La idea de fondo es que en casos de delitos graves debe ser el Congreso el que lo juzgue y decida si lo obliga a dimitir. Así que Mueller en su reporte simplemente señala los hechos y deja al Congreso la decisión sobre un posible proceso de juicio y despido de Trump. También aclara que era importante dejar constancia de éstos porque, si no es ahora, este presidente podría ser juzgado cuando deje de serlo.

¿Por qué Trump obstruyó e intentó desprestigiar la investigación de una conspiración que no existió? Al parecer porque le preocupaba que la investigación desbordara hacia su historia empresarial y financiera llena de puntos oscuros, posiblemente delictivos.

Los datos de obstrucción que surgen del reporte son suficientes para que el Congreso juzgue y expulse a Trump de la Presidencia de Estados Unidos. Más bien lo habrían sido en otro momento histórico. Pero ese proceso está determinado políticamente. Destituir al presidente requiere del 75 por ciento de los votos de la Cámara de Representantes y del Senado. Para ello se necesitaría que un buen número de senadores republicanos estén a favor de la destitución.

Para los demócratas se abren dos posibilidades. La de los “principistas” que señalan que hay que iniciar el proceso de destitución porque eso es lo legal y moralmente necesario. Reconocen que podrían no ganar, pero ese es su deber.

Otros, más pragmáticos, señalan que si no hay posibilidades políticas de ganar la destitución de Trump no hay que iniciarla. Se inclinan por seguir investigando y esperar a nuevas revelaciones que vayan radicalizando a la opinión publica en favor de la destitución y obliguen a los republicanos a aceptarla para no sufrir pérdidas políticas mayores en las próximas elecciones.

El gran premio, lo que está en el fondo de las decisiones es quien ganará las próximas elecciones presidenciales. Con una buena dosis de cinismo bien puede afirmarse que sería más fácil ganarle a Trump como candidato a reelegirse si sigue desprestigiándose.

Lo que puede ocurrir si resulta que pidió préstamos de miles de millones de dólares sobre la base de inflar falsamente el valor de sus propiedades, las mismas que devalúa al hacer sus declaraciones de impuestos. O si estás últimas revelan que no es tan rico como dice. O si se prueba que el y sus hermanos mintieron para no pagar el impuesto debido sobre la herencia de su padre.

Esta ruta cínica podría ser mejor que destituirlo y provocar que el actual vicepresidente, Mike Pence, se presente como el candidato republicano de unidad. Pence sería tal vez más difícil de vencer que Trump, porque es sinceramente religioso, de extrema derecha, tiene mayor experiencia administrativa, no es un bocón presuntuoso y no tiene un historial de negocios oscuros.

Otro riesgo de intentar la destitución antes de conseguir un amplio respaldo de la opinión pública, incluso la de derecha, es que Trump cuenta con una base fanática, aproximadamente el 30 por ciento de la votación, que amenaza hasta con respuestas violentas.

La decisión no es fácil para los demócratas: podrían no ganar un intento de destitución de Trump. Y si lo consiguen podría no ser lo mejor para asegurarse el triunfo en las siguientes elecciones presidenciales.

Lo cierto es que hagan lo que hagan ellos, aquí debemos seguir una ruta de creciente independencia.