Las invisibles del movimiento ferrocarrilero del 58-59

Elba Pérez Villalba
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Las mujeres de los presos políticos tuvieron una destacada participación política, a pesar de sus condiciones económicas precarias. No dejaron a sus maridos, padres, hijos, hermanos.... Me refiero a ellas más que a ellos, también familiares y compañeros, por qué poco se les recuerda. Se organizaron para obtener recursos, ayudarse entre sí, y luchar por la libertad de los presos, de diversas maneras.

En particular recuerdo a Laura Garamendi, maestra y esposa de Demetrio Vallejo, singular oradora, quien al igual que mi mamá Amelia Villalba Alvarado, sufrieron represalias laborales, además de agresiones domiciliarias junto con sus familias.

Mi mamá perdió su trabajo, había sido maestra rural, y le daban la opción de laborar en lugares alejados de la Ciudad de México. No aceptó, y le ofrecieron darle trabajo como prefecta en una pre-vocacional del Instituto Politécnico Nacional, y dio su anuencia aunque fuera con una categoría menor. Para obtener ingresos hizo arreglos florales, bolsas de chaquira, electrocardiogramas para tuberculosos; tejía, bordaba, vendía libros, tortas, dulces; ponía inyecciones a domicilio hasta en la madrugada. 

En el caso de Laurita y sus hijos, vivían en la calle del Buen Tono, en la colonia Industrial, era común que les quitaran la luz en su domicilio, incursionaban por la noche, les hacían ruidos, los asustaban, lloraban, y dos de ellos empezaron con problemas para hablar, tartamudeaban. Alguna vez que les visitamos, nos siguió un auto desde donde vivíamos, lo vimos nuevamente al salir del autobús, continuó unas cuadras, casi al parejo de nosotros, luego ya no lo vimos, pero al llegar a la casa de Laurita, estaba estacionado frente a la vivienda. Mi mamá tocó el timbre, pero no sonaba, golpeó la puerta, mientras salió del auto un tipo güero, de ojos azules, y le dijo a mi mamá: “tarde que temprano se la vamos a quitar”, se refería a mí. Mi mamá me tenía abrazada contra la reja de la casa, hasta que se abrió la puerta. Eduardo Montes Manzano un día me dijo que a mi papá cuando estuvo detenido, Nazar Haro lo amenazaba conmigo.

A Chuyita, María de Jesús, esposa de Gilberto Rojo Robles, quien fuera secretario de Organización del Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros de la República Mexicana, y a su familia la visitaba un señor, que se hacía pasar por amigo de Rojo, y le creyeron por qué les mostró fotos con él. Les llevaba comida a su casa, dinero; así se ganó su confianza. Tanto, que un día uno de los hijos le dijo: vamos a ver a mi papá. Lo condujo al lugar donde estaba escondido Gilberto; de esta manera lo detuvieron, se trataba de un policía y las fotos estaban “arregladas”.

En esa época vivíamos en la calle Durango, casi esquina con Monterrey, y en contra esquina de las entonces instalaciones de la Cruz Roja, en la hoy afamada colonia Roma. Este edificio se cayó durante el terremoto del 85, aunque para entonces hacía décadas que ya no residíamos ahí. Teníamos cosas guardadas del Partido Comunista Mexicano, hasta un mimeógrafo, era un tesoro. Siempre estuvimos vigiladas, pero nunca entraron al departamento, ya estaba preso mi papá.

Mantuvieron de manera permanente un jeep del Ejército en la entrada del edificio. En la noche echaban luces con lámparas hacia una ventana que daba hacia la calle. La entrada principal del departamento, en el primer piso, estaba junto a una escalera, y había otra puerta y dos ventanas que estaban en un corredor común con otro departamento, cuya puerta estaba al lado de una de esas ventanas que era de nuestra cocina. Mi mamá tenía entreabierta la ventana, con una silla, y me entrenaba para que saltara la ventana, no era alto, y entrara a la vivienda de al lado, cuya puerta también la dejaban emparejada. La vecina y mi mamá pensaban ingenuamente que si cateaban nuestra morada, dejarían libre esa ventana. Esto me causa mucha ternura.

Nuestros vecinos siempre fueron solidarios con nosotras. Especialmente recuerdo a la señora Natalia y a Chuy, la portera, quienes en muchas ocasiones me dieron de comer. Igual, le guardo afecto a la académica Andrea Revueltas Peralta, hija de José, quien vivía a la vuelta de nosotros, en la calle Monterrey, con quien me dejaba mi mamá en varias ocasiones.

Como no teníamos para pagar la renta, y ya se debía mucho, nos desalojaron. No sería la última vez. Mi mamá distribuyó con varios compañeros las cosas. Por ejemplo, un paquete de objetos acabó en la casa de Devaki, la hermana de Elena Garro, esposa del pintor Jesús Guerrero Galván, y madre de Flora Guerrero, activista morelense. Entonces vivían en lo que hoy es el Periférico y el asta bandera. Recuerdo algunos que nunca volví a ver como la escultura pequeña de un minero. Nos fuimos a vivir en un cuarto compartido, por la colonia Doctores, en donde sólo contábamos con un catre y un poco de ropa.

Las mujeres se ponían de acuerdo para llevar la comida a los presos, por qué la comida que daban en la cárcel, “el rancho”, era espantosa, agria, mosqueada, etcétera. No todos los alimentos podían llevarse, por qué con algunos se podían elaborar bebidas embriagantes. En alguna ocasión no permitieron su entrada en general, como represalia.

Las revisiones para entrar a la cárcel eran ofensivas: las celadoras les metían las manos a las mujeres en la vagina. Ellas sufrían por eso; ser desvestidas, en ocasiones totalmente, para pasar. Agresión física y psicológica. Las visitas eran terribles. A pesar de todo había una celadora, Celia, quien no actuaba de ese modo, y todas decían: ¡Ojalá pasemos con Celia!

No se podían meter documentos, papeles, libros, periódicos. Nada escrito.

            Como era difícil meter documentos, cualquier escrito, a la cárcel, las mujeres eran como los carteros. Mi mamá se las ingeniaba para meter algún mensaje o recado, o un texto más grande. En una bolsa doble los colocaba, y ponía agujas para que se picaran y no insistieran; más, abajo en la plantilla del zapato los pegaba, de manera que si le quitaban los zapatos no se dieran cuenta.

Ahora todo esto es inútil por la tecnología que existe.

Los presos políticos trabajaron dentro de la cárcel, aunque no por mucho tiempo. Mi papá como era maestro normalista pidió dar clases a los presos comunes, inicialmente lo permitieron, y también los asesoraba en cuestiones legales, por haber estado algunos años en la carrera de Derecho en la Universidad (ahora Autónoma) de Nuevo León, de donde fue expulsado por participar en las luchas estudiantiles. Lo retiraron de esta actividad con el argumento de “adoctrinar a los prisioneros”.

         Aprendieron manualidades, apicultura, en fin tenían varias labores; por ejemplo mi papá me hizo en bastidor un chal. Hacían ejercicios, yoga, daban clases entre ellos, etcétera. Tenían su célula del PCM. Vestían un uniforme azul de mezclilla, como todos los presos. Dormían en camas-literas de cemento, como la canción La cama de piedra. En fin, no los doblegaron.

En julio de 1963 realizaron una huelga de hambre. En el teatro Lírico se convocó a un acto de solidaridad por su libertad, que no se pudo realizar ya que lo  tomaron granaderos y policías. En la plaza de Santo Domingo se intentó realizar un mitin pero igual lo impidieron. Hubo enfrentamiento con los granaderos, ahí destacó Rodolfo Echeverría Martínez (Chicali), a quien detuvieron y ya lo subían en un vehículo, me parece que era una “julia”. Ahí estaba uno de los famosos jefes policiacos Raúl Mendiolea. Mi mamá me dejó en medio de la plaza, y me dijo: “¡No te muevas!” Y se fue a rescatar a Chicali, gritaba que era su hijo. Total que se juntó la gente, y no se lo llevaron.

En la plaza ya habían cercado e impedían pasar a cualquier persona, sólo que yo me encontraba en ese lugar rodeada, paralizada, no sabía qué hacer, no me movía. Hasta que a su vez me rescató el doctor Fausto Trejo Fuentes, con lo mismo que gritaba mi mamá, dijo que era su hija. Ya me preguntó por mi mamá, le expliqué y señalé en dónde estaba. Ese día nos adoptaron a Chicali y a mí, a él mi mamá, y a mí el doctor Trejo. ¡Qué bueno, nos salvaron!