Transformación moral desde el aparato estatal

 

José Luis Ortiz Santillán
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Austeridad, combate a la corrupción y apoyo a los que menos tiene, a los desposeídos, serán los ejes incuestionables del presidente Andrés Manuel López Obrador en su sexenio y los ciudadanos que votaron por su proyecto de nación, así como sus adversarios, se convertirán en la auditoría social que lo obligarán a cumplir con sus promesas de campaña; de uno u otra forma ellos marcan para México una nueva revolución social.

Sin embargo, una revolución social es el resultado de la conjunción de esfuerzos de hombres y mujeres que están dispuestos a dar su vida por transformar su realidad social y la de su país; que están dispuestos a entregar su vida por lo que creen justo. En muchos casos de la historia, esos soñadores revolucionarios han ido a sumar su esfuerzo a otras tierras, lejos del país donde nacieron; sabiendo que podían perder la vida; algunos pudieron regresar y otros nunca volvieron.

En el pasado, esa fue la historia de quienes participaron en la Guerra civil española, en la Revolución cubana, en la guerra en Nicaragua y El Salvador, en la guerrilla en Guatemala, en Colombia, de quienes se unieron a los diferentes movimientos en los años setenta y ochenta; la historia actual de muchos canadienses y europeos que llegaron a Siria para luchar junto a los kurdos contra el Estado Islámico; convencidos de que hacían lo correcto y estaban dispuestos a entregar sus vidas por un mundo mejor, defendiendo sus convicciones.

Entre todos ellos, están los nombres de personalidades como Ernesto Che Guevara, a cuyo padre e hijo mayor tuve la fortuna de conocer y compartir con ellos; el del único mexicano que participó en la revolución cubana, Alfonso Guillén Celaya, a quien conocí en Nicaragua en 1984; el del padre español Gaspar García Laviana, que luchó en Nicaragua contra la dictadura de Anastasio Somoza; el de Camilo Torres en Colombia; el del venezolano Ali Gómez García, con quien compartí  muchas veces en Nicaragua antes de su muerte en 1984. Pero también están los nombres perdidos de quienes, sin gran renombre, dieron parte de su vida por la revolución y sobrevivieron a su vorágine, regresaron a sus países con la misma fortuna con que salieron un día, pero nunca renunciaron a sus sueños.

Sin importar que se trata de una revolución armada, pacifica o simplemente de una revolución moral, como lo ha dicho el presidente Andrés Manuel López Obrador, para calificar la transformación histórica que encabeza su gobierno en México, donde ha afirmado que “no se trata sólo de un cambio de gobierno, sino un cambio de régimen”, para ello, también se requiere de hombres y mujeres revolucionarios, íntegros, capaces de asumir su rol en la transformación de una sociedad hundida en la corrupción y dentro de ella, en la simulación, como el arte para engañar a quienes pretenden transformarla.

Una revolución moral es mucho más compleja que cualquier otra, porque opera a partir de la conciencia de los hombres y mujeres que la encabezan, a partir de sus convicciones. En ese contexto, hombres y mujeres deberán sobreponerse a las tentaciones del ejercicio del gobierno; ellos están expuestos a la tentación de sucumbir ante el encanto del poder; el elogio, la adulación y el servilismo de quienes los rodean, pueden terminar seduciéndolos y apartándolos de su deber; porque el poder puede corromper a quienes no tienen convicciones y conciencia para sí mismos, sobre todo de quienes se han sumado a la cuarta transformación fortuitamente y no por convicción, ostentando puestos de dirección.

El presidente parece tener claro ese peligro y recientemente ha dicho al referirse a ello: “No me voy a dejar rodear por lambiscones, por barberos, voy a estar siempre escuchando”, escuchando al pueblo; porque también le han dicho algunos periodistas en sus conferencias que lo están engañando y ha respondido, como lo ha hecho recientemente en el noroeste del país: “A eso vengo porque así no me engañan, así puedo ver cómo están las cosas y por eso vengo por tierra porque así veo cómo está el camino”; precisando: “Yo me informo… porque ¿quién me informa?: el pueblo… hablo con todos y saludo y ahí me van diciendo y voy recogiendo los sentimientos del pueblo. No me voy a dejar rodear por lambiscones, por barberos. Yo no tengo oficina de espionaje, pero yo me informo”, precisó el presidente.

Sin embargo, es imposible que el presidente López Obrador pueda estar en todas partes, que sea omnipotente. Es por ello que su gabinete y quienes dirigen dentro de cada dependencia del gobierno deben tener la convicción para implementar las políticas diseñadas y no obstruirlas, lo que implica no mentirle al presidente, no engañarlo y ser leal a la confianza depositada en él.

No es fácil el camino de la cuarta transformación. El gobierno está poniendo en marcha una nueva política económica y social, que materializa la revolución moral y ética que encabeza el presidente, pero a través de un aparato del Estado cuyos operadores siguen siendo, en su mayoría, los de siempre; los que nunca se opusieron a la corrupción, los que lo criticaron en su campaña, los que colaboraron con sus oponentes desde sus oficinas de gobierno; muchos sin convicción, sólo con la necesidad de mantener sus puestos de dirección a toda costa, incluso levantando falsas acusaciones a quienes consideran sus adversarios o diseñando peligrosos planes para deshacerse de quienes ponen en peligro su supervivencia dentro de las estructuras de la cuarta transformación; esos son pues, los retos que hoy debe superar el presidente y sus leales colaboradores.

 

 

Revolución ética y contrarrevolución en el Estado

 

José Luis Ortiz Santillán

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

No se trata de una revolución social, sólo del fin de la corrupción reinante en la sociedad a través de una revolución ética, la cual ha colocado a la secretaria de la Función Pública, doctora Irma Eréndira Sandoval, como su baluarte. A este proceso, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, lo ha llamado la cuarta transformación, porque la primera habría iniciado con la guerra de Independencia (1810-1821); la segunda con la guerra de Reforma (1858-1861) conducida por Benito Juárez y la tercera con la Revolución mexicana (1910-1917).

 

Pero quién dijo que acabar con la corrupción en México a través de una revolución ética, pacifica, está exenta de peligros, de errores y externalidades, de oposición y lucha ideológica. Cinco meses de iniciado el cambio han mostrado que no será fácil para el presidente Andrés Manuel López Obrador hacer historia; las contradicciones dentro de su equipo puede ser que ahora sean imperceptibles, pero en la medida que los intereses personales se interpongan a los del presidente, poco a poco se irán quedando atrás quienes nunca estuvieron dispuestos a hacer historia con él, sino sólo a hacer su propia historia y beneficiarse de ella.

 

No es una revolución armada ni marxista, tampoco se trata del Socialismo del siglo XXI, sólo es una revolución moral que apenas comienza (así la definió el presidente López Obrador) y ya está en peligro de perecer frente a la contrarrevolución que se gesta dentro de sus propias filas, en las estructuras de un aparato del Estado que no ha cambiado y sigue siendo operado por los mismos de siempre; por los que no tienen otra visión de cambio que hacer lo que han hecho durante años, para conservar sus puestos y privilegios.

 

El presidente López Obrador creó el Movimiento Regeneración Nacional (Morena) en 2011, no es un partido político sino un movimiento al cual se unieron fuerzas provenientes de diferentes corrientes ideológicas, nacionalistas la mayoría de ellas, opuestas al antiguo régimen que ha prevalecido en México durante décadas, y muchos oportunistas, quienes se resisten a dejar los encantos del poder; sin embargo, en la medida en que el ejercicio de gobernar avanza, surgen nuevas contradicciones que amenazan con decantar el gobierno y a Morena que le dio origen.

 

La acumulación y agudización de las contradicciones económicas y sociales en México, posibilitaron el surgimiento de una figura histórica, la de Andrés Manuel López Obrador; pero también hicieron posible su arribo al poder. Son esas mismas contradicciones las que en cualquier sociedad hacen posible una revolución social, las que motivaron la Revolución de 1910; las que impulsan el cambio vertiginoso de una situación de la sociedad y de la economía a otra mejor, a fin de solucionar esas contradicciones y posibilitar el desarrollo de las fuerzas productivas, frenadas por relaciones sociales de producción anticuadas, las cuales impiden su desarrollo; ello implica cambiar las reglas que rigen el funcionamiento de la economía y la sociedad, para liberar el potencial de las fuerzas productivas, impulsar el crecimiento de la economía, satisfacer las necesidades de los individuos y mejorar su estado de bienestar; sobre todo, de los 55 millones de pobres.

 

Sin embargo, la revolución moral que lidera el presidente López Obrador, necesita más que su convicción personal y la de su gabinete para avanzar. Los cambios que pretende efectuar requieren de hombres y mujeres convencidos, capaces de materializar sus políticas, lo cual no es evidente, si consideramos que cientos de hombres y mujeres que han trabajado dentro del gobierno federal durante años, con gobiernos del PRI o del PAN, continúan en posiciones estratégicas de dirección en el gobierno de Morena o que muchos funcionarios encontraron, en el último minuto, la forma de incorporarse al gobierno, sin convicciones que no sean las de conservar su poder y privilegios.

 

Estos funcionarios sin convicciones ni ética, sin visión y sin compromiso con el cambio que promueve el presidente; que basan su conducta en administrar las cosas, en simular que cumplen las instrucciones, en evitar enfrentamientos y fricciones para conservar sus puestos, son los que obstruyen hoy el avance de la revolución ética, la revolución moral prometida por el presidente; y en su interior, acuñan la fuente de la contrarrevolución en proceso de gestación, la resistencia al cambio, la oposición a cambiar la forma de hacer las cosas dentro del gobierno a modificar las conductas, los estilos de ejercer el poder y la resistencia a perder sus privilegios.

 

No ha surgido un nuevo Estado producto de una revolución ética en marcha, iniciada el 1 de diciembre de 2018. Se trata de las mismas instituciones, de las viejas reglas y, en la profundidad de la administración pública, hasta de los mismos hombres que han operado el sistema; del mismo comportamiento de los individuos que se han ido reproduciendo dentro del sistema, de las mismas intrigas conocidas por los operadores del aparato; porque quienes tienen una visión revolucionaria de la sociedad, convencidos de la cuarta transformación, resultan demasiado peligrosos para conservarlos en las estructuras, son demasiado peligrosos para los intereses que se amasan dentro de sus estructuras, para los que, desoyendo al presidente y su visión, aún esperan sacar provecho de sus posiciones para amasar alguna fortuna o, al menos, conquistar un poco de poder de cara a un nuevo sexenio.

 

Lo cierto es que el presidente podría estar sólo con un puñado de leales defensores de su proyecto en el corto plazo. Es probable que, en la medida en que la revolución moral y ética, se profundice; en que las contradicciones entre quienes la apoyan y la obstruyan se agudicen, el equipo del presidente se ira decantando, dejando a un lado a quienes quieren sobrevivir en la simulación que la obstruye y desprestigia con su actuación, con sus posiciones y poses infundadas, con la mediocridad de su actuación diaria y sus intrigas, armadas en la comodidad de sus oficinas gubernamentales, rodeados de empleados públicos tratados como sirvientes personales; mientras el pueblo observa y prepara el asalto al poder definitivo.