Aquí sólo mis chicharrones truenan: AMLO

Luis Emiliano Gutiérrez Poucel
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Me costó trabajo seleccionar el tema para el artículo de este mes, dado que casi todos mis amigos comentaristas habían escogido temas parecidos que giraban alrededor de la inmutable terquedad de nuestro presidente Andrés Manuel López Obrador, quien considera que solamente su opinión cuenta y que siempre tiene la razón. Sin embargo, cuando empecé a escribir sobre Venezuela, otro tema de mi interés, mi mente regresaba a las últimas decisiones de AMLO y los costos que se están dejando sentir en la economía y los bolsos de las familias mexicanas.

Alguien dijo en alguna ocasión que “no miente tan sólo el que habla en contra de lo que sabe, sino también miente el que habla en contra de lo que no sabe.” Es terrible ver a una persona tomar decisiones sobre el bienestar de otros pensando que sabe lo que no sabe, puesto que el costo de sus malas decisiones lo pagan los incautos que le otorgaron el poder de decisión sobre sus destinos.

Para el señor presidente no importa el sentido común, lo relevante son las buenas intenciones. En efecto, nada es complicado para el que no entiende, como nada es imposible para el que no sabe, pero cree que sí sabe. El comportamiento del presidente corresponde al de un hombre soberbio convencido de su superioridad ética y moral, eliminando de facto toda posibilidad de diálogo. De entrada, sus adversarios y aquellos que emiten opiniones contrarias a la suya están descalificados por no admitir que la palabra de otros esté a su altura. Por ello AMLO se ha rodeado de aduladores que prefieren guardar silencio ante sus caprichos y errores, que marcarle el alto y ofrecerle opciones correctas. Cualquier experto que discrepe de AMLO, en ese momento se vuelve pirrurris, o sea un desvergonzado que no merece atención alguna.

En estos cinco meses de administración, la administración de AMLO ha cometido un sin número de errores, pero probablemente dos marcarán su gobierno en la historia: el primero fue la terminación Nuevo Aeropuerto Internacional de México en favor de la construcción del de Santa Lucía, y el segundo la construcción de la refinería de Dos Bocas.

Tal y como en su momento el tema de la Casa Blanca fue la que manchó la honestidad y credibilidad de Enrique Peña Nieto, la cancelación del NAIM en favor de Santa Lucía manchará de ineptitud y soberbia la figura histórica de Andrés Manuel López Obrador.

El presupuesto original de Santa Lucía se estimaba en 67,000 millones de pesos, pero de acuerdo al Colegio de Ingenieros va costar más de cuatro veces ese monto, alrededor de 217,000 millones de pesos y tomando en cuenta el costo de cierre del NAIM y otras obras que no se consideraron, saldrá 156,000 millones de pesos más caro que lo que hubiera costado terminar el NAIM, aeropuerto de menores costos de operación y de mayor capacidad, que el proyecto aeroportuario de AMLO, el que curiosamente todavía no se termina de estudiar. Esa decisión autoritaria mandó una pésima señal a los empresarios e inversionistas, los cuales han mantenido una actitud de desconfianza a la administración de AMLO.

El proyecto de la refinería de Dos Bocas se propuso por invitación directa a cuatro firmas expertas en la construcción de refinerías, quienes después de estudiar el proyecto concluyeron que costaría más de los 8,000 millones de dólares y tardaría más de los tres años que habían fijado como límites la administración de AMLO. Ante lo cual, nuestro presidente anunció que Pemex la haría (en el lugar que él escogió personalmente) bajo la dirección de la Secretaría de Energía manteniéndose dentro del presupuesto y terminándola a tiempo. Esta decisión de sustituir a las compañías internacionalmente más capacitadas para construir refinerías por un grupo de burócratas del gobierno y de una paraestatal va en contra de la experiencia histórica y del sentido común.

A ver, examinemos cuatro razones por las que la decisión de construir la refinería de Dos Bocas es una mala decisión, un elefante blanco y una criminal necedad.

Primero, la tendencia internacional es que desaparezcan los vehículos de combustión interna en favor de los eléctricos.

Segundo, no se están construyendo nuevas refinerías en el mundo, la última que se construyó fue en Turquía y costó más de 10,000 millones de dólares, tardándose más de siete años en construirla.

Tercero, si las compañías expertas concluyeron que la refinería costaría más y tardaría más en terminarse, es sencillamente imposible que Pemex y Energía sean más eficientes que dichas compañías terminando en costo y en tiempo. Todos los estudios de organismos internacionales e institutos económicos indican que el sector público nunca ha sido más eficiente que el sector privado; que los proyectos bajo el control, dirección y ejecución del sector público tienen resultados peores que los del sector privado; que el dinero en manos del gobierno es infinitamente menos productivo que en manos del sector privado; que los proyectos manejados por el gobierno promueven ineficiencia y corrupción, etcétera. Estas lecciones que todos los economistas e ingenieros aprendemos en la universidad, las desconoce nuestro presidente sabelotodo.

Cuarto, existe exceso de capacidad en la industria mundial de producción de refinados, por lo que sus precios tienden a la baja. Los precios de los refinados producidos en Dos Bocas serán superiores a los precios internacionales por la necesidad de amortizar el capital invertido en la refinería mexicana, mientras que las inversiones en las refinerías existentes alrededor del mundo ya fueron amortizadas.

Viendo estos dos claros ejemplos de ineptitud y soberbia la pregunta clave ahora es ¿qué se nos viene después de todo esto? En economía no se pueden tomar malas decisiones muchas veces todas las veces, el costo no tarda en dejarse sentir y es creciente. En estos cinco meses de administración ya hemos visto un anticipo de lo que se nos viene encima: decaimiento del crecimiento económico y estancamiento de la economía. El peligro que este comentarista ve es que nuestro presidente trate de forzar el crecimiento económico con financiamiento deficitario, lo que desataría la inflación en el país comiéndose los ingresos, en especial, de los que menos tienen, precisamente los que mayormente votaron por él.

Esta administración pasará a la historia como la de las buenas intenciones y la de los pésimos resultados.