El colmo de la fe: Monjas violadas

Teresa Gil / Libros de ayer y hoy
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Descubrió el hilo negro don Jorge Mario Bergolio; debería de haber hojeado –y ojeado–, un volumen de arqueología. Las capas de la tierra de siglos y siglos, evidencian en los conventos del  mundo fetos y fetos sepultados en el afrentoso huir de un  pecado... ¡o de una violación! Ahora el Papa descubre que algunos sacerdotes violan monjas y la burla oculta de los propios prelados que lo acompañan esconde su presunta ignorancia. Quizá porque frente a la pederastia, violar mujeres es para ellos un pecado menor. Algo que no lastima a su Dios. Así lo considera el machismo rampante en el  mundo, con las violaciones cotidianas en los hogares de parte de los propios familiares que deberían de proteger y en todo reducto en donde una mujer se aventure sola ante un tipo que se considera con derecho a vulnerar. La propia sociedad lo ha prohijado y una iglesia hipócrita, la católica, la ha secundado con su misoginia. Pero el papa Francisco no ha consultado los propios documentos vaticanos o las notas de L'Osservatore Romano de los últimos tiempos en los que el diario oficial de la Santa Sede informa sobre el estado de explotación en el que viven las monjas en el mundo, en calidad de sirvientas de los curas, muchas de ellas. Ya en el 2001, El País publicó –en investigación posterior–, las denuncias que hizo la titular de Cáritas Internacional Marue O' Donahue en 1995, ante el representante español de los Institutos de Vida Consagrada, el cardenal Eduardo Martínez Somalo. Cuando la mujer le habló de las violaciones cometidas por decenas de sacerdotes contra monjas en conventos, el prelado se quedó frío. O lo fingió. Se ordenó una investigación que al parecer no dio frutos por lo que ahora menciona Bergolio.

En México, los fetos en conventos son material turístico o de museo

Lo que se cuenta y exhibe de los conventos del mundo es apabullante, fetos a granel ocultos en sótanos o paredes, de miles y  miles de monjas violadas se informa, pero también del servicio que solían prestar los monasterios femeninos a las jóvenes seducidas que acudían a ellos. En México son muchos los conventos que llevan al turista a observar el viejo pecado que se atribuye a las monjas, sin mencionar el abuso y la agresión de sus superiores, los sacerdotes. Ellas son las culpables según los informantes. Al respecto van la primera y la última de la  misma redondilla, de la monja jerónima Sor Juana Inés de la  Cruz (1648-1695):

Hombres necios que acusáis,
a la mujer sin razón
sin ver que sois la ocasión
de lo  mismo que culpáis

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa de instancia
juntáis diablo, carne y mundo

            El  convento de Mérida con pasadizos secretos y hondonadas en la tierra es uno de los más notables. Recuerdo haber ido en la calle República de El Salvador del centro de la Ciudad de México, a un pequeño museo que exhibía las capas abiertas de la tierra en conventos, y los pequeños huesos revueltos con desechos de alimentos y objetos diversos, de varios siglos atrás. La tradición expresada a través de la ciencia, exhibe la hipocresía de una institución religiosa que se lava la cara con el  presunto celibato, mientras las que pagan son mujeres solas, que se han desprendido de familia y sociedad, para entregar por voluntad propia su vida y su seguridad. ¿Lo ignoraba realmente el Papa?

Más de 40 mil monjas hay en México y buena parte sirven a curas

El Estado mexicano, presuntamente laico, poco se ocupó o no le importó, la situación de todas esas mujeres que creyeron estar al servicio de un dios, pero lo han estado en realidad al servicio de hombres que las han ocupado en todos los sentidos. La mayoría sin retribución en sus trabajos. Es cierto que hay comunidades  muy diversas al servicio social y muchas de esas mujeres son maestras, enfermeras, talentosas ejecutivas de escuelas, universidades, clínicas y hospitales, pero la parte más humilde y modesta es la que sirve al conglomerado masculino religioso del país. Una de las grandes monjas que ha dado la religión católica, como fue en México el caso de Sor Juana, es Teresa de Jesús, la santa de Ávila (1515-1582). En un singular libro editado por la empresa Garnier en París, allá a fines del siglo X1X o a principios del siglo pasado (no trae fecha, solo una dedicatoria de 1910), se publican Las cartas de Santa Teresa de Jesús, un documento extraordinario que el Papa debe haber leído y que ilustra a los largo de décadas, la forma como vivían las  monjas en los conventos en España. En medio de mucha pobreza y censura. Pero la santa se da tiempo para contar en su larga y copiosa correspondencia, los actos de rebeldía que solían tener algunas de ellas, consistentes por ejemplo, en asomarse a la puerta de entrada del convento. Es muy triste comprobar, sin embargo, que ese gran talento reformador que fue el de la religiosa de Ávila, perdía mucho tiempo en gestionar dinero y contar lo poco que tenían para vivir, cuando ella ya era superiora y escribía sus obras. Pese a ello, se echó a lo largo de ese tiempo su gran clásico Las moradas. Aquí, parte de su famoso poema:

Vivo sin vivir en mí

Vivo sin vivir en mí
y de tal manera espero
que muero porque no muero

Vivo sin vivir en mí
después que muero de amor
porque vivo en el señor
que me quiso para sí.
Cuando el corazón le di
puse en él este letrero:
muero porque no muero