Amos Oz: En la piel de otra gente

o el perfil humanista de un traidor

 

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos

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Para escribir novelas, ensayos, artículos, etcétera, hay que observar, fantasear, ponerse en la piel de otra gente.

 

“Lo que quiero compartir con ustedes es alguno de los placeres de la experiencia de contar historias con agallas, contarles de donde procede la urgencia actual de contar historias y cómo se vive, incluso en términos de tiempo, de sufrimiento, de prejuicio, de tragedia, de pérdida y de derrota”, dice Amos Oz en ese pequeño texto que es una gran bomba contra cualquier voluntad arrastrada por sus creencias: Contra el fanatismo (Biblioteca de Ensayo, Siruela).

 

Oz dejó este mundo el pasado 28 de diciembre, día de Los Inocentes, y junto con Edgar Morin, otro escritor de vena judía, figura en ese raro elenco de librepensadores de nuestro tiempo, incluso con el riesgo de haber sido considerados por los suyos como “traidores” porque, ya se sabe, disentir o criticar en ciertas culturas es peor que ser un enemigo o un adversario.

 

De toda su gran obra, ese pequeño ensayo resume el feroz y humorístico espíritu subversivo de un hombre verdaderamente libre, que creyó siempre que “existe en todo ser humano, no sólo en escritores y novelistas, la necesidad de contar historias, de imaginar al otro, de ponerse en la piel del otro es, al final, no sólo una experiencia ética y una gran prueba de humildad, no sólo una buena directriz política, sino, finalmente --que no se entere la enfermera de mi colegio-- también un gran placer”.

 

Por eso este pensador podía preguntar: ¿Qué hubiera pasado si en realidad Judas no hubiese traicionado a Jesús? ¿Quién decide quién es un traidor? ¿Es más leal quien dice que sí a todo o quien disiente por el bien de una causa?

 

Este pensador israelí siempre cargó con el sambenito de “traidor” por creer que judíos y palestinos tienen la capacidad de vivir sin fronteras, juntos. Los ultranacionalistas no lo perdonaron en vida, menos ahora muerto. La ocupación, vil agandalle, del territorio palestino, fue uno de sus temas, porque detrás nunca se ocultaron los resortes del fanatismo, uno de sus blancos predilectos, como lo prueba en el ensayo mencionado.

 

“Quisiera poder recetar sencillamente: leed literatura y os curareis de vuestro fanatismo”, decía. “Desgraciadamente no es tan sencillo. Desgraciadamente, muchos poemas, muchas historias y dramas a lo largo de la historia se han utilizado para inflar el odio y la superioridad moral nacionalista”.

 

Empero, echando mano de Shakespeare y Gogol, Amos Oz podía aventurar horizontes menos nublados: todo extremismo, toda cruzada que no se compromete a llegar a un acuerdo, toda forma de fanatismo termina, tarde o temprano, en tragedia o en comedia. Al final, el fanático nunca es feliz, no está más satisfecho, así muera o se convierta o en bufón”.

 

Esto sería “una buena inyección”. “Gogol nos enseña que nuestra propia nariz puede convertirse en un enemigo terrible, incluso en un enemigo fanático. Y puede que uno acaba persiguiendo fanáticamente a su nariz”.

 

La oscuridad y el enigma kafkianos se ciernen cuando se cree que no se ha hecho nada malo, que todo está bien.

 

El diagnóstico cruel a la razón que impide el crecimiento de flores: los fanáticos carecen de sentido del humor (si acaso, llegan a ser sarcásticos, pero sin una pizca de gracia).

 

Los textos de Oz, una deliciosa píldora intentado inmunizar contra el veneno del fanatismo a políticos, empresarios, economistas neoliberales, intelectuales, académicos, periodistas y lectores de a pie. (Un gran legado en tiempos de oscurantismo económico y político, de creencias presuntamente definitivas y no de ideas).