Maduro: Washington y Bogotá mantienen
una política de terrorismo contra Venezuela

Ignacio Ramonet / América Latina en Movimiento
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En Venezuela, para desconsuelo de los antichavistas, el año 2018 terminó con una nueva victoria del presidente Nicolás Maduro. Su formación política, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y sus aliados en el seno del Gran Polo Patriótico (GPP) ganaron los comicios municipales del 9 de diciembre. Ya el 20 de mayo anterior, los venezolanos se habían pronunciado democráticamente en favor de la reelección del mandatario, cuyo segundo período de gobierno (2019-2025) comienza este 10 de enero.

Si en el campo político, el chavismo –que cumple veinte años en el poder– sigue teniendo un apoyo electoral mayoritario, en cambio, en otros ámbitos, afronta no pocas dificultades.

En la esfera de la vida cotidiana por ejemplo, la guerra económica y las sanciones impuestas por Estados Unidos y sus aliados han creado una serie de inconvenientes –entre ellos la fuerte inflación– que complican cruelmente la normalidad ciudadana.

Por otra parte, el acoso financiero también obstaculiza la importación de alimentos, de medicamentos y de piezas de recambio. Y la persistente corrupción empeora las cosas. Todo lo cual tiene a veces dramáticos desenlaces. Consecuencia: muchas personas están descontentas. Otras están optando por salir del país.

Víctima de sus errores, de sus excesos y de sus propias pugnas internas, la oposición se ha mostrado incapaz de sacar provecho de este áspero contexto social.  La Mesa de la Unidad Democrática (MUD) se ha disgregado y atomizado hasta el punto de volverse invisible e inaudible. Sus principales dirigentes –tanto los  que se instalaron en el extranjero como los que se han quedado en Venezuela– siguen denunciando la “dictadura” y la “represión política”. Pero carecen de credibilidad.

A este panorama, ya de por sí intrincado, se añade la perenne guerra mediática contra la Revolución bolivariana que pone en escena para el mundo, con los horrendos ingredientes del cine de catástrofes, un supuesto “desastre venezolano”.

El pasado 26 de septiembre, en Nueva York, ante la Asamblea General de la ONU, el presidente Maduro denunció con amplios detalles los diversos ataques de una “agresión internacional” contra su país. Sin omitir recordar la criminal tentativa de magnicidio contra él ocurrida en Caracas el 4 de agosto pasado.

Cualquier otro dirigente, ante semejantes adversidades, hubiese claudicado. No es el caso de Nicolás Maduro quien, una vez más, ha dado muestras de una resilencia excepcional. Para enfrentar la guerra económica, sorprendió de nuevo a sus adversarios con una triple ofensiva: consolidó la criptomoneda petro, lanzó el bolívar soberano, y propuso el Programa de Recuperación, Crecimiento y Prosperidad Económica.

Por otra parte, pese a las dificultades, la Revolución bolivariana ha seguido cumpliendo sus objetivos de justicia social: entregó hace unos días la vivienda digna número 2.5 millones; los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) proveen de cajas de alimentos básicos a cerca de 6 millones de familias humildes; se está a punto de alcanzar las 3 mil comunas productivas; se avanza hacia la autosuficiencia en los rubros: maíz, arroz, azúcar, leguminosas, cacao, café y soja; y en materia de educación, más de 10 millones de personas acuden a las aulas de clases y el 75% de ellas lo hacen en escuelas públicas y gratuitas, desde la educación inicial hasta la universitaria, en permanente mejoramiento de la calidad.

En política internacional, las autoridades venezolanas han seguido enfrentando la hostilidad de Washington y de algunos de sus aliados, en particular europeos. Así como los ataques de los gobiernos conservadores latinoamericanos reunidos en el seno del Grupo de Lima.

Muy distinta ha sido, en cambio, la actitud de diversas grandes potencias cuyos jefes de Estado han expresado su solidaridad con la Revolución bolivariana.

A este respecto, por ejemplo, el presidente Maduro fue invitado a visitar China en septiembre pasado reuniéndose con el presidente Xi Jinping. Por otra parte, el mandatario venezolano recibió en Caracas al presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, en diciembre, con quien ha establecido una relación de gran confianza. Y ese mismo último mes de 2018 realizó otro importante viaje a Moscú donde firmó sustanciales acuerdos con el presidente Vladimir Putin. Confirmando de este modo que Venezuela no está aislada.

Conozco a Nicolás Maduro desde hace más de diez años cuando era ministro de asuntos exteriores del presidente Hugo Chávez. Ha sido, por antonomasia, de 2006 a 2012, “el” canciller de la Revolución bolivariana. Como los míticos Litvinov y Molotov lo fueron de la Revolución soviética. Chu-Enlai de la Revolución china. O Raúl Roa de la Revolución cubana. Es el gran estratega, junto al comandante Chávez, de todas las batallas ganadas en el arduo y complejo frente diplomático.

Como se sabe, Maduro fue un destacado dirigente estudiantil y un líder sindical legendario. Es también un hombre de amplia cultura, con tres pasiones: la historia, la música y el cine. Dirigió durante años el principal cine-club de Caracas, y sus conocimientos cinéfilos son de una vastedad y de una finura impresionantes.

Por su inteligencia política, siempre ejerció sobre su entorno una auténtica fascinación. “Es un cerebro con gatillo” dicen sus amigos para subrayar la celeridad de su mente. Por ello sin duda, el comandante Chávez, al salir de la cárcel en 1994, no dudó en elegirlo como uno de los pocos no militares que integraron su círculo más íntimo. Y le acompañaron en la conquista democrática del poder.

Puedo testimoniar del afecto profundo y de la confianza que le profesaba el comandante Chávez. No me sorprendió por consiguiente que, aquel 8 de diciembre de 2012,  en su último discurso público, antes de someterse a una intervención quirúrgica que resultaría trágica, el fundador de la Revolución bolivariana definiera a Maduro, entre varios jóvenes y brillantes líderes chavistas, como el más capaz: “Es un revolucionario a carta cabal. Un hombre de gran experiencia a pesar de su juventud. De una gran dedicación al trabajo. De una gran capacidad para la conducción de grupos. Y para manejar las situaciones más difíciles en distintos frentes de batalla.”

Finalmente el Comandante Eterno lo designó al pueblo como su sucesor con aquellas palabras tan típicamente chavistas y tan inolvidables: “Mi opinión firme. Plena como la luna llena. Irrevocable.  Absoluta. Total. Es que –si es que yo no pudiera– ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente de la República Bolivariana de Venezuela. Yo se lo pido desde mi corazón. Es uno de los líderes jóvenes de mayor capacidad para continuar dirigiendo –junto al pueblo siempre y subordinado a los intereses del pueblo– los destinos de esta patria al frente de la Presidencia de la República. Con su mano firme. Con su mirada. Con su corazón de hombre del pueblo. Con su don de gentes. Con su inteligencia. Con su liderazgo. Y con el reconocimiento internacional que se ha ganado.”

Antes de sentarnos en su despacho del Palacio de Miraflores, en Caracas, para realizar esta entrevista, el presidente Maduro me invita a acompañarle a una ceremonia pública de entrega de viviendas sociales. Se va a entregar el apartamento subvencionado por el Estado número 2.5 millones…  Los edificios, construidos en colaboración con una empresa china, están localizados a proximidad de la parroquia caraqueña del Valle, de clase media, donde precisamente el mandatario nació y en cuyas calles se crió.

La población presente, no muy numerosa, acoge al mandatario con ruidosas muestras de alegría y afecto. Maduro viste una guayabera blanca con el cuello de los colores de la bandera venezolana. Naturalmente elegante, de imponente estatura –mide más de 1.90m– es un hombre tranquilo, afable, sereno, dotado de un sentido muy fino del humor.

En su corto discurso denuncia la “indolencia” de muchos de sus propios colaboradores en el gobierno o en las administraciones locales. Los ciudadanos presentes aplauden con entusiasmo esas críticas. Y lo vitorean a pleno grito cuando el presidente carga contra la corrupción y se propone castigarla sin miramientos “caiga quien caiga”.

Alterna comentarios afables, casi personales, dirigidos a algunas de las familias (entre ellas, una joven pareja con discapacidad auditiva y su bebé) que reciben las llaves de sus nuevos apartamentos, y reflexiones profundas de política económica nacional o de relaciones internacionales. Un poco a la manera en que lo hacía el comandante Hugo Chávez. Oscila desde lo personal a lo colectivo, desde lo concreto a lo general, desde la praxis a la teoría. Siempre dando pedagógicamente una impresión de liviedad para nunca resultar pesado.

Al día siguiente, 27 de diciembre, nos encontramos en su despacho de trabajo en el palacio de gobierno. Exactamente en aquella misma sala en la que Chávez, hace casi seis años exactos, señaló a Maduro como su continuador. Nos saludamos y, mientras los equipos terminan de preparar el set, caminamos conversando por el patio y los bellos jardines interiores de Miraflores sobriamente adornados con decorados de la navidad.

Hoy el presidente viste una elegante camisa de color azul intenso. Aunque es una entrevista para prensa escrita, se van a tomar fotos de nuestro encuentro y se van a rodar, en video, algunas de las respuestas.  Como es habitual en él, ha traído bajo el brazo un paquete de libros que coloca en la mesita que nos separa. Todo está listo. Entonces, sin más preámbulo, arrancamos.

La entrevista

Buenas tardes, presidente. Gracias por recibirnos. En esta entrevista vamos a abordar esencialmente tres temas: política, economía y asuntos internacionales.

Empecemos por la política: quizás el principal evento político del año 2018 fue su reelección, en los comicios del 20 de mayo, con más de 6 millones de votos obtenidos y más de 40% de diferencia con respecto al principal candidato opositor Henri Falcón. ¿Cómo explica usted –en un contexto tan difícil para los ciudadanos, creado por la guerra económica y las sanciones financieras impuestas por Washington– que los electores le hayan otorgado, por segunda vez, un apoyo tan  masivo?

—En efecto, el pueblo de Venezuela otorgó a la Revolución bolivariana, al chavismo –que es una fuerza política y social real, que existe en las calles, en los barrios, en los campos, en las ciudades y en los pueblos– y otorgó también, debo decirlo con humildad, a mi candidatura, el mayor apoyo –en términos porcentuales– que cualquier candidato haya obtenido jamás en una elección presidencial en Venezuela.

Ya veníamos notando –luego de la victoria de la paz con la elección constituyente de julio de 2017– una recuperación sostenida de nuestras fuerzas, un afianzamiento de la unidad revolucionaria –recibimos el apoyo de todos los partidos del Gran Polo Patriótico y de infinidad de movimientos sociales–, y un crecimiento organizado de nuestro Partido Socialista Unido de Venezuela, que es el partido político con mayor número de afiliados de toda Latinoamérica.

Ese buen resultado se explica también, me atrevo a señalarlo así, por la madurez y sabiduría demostrada por nuestro pueblo en medio de la más brutal agresión que hayamos sufrido desde nuestra guerra de independencia. Nuestro pueblo se ha crecido, ha crecido en conciencia, en fuerza organizada, en patriotismo, frente a la guerra psicológica y a la ilegal e ilegítima guerra económica perpetrada por el imperio norteamericano junto a sus gobiernos satélites de este continente y de Europa, para tratar de doblegarnos. El resultado de esa hostilidad ha sido la terquedad demostrada por los ciudadanos y ciudadanas en su
determinación de seguir siendo libres, independientes y soberanos.

Y otro factor fundamental, determinante, Ramonet, es que la Revolución bolivariana ha atendido, en medio de las dificultades y del hostigamiento económico y financiero, las necesidades de la sociedad venezolana. Aquí no ha cerrado una sola escuela, ni una universidad. Al contrario, ha aumentado el número de estudiantes de la educación pública. Aquí continuamos atendiendo de manera gratuita la salud de todo el pueblo. Hemos protegido, con mucha fuerza y determinación, el salario y el empleo de todas y todos. Y aproximadamente cada tres semanas llevamos el alimento básico, las ya famosas “cajas CLAP”, a 6 millones de hogares de Venezuela; se las entregamos directamente en sus casas.En las paredes de Caracas se pueden leer pintadas, grafitis en los muros, que quizás resuman esto que le respondo: “Voto por quien me aumenta el salario, no por quien encarece los productos.” Quizás eso explique por qué la Revolución bolivariana se encuentra hoy más robusta, viva y amalgamada en un solo esfuerzo constructivo que nunca.

Dentro de unos días, el 10 de enero de 2019, arranca su nuevo mandato presidencial de seis años. Algunos gobiernos que no reconocieron los resultados de las elecciones presidenciales del 20 de mayo pasado amenazan con desconocerlo a usted como presidente constitucional de Venezuela. ¿Qué les responde usted?

—Bueno, en primer lugar, que Venezuela es un país que ha forjado, a lo largo de la historia, su identidad, su carácter republicano, su independencia. Y que, a Venezuela, la rige una Constitución que es la más democrática que haya existido en toda nuestra historia. Aprobada por nuestro pueblo hace 19 años en referéndum. Y esta Constitución se ha venido cumpliendo de manera impecable en estos
19 años.

En 2018, tuvimos dos certámenes electorales totalmente transparentes, regidos por las instituciones electorales del país. Debo recordar que el Poder Electoral, en Venezuela, es un poder público, el quinto poder público. Y ese poder utilizó toda su logística, sus sistemas electrónicos del más alto nivel de transparencia. Reconocido por personalidades internacionales de indiscutible prestigio como (el expresidente de Estados Unidos) Jimmy Carter quien afirmó en su momento que “el sistema electoral venezolano es el más transparente y
pulcro que se haya visto en el mundo; el más perfecto”.

Las elecciones presidenciales del 20 de mayo del 2018 se realizaron bajo el control de observadores nacionales e internacionales. Y nuestro pueblo tomó una decisión. Las decisiones sobre Venezuela no las toman los gobiernos extranjeros. No somos un país intervenido, tutoreado por ningún imperio. Ni por el imperio del Norte, ni por sus satélites de América Latina y el Caribe, ni por Europa. En Venezuela gobierna y manda soberanamente el pueblo. Y el pueblo tomó una
decisión muy clara y muy contundente: por primera vez, nosotros sacamos 68% de los sufragios… Usted lo señalaba: más de 4 millones de votos de diferencia con el candidato principal de la oposición.

Así que: el pueblo ha decidido. Y nosotros vamos a cumplir la decisión del pueblo. No existe la posibilidad de que gobierno alguno diga la mínima palabra, desde el extranjero, para conocer, reconocer o desconocer la legitimidad constitucional y democrática del gobierno que voy a presidir desde el  10 de enero de 2019 hasta el 10 de enero de 2025. Dispongo del plan, del proyecto, de la experiencia, de la fuerza. Cuento con el pueblo, con la unión cívico-militar. Y sobre todo: con la legitimidad constitucional que es lo más importante.

Permítame repetirle que las presiones y las agresiones del imperio norteamericano y de sus gobiernos satélites no significan nada frente a la voz de nuestro pueblo. Nuestra democracia posee una fortaleza real que se ha expresado en 25 elecciones en los últimos 20 años… Vale decir que, en 20 años de Revolución bolivariana, ha habido casi el triple de elecciones que las realizadas durante el mismo período, por ejemplo, en Estados Unidos…

En la campaña electoral de abril y mayo de 2018, que duró 21 días, visité los 23 estados de Venezuela varias veces. Y al pueblo que colmó calles y avenidas, yo le preguntaba: “¿Quién elige al Presidente en Venezuela? ¿Washington o Caracas? ¿Miami o Maracaibo?” Y la respuesta enérgica de todo el pueblo, incluido el que vota por la oposición, es que nosotros tenemos el derecho inalienable de elegir a nuestros gobernantes. Nada ni nadie va a cambiar ese derecho elemental y sagrado.

A quien le moleste eso le decimos que Venezuela tiene una larga tradición de no injerencia en los asuntos de otros Estados. La Revolución bolivariana ha sido solidaria con todos los países de nuestro continente y del mundo si así lo han requerido frente a catástrofes naturales o de otra índole. Lo menos que exigimos es la reciprocidad. Que se nos respete en tanto y cuanto somos soberanos e independientes.

Aunque usted no ha cesado de apelar al diálogo democrático, el grupo opositor más importante –reunido en el seno de la llamada Mesa de la Unidad Democrática (MUD)– decidió no participar en las elecciones del 20 de mayo. El resultado es que hoy la MUD se halla fragmentada, dividida y, de hecho, autodisuelta¿Qué opinión le merece a usted esta oposición?

—He convocado a la oposición venezolana a un diálogo político en más de 300 ocasiones… Eso sin contar el diálogo permanente que mi gobierno mantiene con los sectores privados, y con la sociedad en general. Este diálogo no ha buscado a convencer a nadie de que asuma nuestros modelos. Entendemos que tenemos formas muy diferentes de ver la vida, de que son propuestas confrontadas para asumir los retos de nuestra sociedad. Nuestro empeño siempre ha consistido en fortalecer la convivencia política pacífica de las fuerzas políticas de Venezuela.

Pero todos esos esfuerzos de diálogo han sido boicoteados por la embajada de EU en Venezuela. Alguna vez se sabrá de las visitas que hizo el encargado de negocios de la embajada de EU, casa por casa, a cada uno de los precandidatos de la oposición para obligarles a no participar en la elección presidencial del 20 de mayo. Logró conminarlos a casi todos, con dos excepciones (Henry Falcón y Javier Bertucci) que sí participaron, y obtuvieron la votación que obtuvieron.

Usted no sabe lo feliz que yo me sentiría si pudiéramos contar con una oposición en Venezuela que se mantuviera apegada a la política, que se alejara de aventuras conspirativas y golpistas, que defendiera una voz propia. Y no la voz autoritaria de la embajada gringa.

En el marco de la Revolución bolivariana ¿cuál es el espacio político del que dispone la oposición? En otras palabras: ¿la Revolución aceptaría que la oposición ganase unas elecciones presidenciales?

—La oposición en Venezuela cuenta con todas las garantías que la Constitución establece para el libre ejercicio de la política. Y le digo más, de las 25 elecciones que ha habido en Venezuela en 20 años hemos ganado 23, es cierto, pero hemos perdido dos: la reforma constitucional de 2007 y las legislativas de 2015. Cuando perdimos, de inmediato reconocimos nuestra derrota, minutos después de que el Consejo Electoral emitiera su boletín. Chávez en 2007 y yo en 2015 reconocimos el resultado y llamamos al pueblo a respetarlo en paz.

Yo presenté mi mensaje a la nación, en enero de 2016, ante la Asamblea Nacional de mayoría opositora, presidida por el líder de la oposición Henry Ramos Allup. Y ¿cuál fue la respuesta de la derecha envanecida por su victoria electoral? Decir que me sacarían del poder en seis meses, violando la Constitución y el mandato electoral otorgado por el pueblo.

Ya se ven las consecuencias de sus actos: ahora tenemos a una oposición fragmentada, dividida, odiándose sus dirigentes entre ellos, y muy disminuida en su fuerza política. Quiero decir con esto que siempre hemos reconocido todos los resultados electorales, cuando hemos ganado y cuando hemos perdido. La oposición ha ejercido el poder regional y local en aquellas elecciones de gobernador y de alcalde en las que ha resultado favorecida. Por cierto con el mismo sistema electoral automatizado con que cuenta Venezuela desde 2004.

El problema es que ellos reconocen sólo las decisiones electorales cuando ganan… No reconocieron el resultado del Referendo Revocatorio de 2004, y eso que Chávez les ganó con 20 puntos de diferencia. Ni el de la elección presidencial de 2006, cuando Chávez les sacó 23 puntos de diferencia. Ni mi victoria de 2014, ni la de mayo de 2018.

Usted ha calificado varias veces a algunas fuerzas opositoras de “golpistas”; y el 4 de agosto pasado fue usted víctima de un espectacular intento de magnicidio con drones cargados de explosivos. ¿Qué nos puede decir a propósito de ese atentado?

Efectivamente, el 4 de agosto de 2018 nosotros vivimos lo que nunca pensé que pudiera suceder: un atentado terrorista con uso de la más alta tecnología para asesinarme. Y más que asesinar a mi persona como ser humano, se trataba de acabar con la Presidencia de la República y acabar con los poderes del Estado. Fue un atentado verdaderamente terrible. Gracias a los mecanismos tecnológicos de seguridad de los que disponemos, logramos neutralizar en parte ese ataque.

Utilizaron drones. Un dron voló por encima de la tarima en la que yo me hallaba, y vino a colocarse en frente de mi cuando estaba pronunciando el discurso principal. Luego se acercó pero fue neutralizado por nuestra tecnología. Si hubiese explosionado donde los criminales querían, hubiese causado mucha sangre, dolor y muerte.

Y había un segundo dron que, por fortuna, se desorientó a causa de nuestra misma tecnología de protección. Y explosionó… Era el dron más poderoso porque traía una carga de C-4, un explosivo plástico de uso bélico. Ese dron explosionó contra un edificio de apartamentos muy cerca de la tarima principal.  Creó un hueco gigantesco en el muro exterior del edificio, y hasta prendió fuego a un apartamento. La misión de ese dron era rematar, desde arriba, la labor del primer dron una vez que éste hubiera destruido frontalmente la tarima principal.

Tuvimos la capacidad –junto al pueblo venezolano, junto a las fuerzas de seguridad y de inteligencia, junto a la policía– de capturar de inmediato a los autores materiales. Y luego fuimos capturando a los demás autores materiales, y a quienes lo dirigieron. Y pudimos establecer la identidad de los tutores del ataque.

El atentado fue ordenado, desde Bogotá, por el presidente Juan Manuel Santos, cuyo mandato terminaba curiosamente tres días después del ataque terrorista, el 7 de agosto… Con participación directa del exdiputado Julio Borges, dirigente de la oposición venezolana. Todo el atentado fue preparado desde Colombia. Todos los operadores directos de los drones fueron entrenados en Colombia. Los drones y sus explosivos se prepararon en Colombia. Bajo la dirección del gobierno del aún entonces presidente Juan Manuel Santos.

Tuvieron conocimiento de ello en la Casa Blanca, en Washington. No tengo ninguna duda. Detrás de ese ataque hubo un “sí”, un “ok” de la Casa Blanca. Ya sabemos que John Bolton, actual consejero de seguridad nacional del presidente Donald Trump, está dirigiendo planes para asesinarme. Yo lo he denunciado. Bolton tuvo conocimiento de ese atentado. Y dio su “ok” para que se ejecutara. Washington y Bogotá mantienen una política permanente de terrorismo contra nosotros.

Por eso me acusan de “dictador”… Cuando acusan a un dirigente progresista de “dictador” y hacen una campaña mundial tan bestial… Y toda la derecha y la extrema derecha mundial retoman la acusación de “dictador” contra Maduro, un dirigente sindical, un hombre del pueblo, forjado en las luchas de los barrios caraqueños, en las luchas del movimiento estudiantil, en las luchas por la Constituyente, en los debates parlamentarios, forjado en el frente diplomático… Cuando a alguien como yo lo acusan de “dictador”, y acusan a Venezuela de “dictadura”, es para poder justificar cualquier cosa contra nuestro país. Hay una conspiración permanente de la oligarquía colombiana y del imperio estadunidense contra la Revolución bolivariana.

Yo digo que, de ese atentado, me salvó Dios. Estableció en torno a mí un manto protector. Me salvó también la Virgen de la Chinita, muy milagrosa, patrona de la Guardia Nacional bolivariana. De todos modos aquí estamos, muy comprometidos, dispuestos a seguir. Obviamente con medidas especiales de seguridad para que los fines criminales de esa gente nunca se realicen.

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Para la versión completa de la entrevista

https://www.alainet.org/es/articulo/197336

Entrevista realizada en Caracas, en el Palacio de Miraflores, el 27 de diciembre de 2018. Las respuestas han sido releídas y enmendadas por el entrevistado.