De Hernán Cortés al huachicoleo, el

espíritu de la depredación y el saqueo

 

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos

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Considerado por algunos historiadores como “un sanguinario conquistador”, y por otros apologetas como un aventurero bonachón y simpático que terminó por abanderar la causa del mestizaje y hasta se enamoró de sus enemigos, la figura y voluntad de Hernán Cortés son motivo de polémica casi cinco siglos después.

 

Por ejemplo, el antropólogo y activista anarquista, David Graeber, de Estados Unidos, publicó su libro En deuda, una historia alternativa de la economía (2012), donde hace una descripción de Cortés como si se tratara de un moderno “inversionista”, un neoliberal puro y duro, cruel hasta con los de su dogma, siempre a partir de los relatos de Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.

 

Se trata de una versión muy distinta a la que ofreció el también antropólogo e historiador francés Christian Duverger en Hernán Cortés, más allá de la leyenda (2005), que lo coloca como un héroe, casi víctima de las intrigas palatinas de Carlos V en su empeño por “engendrar una sociedad mestiza”, “sin buenos ni malos” en los hechos, además sin “excesos sexuales” ya que el cuasi “mártir” de la civilización no es libertino.

 

En medio, como misionero y observador, Fray Toribio de Benavente (auto-motejado como “Motolinía”), se encargó de detallar los acontecimientos con un lapidario: “Hirió Dios esta tierra con diez plagas muy crueles…”

 

Y narró que los indios “morían como chinches” y que en las provincias “moría la mitad de la gente” debido a la viruela  (”la gran lepra”, según le llamaron), seguida de la “pequeña lepra”, como se denominó a los efectos del sarampión.

 

Lo que expuso el fraile zamorano respecto de lo sucedido hace casi cinco centurias fue un escenario de guerra, hambruna, trabajos forzados, grandes impuestos; minas de oro causantes de sufrimiento y dolor, la funesta (por la cantidad de muertos) construcción de la Ciudad de México; la marca de nombres con hierro caliente en los rostros de los indígenas para “distinguirlos como esclavos” y la división entre bandos de los conquistadores.

 

Sin muchos problemas y gracias al crimen organizado y al oficial, que es casi lo mismo, se puede sustituir la viruela por la “guerra contra el narco”, “pobreza alimentaria” o “56 millones de pobres” con sus comedores populares, en el caso de hambruna; trabajos forzados y esclavitud por “flexibilización laboral” (con outsourcing, sin prestaciones ni nada), minas funestas (Pasta de Conchos o contaminaciones tóxicas de ríos), además de “grandes impuestos” por tributos escandalosos (religiosamente, 35 por ciento de ISR más 16 por ciento de IVA, agregando a esto pago de predial, agua, tenencia y/o refrendo, así como las infaltables “mordidas” y otros trámites), también las marcas de hierro por la inscripción a los padrones de programas sociales, seña de identidad corporativa.

 

Y alrededor de toda esa calamidad bíblica contada por el religioso franciscano, la figura de Cortés que, como detalla Graeber, fue un individuo que soñaba con “gloria y aventuras”, el cual vivió siempre por encima de sus posibilidades, se endeudó, “se había metido en problemas y decidió, como un jugador arriesgado, ir por el doble o nada” (así el espíritu del “inversor” actual, con el respaldo de “papá gobierno” vía contribuyentes para amortiguar fobaprazos y otros salvatajes).

 

Díaz del Castillo se refirió a las extravagancias de Cortés: lucir penachos de plumas con medallones y cadenas de oro, capas de terciopelo rematadas con hilos de oro, y, total, que “todo lo gastaba en su persona, en caprichos para su esposa, a la que había desposado recientemente, y en invitar a sus huéspedes…” (el “inversor” o funcionario neoliberal viaja en aeronaves, propias o rentadas, juega golf, presume relojes suizos, ranchos, autos de lujo, yates; hace públicas sus “canitas al aire”, en un desplante de macho o nada más para despistar y, en fin, que sus departamentos son verdaderas fortalezas al lado de los “leoneros” en Cuernavaca del Corsario Beige, de Renato Leduc.

 

Con ese tren de vida, “todo lo que he percibido ha sido insuficiente para sacarme de la miseria y pobreza; y estoy, en el momento de escribiros, en deudas por más de quinientas onzas de oro, y sin poseer un solo peso”, le escribió Cortés en tono lacrimoso al rey.

 

Sin embargo, Graeber es claro al afirmar que “al hablar de conquistadores no hablamos tan sólo de codicia, sino de codicia elevada a proporciones míticas”. Y remarca: “Nunca parecían tener suficiente”.

 

Y en este sentido, para el académico estadunidense “La figura de Cortés es ejemplar por otra razón. Hablamos de un hombre que, en 1521, había conquistado un imperio y se sentaba sobre una montaña de oro. Nunca tuvo la menor intención de entregarlo, ni siquiera a sus seguidores. Cinco años más tarde aseguraba ser un deudor en la ruina. ¿Cómo era posible?”

 

El antropólogo resaltó en su investigación las causas: la vida faraónica, sostenida por deudas que nunca dejaron de crecer, por parte de un hombre que nunca tuvo suficiente.

 

Todo lo anterior, como es claro, no guarda ningún paralelismo con las acciones de “huachicoleo”, esa industria criminal respaldada por políticos y funcionarios de diverso pelaje, así como “inversionistas” tanto locales como foráneos de la peor laya, preferentemente amantes del libre mercado o neoliberalismo.

 

Sólo emparenta los viejos-nuevos impulsos modernizadores de la depredación y el saqueo, sostenidos por el canon máximo del Ogro Salvaje en el sentido de que “nunca es suficiente” (el vocerío y el mensaje vía Wall Street Journal así lo prueban), y por la visión tecnócrata-religiosa como fachada: eso es lo que conduce a la felicidad y al paraíso social.

 

 

 

 

Schumpeter y Piketty, entre Keynes y Hayek

 

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos

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Con un abrazo solidario para Héctor Buenrostro, por la

pérdida de su compañera Ana María Chargoy Espínola.

 

Entre los entendidos en chunches de economía suele citarse a Keynes, a modo de descontón descalificador, respecto de que muchos políticos y gobernantes son, con frecuencia y sin saberlo, esclavos de las ideas de algún economista difunto.

 

En tiempos de supuesta expansión de la economía, por ejemplo, hay que echar mano del repertorio de Friedrich Hayek para ver al gobierno y a las instituciones como una sinecura adiposa y leprosa que, contrario a los pretendidos “reyes midas” de las finanzas, todo lo que toca lo pulveriza y pavimenta el camino hacia la inevitable servidumbre (autoritarismo).

 

Claro que al calor de la economía de casino que ha prevalecido desde hace casi cuatro décadas en nuestro país, los “gerentes hayekianos” al mando de las instituciones no se han sonrojado al recurrir a las recetas keynesianas para ir al rescate de banqueros, casabolseros y otros especímenes adictos a la adrenalina y a las burbujas, víctimas de su propia irracionalidad que, en vez de auto-aplicarse las clásicas “terapias de choque” –austeridad y contención, por ejemplo– fuerzan el alivio con cargo a la hacienda pública.

 

En esos casos, como se ha visto, Keynes es una especie de bateador emergente que ingresa al campo de juego como un “mal necesario”. Luego se le envía a los estantes… hasta la siguiente debacle.

 

Los fundamentalistas de ese evangelio que mezcla lo mismo a Hayek que al monetario de Milton Friedman, incluso a Adam Smith y a varios más, y que se promovió como “neoliberalismo”, quizás leyeron pero ignoraron o deformaron las ideas del economista austriaco Joseph A. Schumpeter respecto de la “destrucción creativa”, con la innovación empresarial como motor de la transformación de las sociedades.

 

Schumpeter se refería a la economía productiva, a la que crea bienes y mejora los servicios, pero los epígonos de Hayek, Thatcher y Reagan asumieron que la innovación es crear “derivados tóxicos” financieros para destruir países enteros.

 

Tal vez la crítica equilibrada sobre Karl Marx y su coincidencia con éste en el sentido de que el capitalismo es un paso al socialismo, hicieron de Schumpeter una de esas leyendas sólo para las tesis académicas o para el lucimiento en torneillos literarios.

 

Pero más allá del buen humor y de la ironía de este profesor de Harvard, se impone la claridad de su pensamiento para impulsar una economía humanista, creativa, así como su sabrosa prosa, lo cual contrasta con toda esa monserga clerical que es la jerga neoliberal, envuelta siempre en el auto-incienso que hace de sus adictos y promotores unos profetas de lenguaje oscuro y tenebroso (“drogadictos ideológicos”, según el clásico reyes-heroliano). 

 

Y en medio de una devastación financiera como las de las fraudulentas hipotecas Subprime del 2008 que hicieron más ricos a los ricos y miserables a los más pobres, pasaron por alto también las observaciones y recomendaciones del economista francés Thomas Piketty en cuanto a la contención de la economía de ficción con el establecimiento de impuestos en los cínicos y cíclicos timos financieros (controlar a los especuladores, pues), y de esa manera contribuir a frenar la acumulación por la acumulación que ha originado la grosera desigualdad actual.

 

El caso es que diez años después de esos nefandos acontecimientos, nada se ha hecho por imponer controles a los financieros, antes “vampiros”, hoy plaga parasitaria en busca de instituciones desparasitarias, como sugiere el maestro Javier Ortiz de Montellano (ver su interesante texto: “¿Son los banqueros globales unos parásitos financieros? Se requiere desparasitador”).

 

Los gobiernos tendrían que recurrir a las ideas de algunos difuntos no como parte de los fastos cívicos para tratar de proyectar ciertas simpatías o incluso para darse la misma estatura, sino para realmente transformar el estado de cosas.

 

Y apelar a las ideas de los “vivos” para enfrentar calamidades construidas a partir de creencias, si no muertas, sí devastadoras y promotoras de miseria.