Declaración de guerra al periodismo crítico

Humberto Musacchio
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La revista Proceso se fundó en 1976, meses después del golpe de Luis Echeverría contra Excélsior. Para hacer realidad la nueva publicación, miles de personas pagaron acciones que constituyeron el capital inicial de la empresa editora, Comunicación e Información, SA (CISA).

A los confiados “inversionistas” nunca les entregaron tales acciones, sino que, una vez constituida la empresa, el consejo de administración de CISA resolvió, sin más trámite, poner el 95 por ciento del papel accionario a nombre de Julio Scherer García y repartir el cinco por ciento restante entre los demás miembros del propio consejo.

Entre aquellos presuntos compradores de acciones hubo algunos que entregaron al proyecto los ahorros de toda su vida y otros que hicieron fuertes aportaciones (ignoro si don José Pagés Llergo les dio dinero en efectivo, pero es sabido que puso a disposición de Scherer y compañía un edificio situado en la avenida Chapultepec). Lo ocurrido, si bien resultó un fraude en términos financieros, sirvió para impulsar un proyecto periodístico independiente, en una época marcada por el signo del chayote y un lucrativo servilismo hacia el poder.

En términos periodísticos, Proceso satisfizo ampliamente las expectativas que había despertado, entre otros factores, por el inmenso prestigio del grupo de periodistas fundadores en el que brillaban personajes como Miguel Ángel Granados Chapa, Hero Rodríguez Toro, Abel Quezada, Vicente Leñero, Gastón García Cantú, Ricardo Garibay, Miguel López Azuara, Enrique Maza, Froylán M. López Narváez y otros líderes de opinión, así como el formidable cuerpo de reporteros que serían base indispensable de la publicación.

En 1996, Scherer, Leñero y Maza se retiraron de la revista, pero el primero conservó el control accionario de la sociedad. En la dirección quedó un consejo directivo integrado por López Narváez, Carlos Marín, Rafael Rodríguez Castañeda, Carlos Puig, Gerardo Galarza y Enrique Sánchez España. Al año siguiente el consejo fue desmembrado y sólo quedaron los tres primeros integrantes, pero en 1999 el consejo de administración suprimió el triunvirato e impuso a Rafael Rodríguez Castañeda como único director, lo que motivó la renuncia de López Narváez, Marín y un grupo de trabajadores. Meses después salió un grupo de prestigiados reporteros y la empresa mostró ciertas cuarteaduras.

Proceso se había caracterizado por una crítica implacable contra el poder, ya fuera panista o priista, que cada semana ofrecía abundante material para nutrir la información sobre maniobras políticas, entreguismo a los intereses gringos, corrupción, proyectos faraónicos para beneficio de unos cuantos y todo aquello de lo que debe ocuparse el buen periodismo. Esa fue la marca de la revista, aunque con frecuencia su empeño se pintaba de amarillo, entre otras cosas por la necesidad de mantener las ventas en un nivel financieramente aceptable.

Pese a lo anterior, a fines de siglo la revista mostraba signos de envejecimiento. Sus textos, y sobre todo sus cabezas, eran previsibles y habían perdido el encanto de los primeros años, entre otras razones porque para entonces el gobierno ya no ejercía el control total de otros tiempos y varios impresos influyentes decían lo que antes estaba prohibido. Tal era el caso de La Jornada, El Financiero, Reforma y otros medios.

Además de la competencia que ya existía en el periodismo independiente, al entrar el nuevo milenio se empezó a gestar una revolución en los medios informativos, en el mundo empezó a descender el tiraje global de los periódicos pagados, algunas empresas quebraron y otras emigraron hacia la edición electrónica, lo que se acentuó con la masificación de la telefonía celular.

Por todos los factores citados, al arribar Rodríguez Castañeda a la dirección, la revista atravesaba por una severa crisis económica que se afrontó dando un giro a la línea editorial, que puso en primer término la nota roja  en años en que por la actitud permisiva de Vicente Fox se disparó la criminalidad y luego por la irresponsable “guerra contra las drogas” de Felipe Calderón, quien sumió al país en océano de sangre, política que se mantiene en pie por la impotencia del actual gobierno.

Paralelamente, Rodríguez Castañeda impulsó la publicación de monografías, las que junto al tradicional amarillismo y la más reciente predilección por la nota policiaca permitieron la sobrevivencia de Proceso, si bien cambió radicalmente el perfil del lector, pues el público ilustrado ya no hallaba novedad en sus páginas.

Junto a su gusto por la hemoglobina, la revista mantuvo su tono beligerante frente al poder, pero en su número 2192 de fecha 4 de noviembre de 2018, publicó en portada el retrato de un Andrés Manuel López Obrador adusto acompañado de una cabeza ciertamente inusitada: “El fantasma del fracaso”, con un balazo que reza: “AMLO se aísla”.

Los titulares se desprenden, en forma más que forzada de una entrevista de Álvaro Delgado con Diego Valadés, de quien el cabecero extrapoló algunos puntos de vista. El jurista se refirió a la necesidad que tiene AMLO de contar con un proyecto que le permita construir “todo un sistema institucional” que robustezca el poder político, con el fin de que las decisiones cobren siempre un carácter institucional y se evite ir al fracaso. Esa entrevista se acompaña con el retrato de un Andrés Manuel envejecido y cansado, una entrevista más con Gustavo de Hoyos, líder de la ultraderechista Coparmex, críticas a la consulta de fines de octubre y un duro artículo de Ricardo Raphael.

Ese número de Proceso ha sido no la comidilla, sino todo un banquete para los medios y periodistas que no quieren al tabasqueño, a los que éste engloba en la expresión “prensa fifí”. Cabezas tan adversas al presidente electo nada tendrían de extraño en publicaciones tradicionalmente críticas del tabasqueño, pero se supone que Proceso no está en ese caso.

Por respeto a los colegas de Proceso, debemos descartar que esta embestida contra quien todavía no asume el poder haya sido pagada por alguno de sus muchos enemigos. De modo que cabe preguntarse si el contenido de la revista y la portada de marras implican un abrupto cambio de línea editorial o si, simplemente, se trató de un error, por lo demás frecuente en todos los medios.

Lamentablemente, López Obrador ha reiterado que si bien respetará la libertad de expresión, a lo que está obligado constitucionalmente, no se privará de responder a sus críticos, tarea que para evitar un innecesario desgaste, bien podría dejar a un vocero que sepa de estas cosas. Lo inadmisible es que el futuro presidente en funciones se ponga al mismo nivel que sus críticos, como si éstos y él tuvieran a su disposición iguales recursos. Aun si no ha sido su intención, lo dicho por AMLO es toda una declaración de guerra al periodismo crítico. Recogemos el guante.