Le sobra pueblo al presidente AMLO

Moisés Edwin Barreda / Silabario de política
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Al caer la tarde del primero de diciembre llegó a su culmen el peregrinar de Andrés Manuel López Obrador llamando a los mexicanos a despertar y derrocar la pridictadura para dar paso a la cuarta transformación social del país, la instauración de la IV República. Sucedió en el Zócalo, el ágora del pueblo, corazón del país, con el testimonio de compatriotas de los pueblos originarios, ante los cuales se hincó humilde, cuando con palabras que al final casi bañaba con lágrimas, AMLO nos hermanó, confirmó el verso de Schiller: “Todas las personas se convierten en hermanos”.

“No me dejen solo…” fue frase final que se veía arrancada del alma como muchas de su discurso durante la sesión del Congreso general en que con otras palabras, juró a la nación que no nos fallará a los mexicanos. La sencillez con que ofreció “no robaré ni mentiré” al pueblo contrastó con la soberbia y estulticia brillantes en los de los cabecillas de algunas fracciones parlamentarias. Un fragmento nos hizo pensar que recordaba a Arnaldo Córdova el bueno diciendo que “El objetivo más alto por el que debe luchar la izquierda mexicana es la democracia, la independencia y la reorganización sindicales. Y reiteró “No les voy a fallar”.

Vimos clara alusión a Francisco I. Madero cuando dijo “conozco la historia” y que nunca se apartará del pueblo como hicieron algunos dirigentes revolucionarios.  Esta política de segregación la impusieron los oligarcas de 1982 a la fecha. Y la víspera del día de su ascensión al poder dejó claro que su gobierno retomará el camino de la Revolución mexicana. Lo único que se le encuentra censurable es que no ha tenido una sola palabra para Ricardo Flores Magón, héroe precursor de la revolución social mexicana asesinado por órdenes del traidor Álvaro Obregón Salido.

Entre lo más alentador está su decisión de proteger la soberanía alimentaria y al medio ambiente mediante la proscripción de la siembra de transgénicos y del fracking, la técnica de ruptura de rocas para extraer gas y petróleo, que consume grandes cantidades de agua mezclada con químicos que finalmente contaminan los mantos freáticos.

Su enérgico no a los transgénicos pasó inadvertido para la mayoría de legisladores e invitados a la ceremonia para entregarle la banda presidencial que confirma su alta investidura, pues desconocen su trascendencia y que deja implícito que su gobierno defenderá la soberanía alimentaria del país, casi vendida por los capitostes anteriores y recientes de la pridictadura a la transnacional estadunidense Monsanto antes de que la vendieran a Bayer.

El ya eliminado régimen hizo más de cien intentos para echar abajo la suspensión provisional a la siembra de maíz transgénico, que aniquilaría al maíz criollo y con él la soberanía alimentaria, y la soya, que causa cáncer al consumidor final y deformaciones en fetos y ha acabado con colmenas enteras, lo que pone en riesgo la existencia del ser humano.

Si bien quizá no haya alboroto judicial porque AMLO ofreció no proceder contra los corruptos, ni siquiera los más significados como los que capitanean su predecesor y Carlos Salinas de Gortari, incluso porque no habría donde confinarlos, no es remoto que veamos a muchos saltando como pericos en comal caliente porque los legisladores recogerán la demanda popular de justicia para esos sujetos, y porque Monsanto-Bayer exigirá a Vicente Fox, Felipe Calderón, Enrique Peña y sus respectivos achichincles en la Sagarpa, la Conabio y Senasica que le autorizaron sembrar transgénicos a cambio de carretadas de dólares, le reparen el daño.

La síntesis de lo sucedido el primero de diciembre es que a Andrés Manuel López Obrador le sobra pueblo, que el pueblo lo rodea y está decidido a nunca dejarlo solo. Tiene pueblo de más. AMLO tiene razón: le pertenece al pueblo, se le entregó en acto conmovedor e insólito en la historia mexicana.

 

 

Carta magna de veras nueva

Moisés Edwin Barreda / Silabario de política
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Durante lo que va de post revolución, la Suprema Corte de Justicia ha sido testigo de piedra de las casi 800 reformas a la mayoría de los 136 artículos de la Constitución vigente, las que nos retrotraen a las nefastas condiciones del pueblo en tiempos de porfirismo.

Y aunque garante de la observancia y el respeto a la Carta Magna actual, ese tribunal jamás se opuso ni de chiste a una sola de esas reformas de 1917 a 2018 por la pridictadura a través de iniciativas y decretos del Ejecutivo y decretos de la Cámara de Diputados y el Senado y las comisiones permanentes del Congreso de la Unión. Mañosa manera de evitar violarla o se les acusara de hacerlo.

Como he dicho veces antes, necesitamos nueva Constitución, de veras nueva, que sea revisión y actualización de los artículos de la de 1857 y unos cuantos originales impuestos por los revolucionarios jacobinos a la de 1917, la que en términos generales fue producto de los debates a la carrera de pocos de los más de 200 diputados, la mayoría de “dedazo” seleccionados a priori conforme a los propósitos de Carranza, interesado más que nada en cambios políticos; también en reducir las facultades del Legislativo para que no entorpeciera el desempeño del Ejecutivo.

Carranza, “oportunista en el escenario de la historia mexicana” y realmente dictador indiscutido e indiscutible dadas las circunstancias y que cada quien llevaba agua a su molino, sobre todo Álvaro Obregón Salido, gran traidor a la patria, les fijó sólo dos meses para debatir los 136 artículos del proyecto redactado por su grupo de incondicionales, como Luis Cabrera y Félix Fulgencio Palavicini. Todo esto lo narra E. V. Niemeyer hijo en su libro Revolución en Querétaro.

Ese volumen es de los que hacen ver que la Revolución mexicana fue mito y lo único real fue la sangre derramada por cientos de miles de campesinos, cuyos ideales de tierra y libertad que Ricardo Flores Magón y sus leales supieron despertar en Emiliano Zapata, fueron traicionados, primero por Francisco I. Madero y luego por los beneficiarios de su asesinato.

Revolución en Querétaro fue reeditado por el Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México a instancias de su entonces presidente, Edgar Elías Azar, cargo del que fue defenestrado. Atisbo que la reedición de ese libro fue lo único que la pridictadura no le perdonó.

Siempre que salía a colación la necesidad de aplicar las reformas constitucionales precisas para hacer realidad la revolución social, Carranza las rechazaba, sobre todo las que preconizó Ricardo Flores Magón con algunos de sus leales como eco.

Pero el grupo de generales revolucionarios constituyentes encabezados por José Francisco Múgica Rodríguez y Heriberto Jara, excolaboradores del verdadero prócer de la revolución, se impusieron y en el nuevo ordenamiento plasmaron las principales propuestas que Ricardo Flore Magón hizo bandera del Partido Liberal Mexicano, que el propio prócer fundó al lado de verdaderos liberales de la época para fundamentar que sumara las armas a sus llamados a la revolución.

Carranza aceptó la incorporación de esas propuestas, los artículos 3°, 27 y 123 particularmente, también porque le convenía conseguir buen ánimo popular para sus campañas contra Emiliano Zapata y Francisco Villa, que hicieron armas contra Francisco I. Madero por traicionar su propio Plan de San Luis Potosí y a los que lo siguieron.

El de Cuatro Ciénegas y su sicario Álvaro Obregón Salido –con su secuaz Plutarco Elías Calles– les temían y los combatían, pues encarnaban a los miles de campesinos que buscaban democracia y justicia social, empleados como carne de cañón. Los atrajeron a las filas del Ejército constitucionalista con el señuelo de que así contribuirían a hacer realidad sus ideales, sobre todo justicia, tierra y libertad.

          Finalmente y hasta la fecha, fueron traicionados cínicamente por quienes pusieron el pie veterano de la hoy pridictadura, a la que derrocamos el pasado primero de julio, justamente el mismo mes en que el pueblo francés ganó la calle y tomó el oprobioso presidio la Bastilla para derrocar a sus opresores y expoliadores. Es necesario redactar nueva Constitución, realmente nueva, que haga honor a los liberales progenitores de la Constitución de 1857, verdaderos patriotas.