El difícil camino para hacer historia en México

José Luis Ortiz Santillán
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Las esperanzas del pueblo mexicano renacen de nuevo. La llegada a la Presidencia de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) abre una puerta al crecimiento y desarrollo de México. Luego de más de treinta años de políticas neoliberales que se quedaron administrando un país sin apostar por su transformación, centradas en los objetivos de inflación del Banco de México, empeñado en obtener una inflación anual del 3%, sin importar las consecuencias sobre el empleo y el empobrecimiento del pueblo, que pasó de enfrentar las consecuencias de las crisis económicas y los programas de ajuste del FMI, a la pérdida de empleos, a la reducción de sus ingresos, a la descomposición social, al incremento de la inseguridad y del crimen organizado.

 

Incuestionablemente, como lo ha señalado el presidente “Nada ha dañado más a México que la falta de ética de los gobernantes y de una minoría” rapaz, que jamás pensó en México y sus ciudadanos, sino en cómo servirse del poder para incrementar su riqueza. En otros gobiernos, como hace seis años, los funcionarios del pasado estaban pensando en los viajes que harían al extranjero, en los guardaespaldas que tendrían, en la camioneta que ostentarían y en la residencia que se comprarían en Polanco, en las Lomas o Santa Fe con sus altos salarios; sus hijos y esposas, pensaban en verse acompañados por guardaespaldas a escuelas y centros comerciales, oficiales del Estado Mayor que luego se verían convertidos en sirvientes, humillados por pequeños aprendices de oligarcas.

 

Hoy no es el caso, no sólo el gobierno de AMLO está compuesto por hombres y mujeres con valores éticos, sino comprometidos con la transformación de la vida política, económica y social de México; me consta de ello. Es precisamente su gabinete y su gabinete ampliado, el que deberá dar ejemplo de la austeridad del gobierno, pero también el encargado de dar los resultados ofrecido por el presidente y esperados por todos los ciudadanos.

 

Es indudable que el neoliberalismo, como la etapa actual de la internacionalización de las economías nacionales, iniciada hace varios siglos atrás, no ha dado los resultados esperados, ni ha significada la panacea del crecimiento sustentable ni el mejor medio para multiplicar empleos, a falta de una correcta concertación entre los gobiernos para ajustar sus políticas económicas y complementarlas. La crisis económica internacional, iniciada en 2008, puso en evidencia esas deficiencias e incluso, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha cuestionado no sólo a la globalización sino al libre comercio, del que se ha declarado su enemigo.

 

Es indudable que el modelo económico neoliberal, que ha intentado reducir al mínimo la intervención del Estado en la economía y dejar que sea el mercado quien dicte las leyes, quien diga quien tiene derecho a sobrevivir y quien no, no sólo entre las empresas sino incluso entre los humanos, ha dejado claras sus ineficiencias para todos. En 2009, el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, señalaba que “la crisis financiera por la que pasamos no es la crisis del capitalismo, es la crisis de un sistema que se ha alejado de los valores del capitalismo, que en cierto modo los ha traicionado”; mientras que el primer ministro de Inglaterra de entonces, Gordon Brown, señalaba que el capitalismo estaba herido de muerte y, junto con su colega francés, proponían su refundación.

 

Por esa razón, es que el mediocre crecimiento de la economía mexicana en los tres últimos sexenios, de apenas 2.2%, y el crecimiento de 2.4%, en promedio anual, después de 25 años de liberalización de la economía y políticas neoliberales, no hacen sino demostrar el fracaso de un modelo económico en México que nunca se ajustó a su realidad. De esta forma, cuando el nuevo presidente de México afirma que la “aplicación de la política neoliberal ha sido lo más ineficiente en la historia moderna de México”, la cual ha provocado una “tremenda concentración del ingreso en pocas manos”, empujando a “la mayoría de la población hasta llevarla a buscarse la vida de la informalidad a migrar masivamente del territorio nacional, para tomar el camino de las conductas antisociales…”, del crimen organizado, no hace otra cosa que resumir lo que realmente ha sucedido en México.

 

De igual forma, cuando el presidente señala que “Las reformas, que nos dijeron vendrían a salvarnos, solo han significado la caída en la producción de petróleo y el aumento desmedido de los precios de las gasolinas el diésel, el gas y la electricidad…”, no está lejos de la realidad, los ciudadanos y los lectores de esta columna, saben bien que ha sido así, pues al final no sólo el país no ha producido más petróleo, ni han bajado los precios de las gasolinas, ni han llegado inversiones millonarias ni se han creado los millones de empleos prometidos; todo lo contrario, el incremento de la delincuencia organizada y la inseguridad, comprueban la descomposición social de México y la carencia de empleos.

 

El nuevo gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador ha hecho una amplia explicación de sus políticas y ha reafirmado sus propuestas de campaña, su compromiso de cumplirlas; sin embargo, el que pueda concretarlas pasará por vencer los obstáculos que le pondrán sus oponentes, de quienes desean verlo fracasar. Es por esta razón que para que el presidente pueda cumplir con su proyecto de gobierno, como lo señaló frente a representantes de las comunidades indias, a las que les prometió que “Todos los programas de gobierno tendrán cómo población preferente a los indígenas del país. Por el bien de todos primero los pobres”, al recibir el bastón de mando de los pueblos originarios de México, requerirá del apoyo del pueblo.

 

 

 

Oposición al nuevo gobierno baraja sus cartas

José Luis Ortiz Santillán
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No se trata de los asesinatos políticos que desataron la crisis del “error de diciembre” en 1994, ni de las más de 1,300 fosas clandestinas con más de 4,000 cuerpos reportadas por CNDH, sino de una campaña de especulación sobre las políticas públicas del nuevo gobierno y sus decisiones de Estado.

 

Hoy no hay indicios de crisis, porque estamos inmersos en ella aún. Se trata de las opiniones de los medios de comunicación y de los adversarios del nuevo gobierno en ellos, quienes tratan de atizar el fuego sobre los vaivenes de los mercados accionarios y el tipo de cambio del preso respecto al dólar; los cuales cuestionan a lo que senadores y diputados están haciendo desde que se renovó el Congreso de la Unión, lo que está proponiendo quien será el próximo presidente de México a partir del 1 de diciembre.

 

De tal forma que, todo pareciera indicar que la especulación intenta instalarse y desestabilizar al país, culpando a las políticas públicas del nuevo gobierno de ello. Podríamos calificar de ingenuidad, torpeza o ignorancia a quienes desean sembrar la duda en México, como el exsecretario de Finanzas, Tomás Ruiz, del exgobernador de Veracruz, Javier Duarte, u otros analistas de la televisión, los cuales parecen estar interesados en desestabilizar el país con motivo del cambio de gobierno.

 

Quienes acusan de faltos de experiencia y de incompetencia a los nuevos funcionarios del gobierno; quienes se oponen a los ajustes en la economía y a los cambios en la forma de hacer política y conducir el gobierno; quienes prefieren la democracia representativa y desprecian la participativa, por considerar que los ciudadanos no han alcanzado la mayoría de edad para opinar sobre los asuntos públicos, olvidan que la crisis de los Subprimes iniciada en Estados Unidos en 2008 no ha terminado aún y que sus secuelas se esparcen provocando estornudos incontrolables con las recetas del Grupo de los 20 (G20) y del Fondo Monetario Internacional (FMI).

 

Por supuesto, la mayor venganza de los perdedores en las elecciones del 1 de julio, sería provocar una nueva crisis como la del “error de diciembre”; eso lo intuimos muchos analistas que hemos visto hundir la economía nacional con mediocres tasas de crecimiento, las cuales no han superado el 2.2% en tres sexenios consecutivos y en 36 años, apenas hemos visto crecer la economía del país en 2.2%, en promedio anual; mientras la pobreza ha pasado de 27 millones a más de 55 millones de personas.

 

Todo ello, gracias al liberalismo a ultranza, el cual pretende premiar el desempeño de los mercados a costa del empobrecimiento de millones de mexicanos y la vida mediocre de millones de profesionales y técnicos, los cuales sobreviven en la economía informal, desperdiciando su talento y los años de formación académica; pues las reformas de 2013, defendidas bajo el argumento de que permitirían que la economía creciera a tasas superiores al 5% y crear millones de empleos, sólo han servido para crear nuevos ricos y asegurar el bienestar de cientos de políticos que pasarán al retiro.

 

Sin lugar a duda, quienes hoy están en contra del nuevo gobierno, pretenden supeditar la política económica y social al funcionamiento óptimo de los mercados, en una economía de competencia imperfecta y con un Estado incapaz de garantizar la competencia. Quienes cuestionan al gobierno y se definen como liberales, quieren que sean los mercados y la mano invisible, que en el caso de México en los mercados de la telefonía y la televisión, ha mostrado su incapacidad para hacerlo.

 

En definitiva, los nuevos liberales desean que sean los mercados los que validen la pertinencia o no de la nueva política económica y social del gobierno; desean subordinar el bienestar de los ciudadanos a las ganancias de los mercados, desean ver que continúa la acumulación de la riqueza en pocas manos, sin valorar que un puñado de consumidores no le sirve a las empresas.

 

Hablando claro, cualquier desequilibrio que se produzca en la economía nacional hoy, no será responsabilidad del nuevo gobierno, sino de quienes irresponsablemente han endeudado al país. No olvidemos que la deuda pública, que representa todas las obligaciones insolutas del sector público contraídas en forma directa o a través de intermediarios financieros, ha pasado de 2 billones de pesos en 2007 con el presidente Felipe Calderón a más de 10 billones de pesos en 2018. Sólo de 2016 a 2017 se incrementó de 10.09 billones a 10.37 billones de pesos, 2.7% más.