Los Juárez, Madero y Huerta de hoy

Guillermo Almeyra / La Jornada
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Los héroes preferidos de Andrés Manuel López Obrador son Benito Juárez y Francisco I. Madero. El primero es recordado por su lucha contra los conservadores, la Iglesia y el Imperio impuesto por Napoleón III. El segundo, por haber iniciado la insurrección contra el intento releccionista de Porfirio Díaz.

De Juárez, sin embargo, pocos recuerdan que no sólo lanzó al mercado de tierras las usurpadas por la Iglesia católica, sino que también convirtió en mercancías las tierras de las comunidades indígenas, despojándolas –reconocidas hasta por la Corona española– para desarrollar el capitalismo y lanzar al mercado de mano de obra a millones de indígenas, beneficiando así a haciendas e ingenios azucareros.

De Madero, en tanto, omiten que su asesinato por Victoriano Huerta se debió a su fe liberal y a la ignorancia de la realidad política que lo llevaron a conservar el aparato estatal porfirista, pues creía poder transformar el Estado y a lanzar los generales heredados contra los desilusionados por el incumplimiento de sus promesas.

El presidente liberal ignoró que los asesinos no cambian y Huerta, que él lanzó a combatir a sangre y fuego contra los zapatistas, pudo conspirar tranquilamente con el embajador estadunidense y planear su golpe y sus crímenes. De este modo, Madero, lejos de abrir un camino democrático al desarrollo del país, lo obligó tomar la senda sangrienta de una revolución social confusa e incontrolada.

López Obrador ahora llega al gobierno, porque un sector de los grandes capitalistas, recordando la Revolución mexicana, lo aceptó para que contuviera la movilización popular. En el entorno de esta nueva versión de Madero hay muchos nuevos Huerta agazapados. Son los que insisten sobre la necesidad de destruir el Sureste para, con el pretexto del desarrollo, lanzar en el Istmo de Tehuantepec una gran operación que combina la creación de un ferrocarril, el desarrollo de los puertos sobre ambos océanos, la deforestación, el cultivo de palma aceitera, la creación de un cinturón de molinos eólicos y la especulación inmobiliaria desenfrenada.

Esa misma gente propone Zonas Económicas Especiales y promueve el Tren Maya que destruiría a su paso las reservas naturales, las comunidades indígenas, su idioma y sus costumbres y convertiría a toda la zona en un Cancún bis. Por eso, para prevenir las reacciones populares, perpetúan la ocupación militar del país y refuerzan sus lazos con Estados Unidos.

Entre los millones de votantes de Morena muchos se oponen a esas políticas. Pero otros tantos, por el contrario, creen que podrán cambiar desde adentro un Estado capitalista que defiende la obtención de ganancias a cualquier precio. Ellos piensan que podrán convertir a los dueños de las televisoras privadas intoxicadoras de la opinión pública, a los bancos que lavan dinero sucio y a otros semejantes, en altruistas benefactores de los pobres. Esos ingenuos bienintencionados juegan con fuego cuando piensan utilizar el Estado capitalista opresor para hacer una revolución pacífica, sin darse cuenta de que es el Estado quien los utiliza como taparrabos transitorios y desechables.

Entramos así en una fase muy peligrosa en la que el capital financiero, la oligarquía y sus instrumentos represivos siguen intactos, mientras la fuerza popular está desorganizada y confundida, Morena ni siquiera controla totalmente el gobierno, que comparte con los Huerta en potencia, y AMLO cree poder decidir todo desde el Olimpo como Júpiter y presta oído a quienes lo quieren perder.

Hemos llegado a un punto en que hay pocos escenarios, aunque la realidad es compleja y podría combinar los tres casos principales:

1. AMLO hace, como está haciendo, lo que le dictan el gran capital y el mando de las fuerzas armadas, olvidando todo lo dicho y prometido y oponiéndose a lo que hasta ahora llama sus Huerta.

2. Apoyado en una parte de los cuadros más combativos de Morena resiste tratando de hacer una política ni de izquierda ni de derecha a la Macron –o sea, una política de derecha, pero con algunas medidas populares que no cambian nada esencial– y carga así con el descontento tanto de la derecha como de la izquierda.

3. Responde a la voluntad de cambio de los votantes y comienza a aplicar los puntos sociales que en otros momentos agitó.

En los dos últimos casos desencadenará inmediatamente una campaña destituyente de la oligarquía y de las fuerzas antidemocráticas y antinacionales respaldadas por Donald Trump y envalentonadas por la debilidad de quienes los ven como despreciables intrusos.

Más que nunca es necesario unir todas las protestas en una organización popular, consultar y elaborar en asambleas populares políticas alternativas y defender a las comunidades amenazadas.

        Ya hay en Oaxaca comunidades en las que hombres y mujeres armados realizan rondas nocturnas. A las policías comunitarias y grupos de autodefensa, vigilados por asambleas para controlar que no sean infiltrados, hay que agregar la exigencia de que las guardias nacionales se formen armando a los campesinos y comunidades, como hizo Lázaro Cárdenas.

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