Y al principio fue el caos

 

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

En su toma de protesta como presidente, Andrés Manuel López Obrador llevó al paredón al “Ogro Salvaje” (neoliberalismo) y a quienes lo han ejecutado y se han beneficiado.

 

Lapidario resumen de 36 años de “gerencias” desde San Lázaro: modelo “ineficiente” y “corrupto”, que se comenzó a aplicar en 1982; “facilitador del saqueo” y con gobernantes deshonestos en calidad de integrantes de un comité al servicio de “una minoría rapaz”.

 

Ante ello, los órganos de fonación del capitalismo sin moral tuvieron que regresar el reloj de sus inicios, pero viendo el caos del presente: “La verdad es que ya no sabemos cómo funciona la economía. Lo cierto es que, incluso, en el ámbito mundial, los reportes hechos por las mejores organizaciones de investigación económica han fallado seriamente en sus pronósticos” (Miguel de la Madrid Hurtado, Cambio de rumbo, Fondo de Cultura Económica, p. 501, al hablar de la inflación –signo de su gobierno– y el insólito 9 por ciento de la inversión privada de 1984 sin el estímulo de la inversión pública).

 

Este expresidente tuvo la oportunidad de ver gran cantidad de dislates por parte del esoterismo capitalista, mismo que dio material a pasto a viajeros galácticos con tinta desenfadada, con “Crónicas del neoliberalismo que vino del espacio exterior” (Antonio J. Antón Fernández, ediciones Akal, 2015), esas que narraron guionistas de series televisivas y las convulsiones que sintieron al ver que Margaret Thatcher “era más terrorífica que cualquier monstruo al que el Doctor se había enfrentado”.

 

Un compendio de “puras pesadillas y sueños de emancipación” bajo el reinado de “la economía financiarizada y sus vasallos políticos”, donde a los casabolzasos siguieron “efectos tequila”, “sambas”, “tangos”, tigres desdentados y, para coronar, el crac del 2008 con la estafa de las hipotecas Subprime en Estados Unidos.

 

Todo ello enlazado, como no podía ser de otra manera, con los saqueos bajo la égida del Doctor Ficorca (Ernesto Zedillo), el populismo neoliberal (Carlos Salinas), y el de ambos con ese engendro que mutó de Fobaproa a IPAB y que se sigue pagando dos décadas después, amén del remate de bienes nacionales en venta de garaje (bancos incluidos).

 

Ya lo de Vicente Fox Quesada y Felipe Calderón Hinojosa (cuya actuación favoreció el citado adefesio fobaprero), así como lo de Enrique Peña Nieto, resultó una parodia de la ciencia ficción aplicada en tareas de gobierno, si bien los muertos acumulados en los últimos dos sexenios por la guerra contra el crimen organizado son tan reales como la grosera concentración de la riqueza y la insultante miseria de millones, con todo y el método del INEGI que eliminó a dos millones de éstos, para quedar en 54 millones de pobres.

 

Ante el discurso con el que supuestamente arranca la Cuarta Transformación, cualquiera está tentado a llevar las respectivas coronas a los funerales neoliberales, pero lo mismo se ha dicho de cualquier clase de cadáveres y al final éstos terminan anunciando, como la canción, que no estaban muertos, que andaban de parranda. Por eso un poco de cautela no está demás.

 

Porque ahí siguen esperando el momento, agazapados o acompañados por ese descarado coro, forjado por “inversionistas”, que a pesar de los peores designios eluden hablar de los que no dejan de especular en contra o a favor del peso, de aquellos que sin pagar impuestos realizan toda clase de transacciones financieras intentando doblar gobiernos y naciones, comprando bonos de deuda gubernamental o vendiendo, siempre alterando el precio para sacar más ganancias y, en fin, de ese sector que puso de rodillas al mundo con el crac del 2008 y ahí lo tiene, con una pistola apuntándole a la cabeza como causa de la “incertidumbre” (de alguna manera debe llamarse a la codicia amparada en la economía de casino) y los siempre tóxicos instrumentos de las finanzas neoliberales.

 

Si un problema de dimensiones considerables enfrentará el nuevo gobierno, ese no es el de la inseguridad, sino el irracional mundillo financiero y la codicia de los “inversores”, locales y extranjeros, dispuestos a la acumulación por la acumulación y al impulso a la desigualdad, a que el interés del carnicero y del panadero se convierta en el peor enemigo del progreso, la democracia y la sociedad, como hasta ahora ha sucedido.

 

Ya se verá si el inicio lo será de algo nuevo, distinto a la calamidad de casi cuatro décadas o a otra igual de nefanda bajo el estatismo, aunque como ya anticipan los detractores, se trata de un movimiento no de regeneración, sino de franca reversa que apunta a la repetición de capítulos ya conocidos de la historia nacional.

 

Lo cierto es que ni el populismo neoliberal ni el populismo estatal han logrado gran cosa de modo que, ya curados de espanto, hay que intentar un nuevo Frankenstein con ese peculiar champurrado político que se ostenta como de “izquierda” y que lo mismo reúne curas seguidores del Padre Ripalda, que pastores de su propio templo.

 

Y en efecto, con tanta irritación social fallar sería una especie de suicidio político para la política.

 

De mientras, hay que celebrar que esta vez en el cambio de poderes no imperó la ciencia ficción con sus paraísos artificiales, igual de ilusorios que los esperados triunfos futboleros en los eventos importantes. 

 

Pero no se puede decir lo mismo en cuanto al “borrón y cuenta nueva” y hay que exigir sanciones ejemplares contra los protagonistas de actos corruptos (hay muchos, tantos, que es imposible extender ningún certificado de impunidad, por más que se quiera: Estafa Maestra, Odebrecht con Emilio Lozoya, exgobernadores y una extensa fauna que, probado, le falló a todo el mundo).

 

Aquí, dejando a un lado las filosofías banqueteras tipo el vate que encabezará el Fondo de Cultura Económica, Paco Ignacio Taibo II, se tiene que enviar un mensaje claro y contundente de que el perdón no es sinónimo de impunidad. Ver para adelante no es ceguera.