Déjeme contarle que tengo un poco de miedo

Oriol Malló / Tiempos de furia
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Estimado presidente Obrador:

No sé bien cómo empezar esta carta. Hasta el encabezado siento extraño, si me permite la confianza. Y es que yo soy de los pocos (o muchos) que creí que esto jamás iba a suceder. Me quedé atorado en los tiempos de la presidencia legítima cuando defendimos el recuento voto por voto entre conciertos, debates y cantinas, convencidos, como estábamos, que aquel verano del 2006 las calles serian nuestras por siempre. Luego, tuvimos que lidiar con esa cruda llamada realidad. No hubo final feliz y la resistencia se tornó discursiva. Luego, bien lo sabe presidente Obrador, fuimos perdiendo lo poco que quedaba. Como en la vieja canción, miles de buitres callados extendieron sus alas. Y cada uno devoró su parte del cadáver, ¿verdad? Terminaron tapando el cielo las legiones de carroñeros reformadores, mientras en tierra firme reinaban la muerte y el saqueo. Al punto, presidente Obrador, que muchos pensaron, doce años después, que el peor de los males sería el mejor de los remedios. Excepto yo, que no creí ver la banda presidencial en su pecho, pa’ que le miento. Bien dice el refrán que la burra no era arisca, que a palos la hicieron. Y siempre pensé que la peculiar aleación de empresarios, políticos, tecnócratas e intelectuales que heredó la hegemonía cultural del salinismo era invencible, amén de eterna.

Me equivoqué, presidente Obrador. Y no es que le pida disculpas, pero el 2 de julio yo estaba lejos de México, en mi tierra natal para ser precisos, y ni votar pude, pero no me importó. Meses antes, cuando compré el boleto a Barcelona, decidí que, de lejos, las derrotas no sabrían igual, aunque luego descubrí que las victorias tampoco. Quisiera haber estado en el Zócalo celebrando con mi gente, pero no fui tan listo para prever que las enfurecidas turbas tapatías, e incluso las norteñas, pudieran votar algún día por su odiado mesías tropical. 30 millones de votos y mayoría absoluta en ambas cámaras rebatieron mi pesimismo. Yo cambié en doce años, el país también. ¿Pero sabe algo, presidente Obrador? No estoy tan seguro de ello.

Esta es la razón de mi epístola a destiempo. Siento miedo. No es el temor habitual de la pasión política, que muda sus emociones en torbellinos sentimentales imposibles de controlar. En 2006 viví tanto la alegría de compartir como la decepción de dejar ir gracias al fulgor y muerte de la resistencia civil pacífica contra el fraude electoral. Así que no me rasgaré las vestiduras por la traición que presumen los tuiteros del desencanto. Los incontables vividores, los eternos chaqueteros y los repulsivos grillos acompañan, siempre y en todas partes, las glorias del Estado Ya soy mexicano, me sé el cuento. Y trece años de inmersión en mi patria adoptiva me permiten entender que la revolución no será televisada: la acción política está limitada por nodos de poder que, con su autonomía, su agenda y sus tropas de choque, han establecido, al calor del tiempo ganado, una red hegemónica cuya vanguardia más destacada son los empresarios-activistas (Pas nous, mon ami). Pueden perder por un rato el acceso privilegiado al gerente en turno de México SA, pero si el huésped temporal muestra signos de debilidad, no tarda la jauría en devorarlo. Ese es mi miedo, en verdad.

Las experiencias progresistas latinoamericanas muestran un mismo y previsible patrón; presidentes que pretenden reformar el país de la mano de sus burgueses para descubrir, a veces pronto, a veces tarde, que los abrazos son mortales y los pactos letales. La historia de Lula en Brasil, y su intento fallido de refundar el capitalismo nacional con programas de inclusión social, es el más palmario ejemplo de cuan inútil resulta el esfuerzo de la conciliación. Siendo el más moderado de todos, su destino fue el golpe parlamentario y la prisión preventiva. Huelga decir que en México ya tuvimos el desafuero y, pese a ello, presidente Obrador, pretende eliminar la inmunidad presidencial. No hay que regalar perlas a los cerdos, ¿verdad? Nuestro particular 1% es fanático. Y yo siempre recuerdo la historia de un empresario guatemalteco, de apellido Rosenberg, que, de tanto intoxicarse de odio contra un presidente irrelevante, de apellido Colom, planeó su propio asesinato solo por el gusto de inculparlo ante el mundo. Ese es el nivel de las oligarquías nacionales. Y se repite, contumaz, en todo el continente.

Ese es mi miedo, presidente Obrador; que no los vea venir, que les ofrezca el enésimo nuevo trato y que hasta me lo convenzan que subir la edad de jubilación a los 68 años salvará las privatizadas pensiones en vez de recuperarlas para el erario público. Recuerde lo que bien sabe; los tres primeros años de su Presidencia definirán el hundimiento o la consolidación de la hegemonía neoliberal, es decir, la posibilidad de enderezar este entuerto colonial y distópico llamado México, pero difícil es negar que empezamos mal, atados de pies y manos a un nuevo TLCAN (el impronunciable USMCA) que permite a las petroleras demandar, cuando quieran, al Estado mexicano si a alguien se le ocurre cancelar una concesión o cobrar impuestos a las importaciones de gasolina.

Pero no es solo miedo lo que siento. Para nada. Me emociona observar, percibir desde lejos, la emergencia de los ríos ocultos que alimentaron por años las dispersas, caóticas y a menudo confusas fuerzas que preservaron “el sueño de todas las libertades” mientras un país llamado México se convertía en laboratorio del horror. Pienso en los cuadros que serán muy pronto secretarios y altos funcionarios en el Ejecutivo de Andrés Manuel López Obrador. Y la verdad se me ensancha el corazón. Sí. Son los míos, con perdón. Y jamás pudieron gobernar.