Devaluación

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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Los momentos de cambio político se acompañaban de ominosos temores a las devaluaciones. 76, 82 y 94 fueron años en que cobraron realidad oscuros designios de los que se iban o quienes llegaban. Gobierno que devalúa se devalúa, decían. Por eso la enconada disputa sobre si aquel error de infausta memoria y nefastas consecuencias fue en noviembre o en diciembre. Pero desde que nos acabaron de meter en el carril de lo económicamente correcto, esa amenaza sexenal se alejó no obstante las sucesivas alternancias que hemos padecido. Tanto así, que a decir del presidente electo ni siquiera la tremenda transformación que se avecina y que podría comenzar con la cancelación del nuevo aeropuerto, tendrá repercusiones negativas para nuestro querido peso. Pero me temo que amenaza una devaluación, no monetaria sino de esa parte intangible y esencial del tesoro nacional, que no se guarda en las arcas del Banco de México sino en la conciencia cívica y política del pueblo mexicano. Si nuestra larga marcha a la democracia moderna comenzó con el reconocimiento del derecho de la mujer al voto como propone la doctora Alexandra Haas, por fin, luego de 65 años de lucha incesante, las elecciones del 1 de julio trajeron un presidente que con el respaldo de la mayoría absoluta indiscutida, pueda continuar y emprender los cambios determinantes del desarrollo nacional. Por eso es incomprensible que víctima de su impaciencia adolescente, el electo haya trucado la responsabilidad legitimada por 30 millones de votos, por una consulta simulada que amenaza devaluar la dignidad, la solidez y la fuerza de la institución presidencial.

 

¿Fuga hacia adelante?

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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El gobierno mexicano ha contenido las amenazas que Trump lanzó contra nuestro país en su campaña: la liquidación del TLC y la construcción de un muro en la frontera sur de EU que México debía pagar. A tales amenazas hizo frente el presidente Peña al invitar a los candidatos presidenciales a discutirlos. Desdeñado por la señora Clinton, Peña tuvo la ocasión para decirle a Trump con toda claridad que México conminaría al próximo gobierno de EU a renegociar el Tratado, defendería los derechos humanos de los migrantes mexicanos y no pagaría el muro a cuya construcción no podría oponerse pues era una decisión correspondiente a la soberanía estadunidense, pero lo consideraría un acto inamistoso. Ya en la Presidencia, Trump topó con la negativa reiterada a pagar el muro no sólo declarada sino reforzada por actos diplomáticos significativos del presidente Peña respaldados por los candidatos a la Presidencia de México. En picada, Trump acudió a su Congreso a solicitar fondos para el muro que le fueron negados. La firmeza de México y la necia realidad lo obligaron a renegociar y renovar el tratado trilateral. Ahora, cuando se aproximan las elecciones legislativas, Trump manipula la crisis migratoria centroamericana con fines electorales amenazando con el cierre militar de la frontera con México cuyo gobierno ha respondido que respetará los derechos humanos de los migrantes y garantizará la integridad fronteriza y la soberanía. Pero si AMLO, al apoyar al gobierno en la renegociación del TLC contribuyó a defender el interés nacional, ahora optó por la fuga hacia adelante al anunciar, con cargo a supuestas promesas de Trump, “cortinas de empleo” para contener a los migrantes, cuando está obligado a sumarse a la defensa de la soberanía hoy amenazada por Trump.

 

Los ausentes

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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En la víspera del cincuentenario se inauguró en la sede universitaria de Tlatelolco “Los ausentes”, una singular escultura conmemorativa del 2 de octubre de 1968: huellas dejadas por personas que caminaron sobre una superficie cuando el cemento que la reviste estaba recién colado. Imaginativa metáfora, una más, sucedánea de los datos duros que debieran sustentar la leyenda negra de lo allí acaecido hace medio siglo. Pero hay ausentes que hoy cobran nueva presencia, dos personajes no sé si emblemáticos pero sin duda los más brillantes del Consejo Nacional de Huelga: Marcelino Perelló Valls y Luis González de Alba. Cada uno dueño de una poderosa inteligencia que ambos supieron plasmar en textos ecuménicos, algunos fundamentales para entender y discutir el Movimiento. Pero al nuevo oficialismo que se lo ha apropiado y está falsificando su legado, se le hizo fácil ignorarlos en el recuento de los ausentes hecho en el mitin del Zócalo, donde los sicofantes ofrecieron a la juventud una versión del 68 con la estulticia como explicación y con un horizonte de derrota y autodenigración nacional. En su momento, Luis y Marcelino fueron acusados de alta traición por atreverse a discutir con lucidez la leyenda negra y cuestionar las fantasías de Elena Poniatowska. Y fueron enviados a la hoguera por el santo oficio acusados de crímenes de lesa moralidad. En otro aniversario, Enrique Krauze los reunió en Letras Libres donde cruzaron cartas entre el 31 de julio y el 29 de agosto de 2003, un memorable debate que enriqueció la herencia intelectual del 68 cuya divisa mayor es la libertad, incompatible con el sectarismo excluyente que amenaza distorsionar la memoria del Movimiento.

 

El otro cincuentenario

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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México fue el primer país con pasado colonial en obtener la sede olímpica y tal distinción se debió a su gran prestigio internacional y al voto de las nuevas naciones africanas. Las élites de los imperios que se estaban desmoronando, vieron esa decisión con disgusto. Supusieron que México no sería capaz de organizar los Juegos ni tendría recursos suficientes. Pronto, la organización puesta en marcha no dejó lugar a dudas de que los compromisos se cumplirían y los recursos, menores a los de otras sedes anteriores, eran sin embargo aplicados con gran honradez, eficiencia y puntualidad. Luego, los comités olímpicos de los países señalados pretendieron  que Sudáfrica asistiera a los Juegos contraviniendo la política exterior de México y resoluciones de la ONU contra el apartheid y el racismo, lo que de haberse aceptado dos terceras partes de los países no hubiera asistido provocando, eso sí, el colapso de los Juegos. La  diplomacia mexicana impidió el desaguisado. Pero la hostilidad contra México no cejó y en círculos del gobierno se veía con gran preocupación que el Movimiento fuera utilizado contra la Olimpiada. En torno al 2 de octubre se desató una virulenta campaña de prensa contra el Movimiento para hacerlo ver como resultado de una conspiración extranjera que buscaba desestabilizar al país y boicotear los Juegos Olímpicos mediante actos violentos. A través de sus acciones y declaraciones públicas, el CNH siempre expresó con claridad su rechazo a la violencia y su apego a la legalidad, más aún, siempre invocó a la Constitución como origen, cauce y destino del Movimiento; y su respeto al compromiso olímpico de México, lo que reconoció rotundamente Pedro Ramírez Vázquez, presidente del Comité Organizador de los Juegos.

 

Mayoritarios y mayoristas

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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El apotegma “en democracia la mayoría manda” hoy tan de moda, parece un axioma, pero no lo es. Definitorio de la titularidad del poder político, puede convertirse en subterfugio estadístico para escamotear razones, eludir el debate, impedir el diálogo o derivar dictados y aún dictaduras. Porque en democracia las minorías también cuentan y no sólo en función de alianzas que conformen o refuercen mayorías sino para depurar propuestas mayoritarias, articular decisiones incluyentes y por supuesto impedir exclusiones. Riesgo mayor, entonces, en una discusión suplantar los argumentos por invocaciones a la mayoría como suele hacerlo el inefable Noroña. Hasta el PRI de los sesenta tempranos, aquel del carro que digo completo, completísimo,  entendió que en la confección de las leyes era indispensable la participación de las minorías e introdujo la figura de los diputados de partido, con lo que dio comienzo la larga marcha de reformas políticas que llevó a la alternancia y hoy asoma, aún en grado de tentación que en cualquier momento puede convertirse en tentativa, como un gobierno de arreglos ya no de mayorías sino con mayoristas. Porque no se debe pasar por alto que en los sesenta años consecutivos de gobiernos priistas mayoritarios se trató siempre de fuerzas políticas que correspondían a las grandes mayorías sociales organizadas. Ahora, la mayoría cuyos votos han dado la Presidencia de la República a López Obrador, está débilmente organizada, tiene escasos vínculos ideológicos y carece de programa, en un contexto que propicia una extrema volatilidad política.